La Tostá

Soñando con Estepa

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Manuel Bohórquez @BohorquezCas
14 nov 2022 / 09:48 h - Actualizado: 14 nov 2022 / 09:49 h.
"La Tostá"
  • Soñando con Estepa

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Era muy niño, viviendo en Plomares del Río, cuando ya sabía que los mantecados venían de Estepa, la tierra de Juan Caballero, como el buen jamón era de Jabugo. Jamás vi un jamón en el pueblo, y mucho menos en casa, pero sí mantecados de Estepa, los mejores del mundo. Nada más entrar diciembre, doña Pepa, mi madre, sacaba unos sellos de una caja de zapatos, de los que daba El Molino por cada compra, apañábamos un cajón de madera y nos íbamos a casa de Carmen Pichardo, la que fuera primera alcaldesa de la democracia, para canjearlos por mantecados, garrapiñadas, cortadillos, mojones de perro y tortas de aceite. Imaginen la cara de tres niños del franquismo viendo cómo doña Carmen iba echando dulces navideños en un cajón custodiado celosamente por mi madre, que antes de salir de casa nos decía: “El que meta una mano en el cajón se la corto”. No bromeaba. Sin embargo, cuando regresábamos a casa con la carga abría el cajón y nos daba un mantecado a cada uno antes de guardar los dulces bajo llave en un ropero que era inexpugnable. Imaginen la tortura: tres niños durmiendo al lado de un ropero de los de antes, donde se guardaban los dulces de Navidad y doña Pepa durmiendo con un ojo abierto y una alpargata siempre en la mesita de noche por si a alguno se nos ocurría asaltar el ropero. Ella se iba al almacén de aceitunas, El Pollo, en Coria del Río, al amanecer, pero dejaba de vigilante al abuelo Manuel, que dormía en una silla de aneas con un bastón y también un ojo abierto. No había manera de abrir el ropero, así que había que esperar a los días de Navidad para que Omá Pepa pusiera un plato en la mesa camilla. Un generoso plato de aquellos de la Cartuja, con colmo, y al lado, la botella de anís. Debajo de la mesa camilla, una copa de cisco de las que pintaban paisajes en las cachas y en la vieja radio con ropita de volantes, sonaban villancicos en Radio Sevilla. Yo elegía siempre los mantecados de Estepa, un pueblo con el que soñaba casi todo el año. Mientras otros niños soñaban con subir a la Giralda o navegar en las barcas de la Plaza de España, yo lo hacía con Estepa, donde la primera vez que fui a escuchar flamenco, en los ochenta, en concreto al cantaor lebrijano Manuel de Paula, me regalaron una caja y se la llevé a mi madre. “No la voy a guardar bajo llave en el ropero”, le dije, y nos zampamos un generoso plato. Mi madre adoraba los mantecados de Estepa y en casa hubo siempre una caja, ya viviendo en Sevilla, donde nuestra economía era mucho mejor que en Palomares. Allí era un lujo, algo al alcance de pocos. Tendrían que poner en el pueblo un monumento de un grupo de niños señalando con el brazo hacía Estepa, como Rodrigo de Triana señaló a América cuando vio tierra. Para los niños de Palomares, Estepa era el pueblo por descubrir, el de los sueños, que casi veíamos, en los días claros, desde el pino de Mampela.


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