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Los medios y los días

Una ramita de olivo

05 abr 2020 / 04:27 h - Actualizado: 04 abr 2020 / 23:27 h.
"Los medios y los días"
  • Una ramita de olivo

Domingo de Ramos nuevamente en mi castigada Sevilla, Sevillita, Seviyiya, un Domingo de Ramos de 2020 -5 de abril- que lo es y no lo es a un tiempo. No hay Semana Santa ni en Sevilla ni en ningún otro lugar de España, estamos todos confinados en nuestras casas por la pandemia del coronavirus. Es una Semana Santa sin procesiones, sin cofradías, las imágenes también están recluidas en sus basílicas, templos, capillas, porque la vida y el sentido de las mismas, en el fondo, somos nosotros quienes se lo damos.

Entonces me retrotraigo hacia mis recuerdos que son simples flases, escenas cortas de momentos vividos. Creo que una vez le leí al tan citado periodista Ryszard Kapuœciñski que para elaborar algunas informaciones y entrevistas no hacía falta tomar notas porque aquellas ideas que se te han quedado en el cerebro son las que realmente importan y esas son las que hay que trasladarle al receptor.

Mi niñez en el barro de San Vicente. «Niño, Domingo de Ramos, el que no estrena algo se le caen las manos», me dice mi madre. Y, si hacía calorcillo, allí que me veo con mi pantalón corto, mis piernas quijotescas -ya con bastantes pelitos que me avergonzaban-, unos calcetines blancos y unos zapatos de charol bien brillantes. Volvía de misa en la parroquia, tal vez la ofreció nuestro párroco, don Prudencio, qué cura aquel don Prudencio, no le gustó que la misa se dejara de oficiar en latín y él obedeció y pasó al castellano, pero se iba a misa a la calle Redes donde estaban entonces los del Palmar de Troya, una «iglesia< muy inmovilista que pasaba de las órdenes del Vaticano y nombró a su propio Papa, Clemente, que después en un accidente de coche perdió la vista.

Pero todo eso sucedió cuando yo ya era mocito. Del Domingo de Ramos de mi niñez sólo recuerdo mi regreso de la parroquia al final de la misa, con mis amigos, por la calle Alfaqueque, portando todos en la mano una ramita de olivo que nos habían dado en la iglesia y cantando simplemente una “canción” con música improvisada que aún suena en mis oídos y cuya letra se limitaba a decir: «El Domingo de Raaaaamos», «El Domingo de Raaaaamos». Sólo eso recuerdo, ¿por qué? O ya me falla la memoria o ése fue el momento más feliz de aquel día, de aquel Domingo de Ramos de los primeros años 60 del siglo XX en mi barrio que era casi clavado al de las primeras temporadas de la serie Cuéntame cómo pasó, por eso no me gusta verla, porque fui demasiado feliz en el barrio de San Vicente y como canta Joaquín Sabina basándose en una idea reflejada por Juan Rulfo en su novela Pedro Páramo: En Comala comprendí/ que al lugar donde has sido feliz/ no debieras tratar de volver.

Comala es el pueblo imaginado por Rulfo en su novela. La canción de Sabina se llama Peces de ciudad. Cuando recuerdo este detalle tan insignificante de un Domingo de Ramos lejano y sin fecha, estamos cada cual como peces de ciudad en nuestras peceras, esperando, como Antonio Machado, otro milagro de la primavera para poder abrazar a nuestros semejantes, Yo les obsequiaré además con una ramita de olivo verde, que te quiero verde.


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