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Y en esto se fue Fidel

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27 nov 2016 / 18:23 h - Actualizado: 26 nov 2016 / 21:41 h.
"Opinión","Fidel Castro"

Durante 47 años, Fidel Castro ejerció en Cuba un poder omnipotente y omnipresente, y en los últimos diez, tras su retirada en 2006, la sombra de su influencia nunca dejó de planear sobre todos los aspectos de la política cubana. Parece mentira. El comandante Fidel, el guerrillero, el revolucionario, el dictador y el feroz antiimperialista ha muerto confortablemente en su cama, después de sobrevivir a centenares de complots e intentos de asesinato reales o mediáticos. También sobrevivió Castro a su amigo Gabriel García Márquez, que era de su edad y más o menos de su cuerda, y a quien no pocos reprocharon la fortaleza de sus lazos con el dictador. El Nobel colombiano siempre decía que sus conversaciones con Fidel eran sobre literatura y largas, muy largas. La pasión del líder cubano por la palabra no ha sido puesta jamás en cuestión: sus maratonianos discursos de seis o siete horas fueron una de las señas de identidad de su vida pública.

Existen grandes cuestiones universales en las que los hombres de todos los orígenes pueden equipararse, pero también individualidades extraordinarias que únicamente se explican allá donde la tierra rezuma el hedor del abono adecuado. El territorio de Fidel es el territorio excesivo del realismo mágico y la sobreabundancia latinoamericana, y no es de extrañar que su liderazgo se reconociera en el desafío desigual a la primera potencia mundial y la resistencia numantina al embargo tanto como en esos discursos extenuantes que los cubanos soportaban sudando a chorros sin moverse de su loseta.

El último superviviente de la guerra fría, el azote del imperialismo americano, se ha muerto como un abuelo venerable vestido con un chándal. No sé que tiene esa muerte, que de tan doméstica se hace irreal. Pero ahora sí que se ha muerto, ahora sí que el comandante mandó parar. Castro dijo de sí mismo, cuando asumió su propia defensa tras el fracaso de la primera intentona revolucionaria contra Batista, el asalto al cuartel Moncada: «La Historia me absolverá». Y ahora que su figura se ha convertido definitivamente en Historia, probablemente tengamos que darle la razón.

El odiado Castro, el amado Fidel. El héroe revolucionario popular, el tirano que condenó al exilio a más de un millón y medio de cubanos y aplastó sin piedad a los disidentes. El hombre de personalidad arrolladora, el represor de mano de hierro. No hay un solo Fidel, de igual manera que la Cuba de este último medio siglo ha sido un modelo de gobierno igualitario para muchos y una prisión irrespirable para otros tantos. Las luces y las sombras de un país nunca fueron tan de la mano de las de su líder, que desde joven mantuvo el enfrentamiento con EEUU como la piedra angular de su movimiento revolucionario.

A García Márquez el FBI lo tenía en su punto de mira por su amistad con el mandatario cubano, y de hecho tuvo vetada la entrada a Estados Unidos durante largos años. Pero he aquí que Bill Clinton leyó Cien años de soledad y la obra de García Márquez se convirtió en su novela favorita, de tal manera que el presidente norteamericano hizo levantar todas las restricciones para conceder el visado al Nobel e invitarlo a la Casa Blanca. De cómo la literatura se convierte en un arma más poderosa que la política hay mucho que aprender. De forma parecida, la figura de Fidel Castro queda exonerada de la servidumbre de sus errores tras su paso a la posteridad.

La figura de Castro queda exonerada de la servidumbre de sus errores tras su paso a la posteridad.


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