domingo, 20 octubre 2019
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Viéndolas venir

Un padre asesinado

Álvaro Romero @aromerobernal1 /
12 ago 2019 / 10:58 h - Actualizado: 12 ago 2019 / 11:00 h.
  • Parte de la Corporación municipal de Los Palacios y Villafranca homenajeó ayer a Blas Infante.
    Parte de la Corporación municipal de Los Palacios y Villafranca homenajeó ayer a Blas Infante.

Cuando a uno lo fusilan, tiene la mala costumbre de fallecer. Y esa concatenación de acciones se llama asesinato. Cuando las instituciones que nos representan a todos -en este nuevo orden que hemos conseguido darnos gracias al latido democrático- dejan de llamar a las cosas por su nombre se cierne sobre ellas una sombra que oscila entre la indignidad y la indignación, máxime cuando se trata de una institución que ha proclamado al asesinado no solo su propio padre, sino padre de toda la patria de esa misma tierra que configura la institución. Porque fue antes la tierra que el Parlamento; antes el pueblo andaluz que su Gobierno; antes Blas Infante y su obra que el Twitter y sus usuarios.

Decir que Blas Infante "falleció por fusilamiento" rezuma la consideración de tontura ajena de todos los eufemismos que rozan el insulto. Ignorarlo en un día como el de ayer, un insulto sin rozaduras. Creer que el andalucismo es una pegatina, un insulto con todos sus roces.

Hace más de un siglo, aquel notario que se construyó en Coria una Casa de la Alegría, como emblema filosófico con el que debía ondear la bandera Arbonaida, sintió la misma pulsión injusta frente a tanto caciquismo que había sentido Antonio Machado en el casino provinciano, o Miguel Hernández después de tantos siglos de aceituna, “los pies y las manos presos / sol a sol y luna a luna” pesando sobre nuestros huesos, frente a unos olivares que “no los levantó la nada / ni el dinero ni el señor / sino la tierra callada / el trabajo y el sudor”; la misma necesidad de legislar al respecto que sintió Manuel Azaña; exactamente la misma falta de regeneracionismo que había predicado aquel otro notario también olvidado: Joaquín Costa.

Blas Infante llegó a hablar de un nacionalismo antinacionalista, y con ello quería explicar el sentimiento nada paradójico de sentirse andaluz y español a la vez; andaluz y profundamente humano; antes humano que militante de nada, pues su nacionalismo popular no reconocía a otro pueblo que el pueblo trabajador de todo el mundo.

Después de haber luchado toda su vida por configurar una superestructura que legitimase la lucha del campesino andaluz -que entonces era como decir el ciudadano andaluz- por reafirmar su histórica región en la rica variedad de la histórica Hispania, unos golpistas franquistas lo sacaron de su casa a culatazos, exactamente igual que a Lorca, y lo fusilaron sin media palabra en la carretera de Carmona, apenas una semana antes que a Federico. Cuatro años después, ya en pleno franquismo, otros eufemismos de esos tan insultantes, llamado Tribunal de Responsabilidades Políticas, lo condenó a muerte después de muerto, y a sus hijos despavoridos por el asesinato de su padre, a pagar una multa, para escarnio histórico que ahora vuelve a escocer cuando oímos eso de “fallecimiento por fusilamiento”. La diferencia es que, por fortuna, hoy en día Andalucía ya existe y Blas Infante tiene muchos más hijos.


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