Somos afrobéticos

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14 may 2022 / 13:47 h - Actualizado: 14 may 2022 / 13:54 h.
"Real Betis"
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La relación íntima de ambas orillas del Estrecho viene de muy antiguo. De muchos siglos atrás. Los encuentros de la Edad Media sólo fueron reproducción, continuación de los contactos esporádicos y menos esporádicos existentes desde la Era primitiva. Cuando los curetes hicieron el primer periplo y cruzaron el Estrecho de norte a sur, todavía sin ruedas y sin herraduras en los caballos, para recorrer de oeste a este toda la línea costera africana, por fuerza tuvieron que tomar contacto con las poblaciones a las que debieron visitar, siempre en espíritu pacífico, dado que al cabo del tiempo, siglos se tardarían entonces en efectuar el recorrido de ida y vuelta sin contar el tiempo que estuvieran retenidos, o simplemente conviviendo en la zona del desierto libio, dónde solamente Alejandro se aventuró a desafiar las tormentas de arena unos cuantos siglos después, bastantes siglos después. Ellos habían sido los primeros, aunque todavía no habían libros dónde dejar reflejada la hazaña.

Los curetes volvieron, conscientes de que sus hermanos de la península no podrían reconocerlos, hicieron el camino de vuelta acompañados del bagaje de un viaje por lugares desconocidos y de la superación —aprendizaje— de múltiples peligros, desde el cruce o vadeo de marismas o el encuentro con tribus lógicamente desconfiadas. Pero la tierra tira y ellos, con el río Grande, con las cordilleras paralelas y los valles fértiles en el recuerdo de sus mayores, volvieron a cruzar el Estrecho, esta vez de sur a norte. Desde entonces fueron llamados íberos, «los del lado de allá, los de la otra orilla», pues, para los habitantes de la orilla norte eran unos desconocidos. Pero los acogieron. El espíritu pacífico reinaba igual en ambos colectivos y en ambas orillas. Por eso se pudieron entender y enriquecerse mutuamente con las nacientes culturas.

A partir de este hecho todo lo demás es comprensible con facilidad: ese era el camino elegido por Alejandro para llegar de nuevo a Grecia después de haber dominado todo el norte de África y el sur de Europa; para expandir el imperio universal, el mayor conocido, que convertía el Mare Nostrum en lago afro-europeo, en una unidad diversa, porque se basaba en las singularidades y acogía las culturas para permitir una cultura mayor. Cuando el primer encuentro recogido en la literatura, la primera unidad europea desde Roma, tanto la provincia Mauritana como la Bética formaron parte de la misma prefectura, unidad rota por el godismo, tan temeroso como reacios al agua. Aquello duró poco: menos de cincuenta años, hasta que un Conde de la Bética (andaluz) gobernador de la ciudad de Ceuta, Julián, y un obispo también bético-andaluz, Oppas, organizaran y ejecutaran la caída y destrucción del ejército opresor visigodo, con ayuda de la extensión de la fe de Mahoma por los territorios que habían sido cristianos unitarios. Y el unitarismo musulmán ayudó a los trinitarios béticos a liberarse de la depredación de los visigodos unitarios. No hubo contradicción porque con independencia de la religión prevalece la voluntad. Cuando las culturas se encuentran y se complementan pueden hacerse torres gemelas y la parte sur, la más alejada del poder guerrero puede acoger los recuerdos y los cuerpos de los reyes de Granada y de Sevilla.

Pero hay más. Los béticos (andaluces) de entonces recibieron un baño de cultura helénica con la llegada de norteafricanos, sirios, árabes, sarracenos y algunos eslavos. El mestizaje produjo la fusión de al Andalus —no casualmente— traducción literal del griego «Atlántida». Sin duda unos y otros habían sido, eran los atlantes, los atletas de los cambios y del avance cultural en la historia del mundo. Y fueron unidos. Los andaluces se impregnaron de Magreb y los magrebíes se impregnaron de Andalucía con la llegada de los guerreros del desierto Almorávides y Almohades.

Así, cuando los andaluces, miles de andaluces, otra vez fueron a instalarse en el Magreb, en Marruecos, Argelia, Túnez ó en el Sahel, no emigraban, no huían, ni siquiera volvían: seguían en su casa. En su tierra, en su patria. Hoy cuando los andaluces viajan a Marruecos, o a Túnez, o al Sahel, o cuando magrebíes y sahalianos llegan a Andalucía, no hay motivos para sentirse en un lugar extraño, en un «país extranjero». En ambos casos están en su hogar.

Las posibles diferencias que puedan existir en la actualidad entre los habitantes del norte y el sur del Mediterráneo, producto de seis siglos sin contacto, o con muy escasos contactos y con enfrentamiento inducido por los poderes económicos, esas diferencias pese a todo, todavía son insignificantes comparadas con las similitudes. Con la conservación de lo que unos aprendimos de otros y viceversa hemos aprendido que nos une mucho más de lo que nos separa. El mediterráneo no es un mar que nos separa, es el lago que nos une, porque somos afrobéticos.


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