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Solidaridad 2.0

01 sep 2018 / 22:04 h - Actualizado: 01 sep 2018 / 22:06 h.

El pasado mes de julio los medios se hicieron eco de los problemas sufridos por un grupo de jóvenes españoles (entre ellos la hija de Francisco Rivera y Eugenia Martínez de Irujo) estafados por una falsa ONG que les ofreció unas vacaciones solidarias en Ghana. Después de una intensa y elaborada campaña en las redes sociales, los varios centenares de chicos de entre 14 y 22 años captados por la empresa Yes We Help se encontraron en un destino remoto de dudosa seguridad donde ni había proyecto de cooperación en el que participar ni tan siquiera un alojamiento y manutención dignos para los voluntarios.

Las conclusiones que extraigo de este suceso, que al parecer ya se encuentra en manos de los tribunales de Justicia, no tienen que ver con los sinvergüenzas impresentables que jugaron con la buena voluntad de los chavales y sus familias para quedarse con el dinero que pagaban (850 euros sin incluir vuelos, visados ni gastos), sino con la perversión del concepto de cooperación que manejamos en el mundo desarrollado. Y no únicamente en este caso, que pone de manifiesto cuán fácil resulta mercantilizar prácticamente cualquier cosa que se nos ponga a mano. ¿Qué quieres comprar? ¿Una experiencia pseudo solidaria que te proporcione buena conciencia durante cierto tiempo? Pues aquí la tienes. Volverás con miles de fotos y montones de cosas que contar. No me malinterpreten. No dudo de las buenas intenciones de nadie cuando se inscribe en una iniciativa de este tipo, sólo advierto de que en los tiempos que corren TODO es susceptible de convertirse en negocio.

He conocido varios casos de personas que viajaron en sus vacaciones (por ejemplo), a pintar colegios en Cuba, y cuando llegaron había más mojito y fiesta en la playa que pintura y organización para adecentar aquellos colegios. Y sobre todo: ¿De qué sirvió esa cooperación? ¿Fue realmente útil? No soy experta en ayuda al desarrollo, pero pondría la mano en el fuego por asegurar que estas exhibiciones solidarias son de nula utilidad.

Lo cierto es que en cualquier nivel de la cooperación pueden producirse fraudes y corruptelas: desde las propias ONG hasta los intermediarios en el terreno y los mismos gobiernos de los países en desarrollo, que desvían las ayudas de los organismos internacionales o no las emplean como debieran. Es muy fácil que la solidaridad caiga en saco roto, pero también es cierto que hoy por hoy resulta imprescindible. A todos se nos vienen a la mente nombres de organizaciones que están supliendo de forma regular la ausencia endémica de servicios de salud o educación en países del Tercer Mundo. Médicos sin Fronteras y Manos Unidas son ejemplos de ello, pero existen muchos más con merecida reputación.

Yo ya hace tiempo que no estoy segura de si es mejor dar de comer o enseñar a pescar, lo admito. Antes de que sirva de algo saber pescar de maravilla creo que habría que ver muy bien de quién es el barco, la fábrica de conservas y hasta los caladeros. Lo que sí procuro es asegurarme de que la ayuda que modestamente yo pueda ofrecer tiene un destinatario con rostro, nombre y apellidos.

Hace muchos años, cuando comencé a cooperar con las Asociaciones de Amistad con el Pueblo Saharaui, alguien me dijo que no me preocupara si me enteraba de que habían vendido la ropa que les enviaba: simplemente era que tenían más necesidad de una cabra que del chándal y los zapatos deportivos que les mandé para el niño. Con esto aprendí que la mayoría de las veces queremos o creemos que podemos ayudar de una forma que resulta completamente estéril y que sólo nos satisface a nosotros mismos.


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