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Vivas

09 abr 2016 / 17:50 h - Actualizado: 09 abr 2016 / 17:52 h.
"Violencia de género","Truco o trato"

«No hay nada como estar vivo para poder morirse» es una frase que se la ha atribuido a mucha gente y que tiene la enjundia de lo obvio, pero que conviene no olvidar porque la fuerza de la muerte es la fuerza de la vida.

No me ha venido a la cabeza semejante, y básica, reflexión por los adioses bruscos y dolorosos que los que los amamos hemos sentido con la muerte de Gato Barbieri y Manolo Tena, consecutivas, tristes, especialmente injusta la segunda por la edad, por el momento en que ha sucedido. No. Han sido de nuevo los asesinatos de mujeres los que me han hecho recordar que las matan porque están vivas. Vivas sin resignación.

Hay un cuento que Josep Vicent Marqués recogió en uno de sus libros, deslumbrante y desolador a partes iguales. Una mujer pobre, pobre, pobre de solemnidad registra en su cocina buscando algo para dar de comer a su familia, un resto, unas patatas florecidas, un pedazo de algo que llevarse a la boca y de pronto, al destapar una olla antigua y herrumbrosa, se le aparece un genio. Pídeme un deseo, le dice el ser mágico, y te será inmediatamente concedido. La mujer piensa y piensa, guarda silencio, y al fin, como carece de deseos, cocina al duendecillo con agua bien caliente y un poquito de sal.

El relato le sirvió al escritor ya fallecido, en los años noventa, para reflexionar sobre la carencia de deseos como el triunfo absoluto del mal. La resignación como señal inequívoca de la sumisión y de la abdicación de muchas mujeres de su condición de seres sujetos de capacidad de desear. Tan triste parábola fue, en aquellos años, todo una aldabonazo a una sociedad en la que aún no había siquiera contado a las víctimas de los malos tratos, que no perseguía ni despreciaba al maltratador y que escondía bajo las foto fija da familias felices tragedias que siempre tenían rostro de mujer.

Por eso el dolor de las catorce mujeres asesinadas este año (según datos del Ministerio y cuando esto escribo) nos desgarra, nos obliga a la responsabilidad individual y colectiva y nos compromete, pero no debe provocarnos sensación de derrota. Aún menos sentir esa inevitabilidad que se le atribuye a los fenómenos naturales y que a veces se trasluce en el tono de determinados discursos: decimos «lacra de la violencia de género» y parece que hablamos de una epidemia, de una enfermedad a la que solo podemos poner paliativos porque su origen nos parece imprevisible o desconocido.

Y es lo contrario. El diagnóstico de la violencia patriarcal, entendido el patriarcado como un sistema de poder que se edifica desde el peldaño primero de las relaciones personales y apuntala todo un sistema económico, político y social, está mas que hecho y chequeado. Ha habido muchas mujeres y, afortunadamente cada vez más hombres, que además de clamar contra los malos tratos alertan de la violencia no evidente, aquella que habita en los actos de cada día y que, aunque no se cobre víctimas mortales, arrasa la autonomía y la autoestima y convence a las mujeres de su papel de secundarias, de su destino de inferiores y menores de edad. No hace mucho leí una magnifica columna de Manuel Jabois llamada La voz de un amo y en la que con lúcida precisión describía un sometimiento de esos que ocurren y que ni nos alarma ni nos escandaliza. Al hilo de una anécdota presenciada en un aeropuerto el periodista ponía el dedo en la llaga al denunciar que solo con el tono de voz un individuo le demostraba a su pareja, mujer, quién manda y esta, como la cuerda de un violín, respondía al estímulo sin siquiera un balbuceo de protesta. Esa muerte de la voluntad, esa sumisión al deseo del otro es muerte. Una muerte que no se mancha los dedos ni tiene cadáver al que hacer autopsia.

Porque como en el cuento de Marqués es la no-vida.


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