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Los medios y los días

Trabajar, ese castigo divino

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08 jul 2021 / 00:00 h - Actualizado: 08 jul 2021 / 04:00 h.
"Los medios y los días"
  • Foto: EFE
    Foto: EFE

La expulsión del paraíso fue el origen de las pensiones. Hubo que luchar por ellas, nada importante se logra sin esfuerzo y, con frecuencia, sin sangre. Sin embargo, no me arrepiento de que Adán agarrara la manzana que le dio Eva, prefiero trabajar de pie a vivir de rodillas rascándome el ombligo. Hay demasiadas personas a las que les pesa mucho el castigo divino de tenerse que ganar el pan con el sudor de su frente. En Sevilla menos, porque, como cantaba Silvio, aquí se suda aunque no se haga nada, eso dice la canción, la verdad es que en todas partes vemos a ciudadanos deseando jubilarse. No creo que eso sea buena señal, al revés, es una prueba de que casi todo el mundo se gana la vida en faenas que en lugar de dignificar destruyen poco a poco y eso es un gravísimo problema. No olvidemos la canción de Raphael: “el trabajo nace con la persona y ya siempre le acompaña como el amigo más fiel”.

A los de la explosión infantil de los años 50 nos querían bajar la pensión. ¿Por qué hablan de ajuste? Bajada y se acabó, ¿por qué tanta vergüenza a llamar a las cosas por su nombre? Con el asunto de la solidaridad ahora resulta que por haber nacido en un periodo concreto se nos quería castigar, claro, es que nacer no está de moda, el otro día, en la farmacia, entró una señora con un carrito y un bebé dentro. No suelo hacerlo, pero me asomé a ver a la criatura, era una niña, tenía cuatro días y casi me emociono al verla. Lógico, es que un niño empieza a ser una rareza en España. Cuando estábamos en esa época, entre los años 50 y los 70, donde lo normal era norma, es decir, donde aquello de creced y multiplicaos se llevaba a la práctica, quién nos iba a decir que en el siglo XXI iba a suponer una penalización. El ministro de la cosa, al afirmar lo de la solidaridad intergeneracional, se pareció a la madre de Gila cuando llegó a su casa y se dio cuenta de que Gila había nacido sin su permiso y le dijo que no volviera a nacer sin estar ella presente.

Vamos a ver, ¿para qué dejar de trabajar? Muy bien fastidiar un poco al que se quiera prejubilar, ¿qué persigue el personal? ¿Darle pan a las palomas?, ¿ir a ver entrenar al Betis?, ¿cuidar nietos llorones o adictos a los cacharros digitales que ni te echan cuenta y tienen una prepotencia y una soberbia que dan ganas de llamar al flautista de Hamelin? ¿Un viaje por los fiordos noruegos que visto uno, vistos todos? ¿Un viaje del Inserso para que te vendan mantas?

El mundo lo llevan los protestantes, los judíos y los chinos. Los primeros consideran al trabajo como un acto de dignificación, los segundos como una forma de evitar que Dios les mande un rayo y los chinos como una manera de aplicarse la filosofía de Confucio de obedecer al señor y por eso trabajan como chinos bajo la vigilancia de los cien millones de militantes que posee el Partido Comunista de China (PCCH) que ahora cumple cien años desde que se fundó y, mira, quién le iba a decir dónde llegaría. También cumplen cien años el PCE, el PCP y el PCI; menos el PCP, los otros dos ni existen, el PCE ahí está, bajo las falditas de Podemos, nadie sabe ni cómo se llama su secretario general y el niño Garzón está con el ministerio que le han regalado como Mateo con la guitarra.

Vamos a trabajar, por favor, las pensiones estarán condenadas a explotar tarde o temprano, hay que arrimar el hombro que el dinero de la UE no es gratis y cuando nos dio por currar sin pensar en el castigo divino conquistamos medio mundo y casi nos quedamos hasta con Brexilandia si no llega a ser por la borrasca ésa tan enorme y porque a los ingleses los protege una mano misteriosa. Puede deberse a que laboran mucho, como los yanquis y los chinos porque al saber y al actuar lo llaman suerte.


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