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16 dic 2016 / 22:30 h - Actualizado: 16 dic 2016 / 23:30 h.

La socialdemocracia no se encuentra en crisis. Al contrario. Ha triunfado de manera evidente en toda Europa Occidental. Prácticamente sus ideales no se discuten conformando los pilares de los sistemas sociales y democráticos de los países ganadores de la II Guerra Mundial, que sigue condicionando el pensamiento civil en razón del reguero de desamparo en la que dejó a varias capas de población.

Por tanto, los partidos políticos conservadores no han hecho sino avanzar en su discurso en los tramos socialistas. Cada vez más regulación, más límites, más frenos con una heroína económica rampante como son las subvenciones. Hay una pequeña resistencia forjada en valores morales no relativistas que parece que sobrevive en Europa central y oriental pero el debate económico sobre la sociabilidad parece en horas bajas.

Eso sí, quedan los desafíos del combate infierno del sistema impositivo y la crisis de sostenibilidad del Estado. Francia va a ser un ejemplo paradigmático. La probable victoria de Fillón traerá una esperanza tatcheriana a una nación estatista y paralizada. La otra opción es el abismo.

Así visto, en nuestra nación, con un Partido Popular abiertamente socialdemócrata, jugando tan solo al amago y no dar de una bajada de impuestos, y las directrices sobre economía real de las instituciones europeas, el drama del Partido Socialista es haberse quedado sin sitio, sin espacio ideológico claro, superado por el neocomunismo populista de Podemos. No existe diferencia fundamental en estos momentos entre los idearios de los dos principales partidos españoles.

A todo ello se una la falta de articulación de una derecha conservadora alternativa al Partido Popular, el matiz liberal que admiten como desiderátum de futuro y la disgregación territorial de un Partido Socialista en donde la militancia sufre grandes diferencias de identidad. Un militante socialista del norte de España cada vez tiene menos similitudes con un militante socialista del sur. Esa es la fractura.

La cuestión es que sin un contrapeso político moderado, la alternativa demagógica y populista puede avanzar sin remedio. Pero el PSOE está sin sitio. Por lo menos hasta que las personas olviden el desastre de la crisis económica que no supo ver ni combatir.


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