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Un proyecto de sociedad en femenino
de igualdad y de justicia social

Resulta evidente que esta crisis económica ha sido también una crisis de igualdad, por cuanto ha supuesto una quiebra de derechos especialmente para las familias trabajadoras y con consecuencias brutales para determinados segmentos de población

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02 mar 2018 / 21:29 h - Actualizado: 02 mar 2018 / 23:29 h.
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Después de más de 10 años de crisis económica nadie cuestiona la gran envergadura de la misma y los enormes efectos –en términos de sufrimiento– que ha tenido para la mayoría social de nuestro país. Tasas de paro insoportables, precariedad, desahucios, pobreza y aumento de enfermedades relacionadas con estas situaciones, son algunas de sus notas más características.

Resulta más que evidente que esta crisis económica ha sido también una crisis de igualdad, por cuanto ha supuesto una quiebra de derechos especialmente para las familias trabajadoras y con consecuencias brutales para determinados segmentos de población. Una crisis que ha amenazado especialmente a las mujeres, pues una gran mayoría de las políticas llevadas acabo durante estos años han impactado de forma intensa sobre los instrumentos que venían a remover los valores patriarcales instalados en las estructuras sociales, que solo buscaban perpetuar los roles y seguir relegando a las mujeres a un lugar invisible y secundario de la sociedad.

Sin embargo, el esfuerzo colectivo liderado por muchas mujeres en espacios diversos –políticos, sindicales, sociales, vecinales, entre otros– permitió avanzar en lo legal y normativo, continuando la dura tarea de conquistar la igualdad real. Así, después de muchos esfuerzos y luchas, llegaron leyes como la de servicios sociales, la ley de dependencia, la ley para la igualdad efectiva entre hombres y mujeres, los planes de igualdad en las empresas, educación para la ciudadanía, coeducación en los valores de corresponsabilidad, que han ido permitiendo derribar algunas barreras y quebrar los roles prefijados.

Ingenieras, abogadas, científicas, juezas, mecánicas de taller, catedráticas, camioneras, médicas, y muchas más, son fruto de ese esfuerzo colectivo y personal por superar la división sexual del trabajo, por romper los techos de cristal, por acabar con los suelos pegajosos y por superar otras tantas discriminaciones a las que diariamente se enfrentan la mujeres en todos los ámbitos.

Muchos fueron los avances –negarlos sería no reconocer los esfuerzos y las conquistas– pero, cuando aún quedaba un largo camino por recorrer, llega la crisis económica y aquellos sectores de la sociedad que no creen en la igualdad aprovechan para llevar a cabo políticas regresivas que impactan intensa y particularmente en los derechos de las mujeres. Los recortes en servicios públicos como la sanidad, la educación, la atención a la dependencia, y la asistencia a las víctimas de violencia de género, entre otras, han tenido graves consecuencias para ellas.

Igualmente la destrucción de empleo público realizado en estos años y la insuficiente cobertura de los mismos, como por ejemplo las escuelas infantiles o la ayuda a domicilio, ha supuesto el retorno de muchas mujeres a las tareas del hogar y de los cuidados –el suelo pegajoso al que nos referíamos–, volviendo a esconder aquello que tanto costó visibilizar, ocultándolo y devolviéndolo a la esfera de lo privado, de lo invisible, de lo no retribuido y de lo no reconocido.

Vuelve a producirse una nueva profundización de la división sexual del trabajo – auténtico agujero negro de la igualdad– segregando a las mujeres a empleos más precarios, peor retribuidos y escondidos; la inmensa mayoría de veces bajo un contrato a tiempo parcial involuntario, que además de ocultar la intención real –que su trabajo es secundario y que deben volver al hogar– aumenta los ritmos y el tiempo de trabajo, limitando sus posibilidades de promoción y desarrollo personal, y, afectando no solo a su tiempo libre de ocio y descanso, sino también a su salud.

Los recortes presupuestarios en las políticas publicas en prevención, protección y derechos para las mujeres víctimas de la violencia machista están provocando un enorme perjuicio en nuestra sociedad, con unos efectos que aún no podemos cuantificar pero seguro serán enormes para la convivencia. La detección de situaciones y comportamientos machistas y vejatorios hacia las mujeres requieren de frenos institucionales y de presupuestos suficientes para evitarlos y, en caso de producirse, exista capacidad real para que las víctimas tengan protección suficiente y no acaben con graves problemas de salud, lesiones invalidantes o siendo brutalmente asesinadas –ellas o sus hijos e hijas– fruto de la violencia de género.

Pero nos tememos que el Gobierno de España va en dirección contraria. Seguramente al principio existieron dudas sobre si aquello de «no meterse» del Presidente del Gobierno había sido un desliz o una expresión ideológica de sus convicciones liberales. Sin embargo el argumentario con el que el PP rechaza la huelga feminista, calificándola de «elitista e insolidaria», ha despejado definitivamente el asunto. Ideología liberal pura y dura que comparte con Ciudadanos, pues no es gratuito que éste desaconseje cualquier injerencia del Estado en la vida de las empresas y de la sociedad, apelando a la libertad de la mujer, sin tener presente que no es posible tratar como iguales a quienes parten con desigualdad, salvo que con esa apelación solo busquen que perdure y se perpetúe el sistema de dominación patriarcal más rancio presente en nuestra sociedad.

Necesitamos un Estado fuerte y comprometido que promueva la igualdad desde la escuela, que legisle para que en el mundo del trabajo no existan discriminaciones hacia la mujer, para que frene y erradique cualquier atisbo de acoso y violencia sexual ya sea en el ámbito privado o público, y para que proteja adecuadamente a aquellas que las sufren.

Este año el 8 de marzo se presenta como un día de importante movilización social. No cabe duda que en los últimos años la sensibilidad social y mediática sobre la desigualdad de las mujeres ha alcanzado niveles impensables, llegando a generar un importante estado de rechazo a la terrible lacra de la violencia de género, expresión máxima y brutal de las discriminaciones que sufren las mujeres. Es además importante valorar que ese incremento de concienciación social se ha debido fundamentalmente a la juventud, con una implicación cada vez más creciente e importante en las movilizaciones, tanto de años anteriores, como en aquellos actos de repulsa motivados por los últimos casos más mediáticos. Cabe aquí llamar a que se evite caer en tentaciones de dividir –algo típico cuando se parte de la debilidad– poniendo en valor lo que cada cual pueda y mejor sepa hacer.

Prestemos mucha atención porque, disfrazado de progresismo, el machismo intenta reformular sus posiciones, enfrentando y rearmándose, por lo que tenemos la obligación colectiva de desenmascararlo y luchar contra él. Entendamos que las mujeres están liderando la igualdad y que los hombres tienen que ver en ello una oportunidad de superación de la pobreza y la desigualdad de clase. Apostemos por un proyecto de país que apoye la transformación global de la sociedad desde una perspectiva laboral, social, civil, política y cultural, superando la subordinación histórica entre iguales que lastra nuestra convivencia. Un nuevo proyecto de sociedad que se escriba en el femenino de la igualdad y de la justicia social.

Es por ello que solo podemos animar a participar en las múltiples formulas de movilización social convocadas este 8 de Marzo, entre ellas la huelga laboral promovida en nuestro país, algo sin precedentes y que representa un salto notable para que ese proyecto de sociedad más justa e igualitaria sea una realidad, más pronto que tarde. ~


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