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Trump, los iraníes y los políticos españoles

20 jul 2019 / 09:10 h - Actualizado: 20 jul 2019 / 09:26 h.
  • Buque de asalto anfibio USS Boxer. / El Correo
    Buque de asalto anfibio USS Boxer. / El Correo

Mientras en España nuestros políticos van de ridículo en ridículo; de discursos catetos e insustanciales a otros llenos de odio y estupidez; en el mundo siguen ocurriendo cosas. Y no todas son buenas. Si fueran obra de los políticos cañís, nadie se extrañaría.

Donald Trump -que bien podría ser candidato a la presidencia del Gobierno español y nadie se llevaría las manos a la cabeza- insiste en generar conflictos y más conflictos. Cuando no quiere imponer un arancel nuevo a europeos y chinos, se lía a mamporros con los drones ajenos o vapulea a personas con un color de piel distinto al suyo.

Lo de los aranceles es algo recurrente y ya nos tiene acostumbrados aunque los efectos que produce en un buen número de sectores de la economía son demoledores. Las empresas y los trabajadores de esos sectores están sufriendo y se ven metidos en unos problemas de difícil solución que lleva a cierres y despidos dolorosos e irreversibles. Piensen en las empresas que venden aceituna negra a Estados Unidos y en el desastre que viven.

Donald Trump sabe que estas batallas son las que le hacen fuerte, las que provocan daños estructurales en otros países. Son las batallas más importantes. Nada de bombas.

Sin embargo, siendo esto cierto, Trump no sabe contenerse estando en plena campaña electoral. Por una parte, generar tensiones internas que reafirmen sus ideas y que alimenten los peores instintos entre sus votantes radicales; y, por otro lado, potenciar conflictos con los que tienen pinta de ser los peores enemigos dentro del ideario norteamericano; son prácticas habituales en el día a día del presidente norteamericano.

El buque de guerra USS Boxer, hace un par de días, ha derribado un dron iraní que se acercó en exceso a la nave. No hay nada como un conflicto con los malos para que las cosas en casa se vean de otra forma.

En Irán dicen que a ellos no les han derribado ningún dron, que no saben de lo que les hablan. Recordemos que (todo hay que decirlo) Irán acabó, no hace mucho, con una nave no tripulada de Estados Unidos. Por ello, Trump ordenó un ataque aéreo contundente que anuló poco antes de que se produjera al parecerle desproporcionado y esteril. El caso es que lo hizo público y el mensaje llegó en forma de ‘no os sacudo porque no quiero abusar; que sea la última vez; compatriotas, vuestro presidente es buena persona y sabe levantar el pie del acelerador, los que me acusan de estar loco no saben ni lo que dicen’.

Sería un despropósito decir que el Gobierno iraní es un grupo de boys scouts. También tienen lo suyo y elevan la tensión en el estrecho de Ormuz hasta límites insoportables, pero Trump no deja de tensar la cuerda buscando reacciones. De momento, les tiene ahogados con las sanciones económicas impuestas por Estados Unidos. Desde Teherán están buscando, seguramente, un incremento del precio del petróleo que les beneficiaría claramente. Siempre llegamos al mismo lugar: la guerra económica.

¿Terminará esto con un conflicto armado? Nadie lo sabe aunque es muy posible.

En suelo norteamericano, Trump está jugando una baza peligrosísima. Porque es muy fácil generar odios y rechazos. Lo que ya no es tan sencillo es acabar con ello. Impresiona ver las imágenes de Trump atacando a congresistas por su ascendencia y a sus seguidores pidiendo a gritos que las expulsen del país. Es vergonzoso que un discurso tan racista tenga hueco en las sociedades actuales. Y es alarmante que un presidente de un país tan poderoso sea tan estúpido.

El populismo, la xenofobia, los fanatismos y la incultura (sí, queridos amigos, la incultura es la madre del cordero) se han instalado en capas muy amplias de la sociedad y en un gran número de países. Es el resultado de un miedo atroz vivido durante los últimos años de crisis, del hartazgo por la falta de un futuro claro, de la falta de ideologías potentes y de la incultura más profunda.

Políticos como Trump, Salvini, Puigdemont (los nacionalismos son insoportables), Pablo Iglesias o Marine Le Pen, han aprendido que, en tiempos faltos de esperanzas, el mensaje fácil e imposible, la palabra que intenta iluminar esperanzas (aun siendo falsas) funcionan más que bien. Cada uno en su ámbito, claro. No quisiera yo comparar a Iglesias con Puigdemont aunque los dos creen que los políticos que cometen delitos son presos políticos. Hablo de estrategias o la falta de ellas. Nada más.

Tal vez estamos más cerca del colapso de lo que pueda parecer. De momento, miramos atónitos cómo un tuercebotas, o un grupo de ellos, hacen el ridículo cada día que pasa, cómo alguien puede cobrar un sueldo del Estado por no hacer su trabajo. Miramos el tren pasar como las vacas que pastan en la pradera.


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