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Viéndolas venir

Soy español, pero no lo grito

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Álvaro Romero @aromerobernal1
13 oct 2021 / 06:34 h - Actualizado: 13 oct 2021 / 06:41 h.
"Viéndolas venir"
  • Soy español, pero no lo grito

Yo estoy orgulloso de ser español. Lo digo al día siguiente de esa jornada de paradojas y recurrentes salidas de tono. Estoy orgulloso de ser español porque lo soy, aunque bien pudiera haber sido francés, brasileño o australiano. Uno nace donde lo nacen y punto. Y no es ningún mérito, sino pura casualidad. Con la familia pasa lo mismo. Y eso no significa que uno no pueda sentir orgullo por la tierra que pisa o la madre que lo parió. Si nos ponemos así, hasta nuestros hijos son casuales, porque nos salen como nos salen y no nos preguntan si morenos o rubios. Pero una vez que uno tiene sus hijos mira hacia el futuro con el mismo amor con que mira hacia el pasado pensando en el país que lo ha visto a uno nacer. Podía haber sido cualquiera, sí, pero ha sido este, que tiene la historia que tiene, como los demás tienen la suya. Celebrar la Hispanidad es celebrar que somos quienes somos. Entre nuestros antepasados habría algún santo, pero no todos, por supuesto. Tampoco eran demonios la mayoría. Conquistaron territorios, impusieron su Cultura y se expandieron por el planeta del mismo modo que otras naciones lo intentaron o lo consiguieron cuando se terció entre sus tercios. La Historia es la que es y no podemos cambiarla. No sirve de nada la pantomima de la bandera hasta en la sopa ni ese mantra de que no haya nada que celebrar. Se puede celebrar la Historia, para aprender de lo bueno que ocurrió y también de lo malo. Porque vivimos una vida demasiado corta como para no expandirla por los siglos de los siglos, hacia adelante y hacia atrás.

Estamos hechos de tiempo, es decir, de pasado, porque no seríamos lo que somos sin las casualidades que les ocurrieron a nuestros propios padres, sin las hazañas de nuestros abuelos, sin las meteduras de pata de nuestros tatarabuelos. De nada sirve juzgar con ojos de hoy todo ese cúmulo de tiempo que es nuestro sin que nos pertenezca. De nada sirve hacernos los más papistas que el papa renegando de ese lugar ineluctable del que procedemos. Tampoco sirve de nada gritarlo, imponérselo a otros como si no lo supieran, convertirlo en una pesada canción del mismo modo que esos jóvenes y no tan jóvenes empeñados en que todos nos enteremos de sus gustos musicales cuando nos sobrepasan peligrosamente con sus coches.

La Historia es la que es y la Historiografía debe aspirar a la máxima objetividad en su análisis de lo sucedido. Todo lo demás, que tanto gusta hoy para ondearlo o para quemarlo, son maneras crónicas de hacer el ridículo.


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