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Sobre Andrés Trapiello. El monaguillo y su premio

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16 may 2021 / 04:19 h - Actualizado: 15 may 2021 / 12:21 h.
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  • El escritor y ensayista Andrés Trapiello.
    El escritor y ensayista Andrés Trapiello.

Por si no lo recuerdan, Trapiello editó en 1.994 un libro titulado “Las Armas y las letras”, sobre el exilio de la generación del veintisiete.

Yo ya no sé si alguien de mi familia luchó en alguno de los bandos de la Guerra Civil y solo rememoro a los que temblaban levemente en la Plaza Nueva cuando sonaba el Cara al Sol y hasta una vaga foto en la que varias personas partían con vetustas maletas hacia Tánger.

Ahora soy consciente por qué esos retratos eran sombríos y hasta reconozco un acto de heroísmo que alguien los conservara en el inútil fondo de cajón horadado por termitas.

Mientras ellos desaparecían extirpados de nuestra memoria, nosotros probablemente siempre fuimos su luz.

En la gira de Ayuso hacia la Moncloa, ha vuelto a estallar la polémica sobre un premio del Ayuntamiento de Madrid a Trapiello, precisamente por ese libro.

Trapiello es un impostor, -producto PRISA-, como Javier Cercas, éste último lavando la figura del autor del golpe del 23 F, al que Rubalcaba coronó por segunda vez como Emérito. El primero acusa a los poetas exiliados de apropiarse del relato; y sustraerlo a los del bando “nacional” que cobraron el poder, pero perdieron la historia.

En su monografía, desde su depuesto sillón de aspirante a Senador con Rosa Diez, e ínfulas de futuro académico, juzga –no existe actuación humana que más deplore- a todos los que se implicaron, y lo hace desde su pedestal de una pretendida tercera España; para concluir que diez mil comunistas o falangistas, arrastraron a millones de españoles, de los que los poetas de la mal llamada generación del veintisiete fueron pusilánimes, de acuerdo al canon ibérico que él previamente configura.

Chaves Nogales no es un descubrimiento de Trapiello, como miente sobre Unamuno, porque más allá del episodio de la Universidad de Salamanca, el filósofo en su cátedra ya había dejado apartar, perseguir y hasta morir a muchos de sus compañeros, como si no fuera con él. Claro que el episodio de Millán Astray apuntándole con la pistola tiene grandeza, pero era el suicidio de un agónico.

Trapiello no defiende una tercera España, sino que se apropia del sacrificio que hicieron muchos de los artistas e intelectuales que tuvieron la desgracia de habitar primero aquellos tiempos inciertos y luego el olvido, en que el oscilar del dado solo dictaba o vida o muerte, condicionado a la ruleta geográfica de hasta dónde transfiguraban Mola, Queipo u otros, que solo merecen mi silencio...

Los exiliados republicanos no eligieron su destino por descarte. Todos ellos, con la excepción de Altolaguirre, Ayala y algún otro, decidieron no retornar.

Resulta inútil escribir ya en España sobre la Guerra Civil. Explicarles a tus hijos quién fue Negrín o Góngora en los versos de arboleda perdida de Alberti, a quién le importa. Ningún viejo maestro de cejas desordenadas puede superar a Alexia.

Trapiello, inflexible, arrolla a León Felipe, al que describe para ello convenientemente ataviado de un abrigo de pieles, en el frío invierno del Madrid del no pasarán; e incluso se permite dibujar a Miguel Hernández como sonámbulo, e ignorante a la muerte por espanto travestida de tuberculosis de las cárceles de guerra, donde se negó a firmar su contrición.

El no merecía que nadie protestara por su Premio. Es exactamente un acto tan inútil, como el de soberbia de Pedro Sánchez, frente a Leguina y Redondo.

Hay galardones que no merecen ser divulgados, ni siquiera a la contra. Y este es el caso. Bienvenidos los premios que, como decía Juan de Mairena, solo orgasman a los vanos. Pero la libertad con que me permiten escribir estas líneas, -que tal vez debieran llamarse quinta columna-, también me legitiman para maldecirlo. Claro que Machado, claro que Juan Ramón, claro que Azaña. Pero de nadie, y por supuesto ni de Ayuso o antes Aznar. Porque sobre todas las opiniones y las viñetas ofensivas de Trapiello, prevalece dónde eligieron morir, que no es otra cosa que un acto que sobreviene primero con derrota y se consuma con exilio. Esta pléyade de poetas, en el acto sublime del ocaso, optaron por no pisar tierra española, cuando nosotros éramos su única luz...

Así que, trofeo –claro que sí- a Trapiello; pero a su impostura.

Imponga su propio Tribunal de monaguillo, como penitencia, Suspiros de España:

«Callad todos», dije yo, / y un pasodoble se oyó / que nos hizo recordar. / Oyendo esa música, / allá en tierra extraña, / ya nadie reía, / ya todos lloraban / ... / eran nuestros suspiros / suspiros de España.


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