lunes, 03 agosto 2020
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, última actualización

Gozos de Pasión con 400 años de historia

La ciudad bordó la liturgia
de un Jueves de aniversario

Manuel J. Fernández M_J_Fernandez /
03 abr 2015 / 00:29 h - Actualizado: 03 abr 2015 / 14:44 h.
"Jueves Santo","Semana Santa 2015"
  • Hermandad del Valle. / José Luis Montero
    Hermandad del Valle. / José Luis Montero
  • Hermandad de la Cigarreras. / Manuel Gómez
    Hermandad de la Cigarreras. / Manuel Gómez
  • Hermandad La Exaltación. / Inam Flores
    Hermandad La Exaltación. / Inam Flores
  • Hermandad de Los Negritos. / José Luis Montero
    Hermandad de Los Negritos. / José Luis Montero
  • Hermandad de Monte-Sión. / Jesus Barrera
    Hermandad de Monte-Sión. / Jesus Barrera
  • La Pasión. / Pepo Herrera
    La Pasión. / Pepo Herrera

{La perfección existe y se llama Jueves Santo. La jornada lo bordó de principio a fin con hermosas estampas con las que, un año más, quedó renovada la liturgia de mantillas, sagrarios, oficios y procesiones. El calor de días anteriores dio un respiro y el reloj se consagró a la mesura (de apenas una media hora de retraso en la Campana). La primera luna llena de la primavera hizo posible que se conjugara todo para disfrutar de un Jueves de esplendor y de Pasión. El Señor de Pasión fue, más que nunca, el alfa y el omega; la devoción eterna de 400 años por la que Sevilla se hace cirinea al ocaso de la jornada.

La mañana fue intensa dentro y fuera de los templos. En la plaza del Salvador, la estatua de Martínez Montañés, el padre de Pasión, contemplaba desde su pétreo silencio la cola que daba dos veces la vuelta a la plaza. Todas las miradas se centraban en el Nazareno, que nuevamente lució sobre su paso con túnica bordada, esta vez con motivo de los 400 años de su hechura. Aún no se había ocultado el sol, cuando el astro rey del Salvador bajaba la rampa. Fue el momento de la foto, de la plenitud y del gozo. Después de más de un siglo, se presentaba en la calle con la túnica conocida como la del cuerno de la abundancia. Bordada en oro sobre terciopelo morado, es la pieza más antigua del ajuar, de 1845 por Manuel María Ariza. Completaban esta visión majestuosa del Señor, las potencias de José de la Vega y González Rojas y la corona de espinas y el monte de claveles rojos como símbolos de la Pasión del Cristo.

Pero hubo más estampas históricas en este cenit de la Semana Santa. La primera se pudo ver a primera hora de la tarde en el entorno de la Alfalfa. La antigua hermandad de los negros desembocaba por la calle Águilas, inaugurando así un revolucionario camino de ida a la Campana por el eje plaza del Salvador-Sagasta-Tetuán.

Muchos se congregaron en lo alto de la Cuesta del Rosario para, a modo de mirador, disfrutar del contraluz del Cristo de la Fundación sobre un hermoso monte de lirios morados, espinas y toques de azahar. Fotografiaba la postal, quizás sin conocer su trascendencia, un grupo de mujeres valencianas que habían llegado la noche antes para disfrutar de los días grandes. Sus palabras lo decía todo: «Estamos impresionadas. La gente, los pasos, los sentimientos que transmiten...».

Discurso que seguramente enfatizaron más cuando, más adelante, contemplaran a la Virgen de los Ángeles a los sones de Caridad del Guadalquivir en una elegante revirá a la calle Tetuán al mando de Antonio Santiago. Una delicia que se llevaron quienes, sillita a sillita, habían formado una carrera oficiosa hasta la Campana.

Esperaban que apareciera la cruz de guía de las Cigarreras por la embocadura de la Plaza Nueva. La brisa que corría les había facilitado los primeros metros de estación, en especial al pasar por el Puente de San Telmo. Se notaba en los cirios de los nazarenos y también en el cuerpo de monaguillos, con menos bajas que el año pasado. A ello se sumaba la madurez que había aportado al cortejo estos 50 años de arraigo en el barrio de los Remedios. Su discurrir por Carrera Oficial dejó dos momentos destacados: uno la entrada del palio de la Virgen de la Victoria en la Campana a los sones de Amarguras. Fue sublime tras el modismo de marchas nuevas dedicadas a los titulares que dicen poco al público. Menos satisfactorio aunque dejara una imagen insólita fue la del Señor Atado a la Columna despojado de sus potencias. La hermandad decidió retirárselas al caerse una en el interior de la Catedral.

La Exaltación, por su parte, protagonizó una de sus últimas salidas desde su exilio en Los Terceros. Tantos años de acogida y cariño –diez– que agradecieron los capataces de los pasos con sendas levantás dedicadas a la hermandad de la Cena. También en su honor sonó para la Virgen de las Lágrimas la composición Virgen del Subterráneo en una calle Sol llena de mantillas y con bares a rebosar que despedida a los nazarenos albimorados por una senda que les llevaría a pasar por primera vez bajo la pasarela de las Setas de la Encarnación.

En la calle Feria el martillo pregonó las alegrías de un barrio y una cofradía con historia. Manuel Vizcaya comandó el palio mientras que en el misterio se quedaba en solitario José Antonio Álvarez, conocido como el pollero. Lo bordaron ambos, en especial al pasar por la Campana. Vizcaya dedicó una sentida levantá a la Hiniesta: «Por una Reina que lleva 450 años repartiendo devoción por Sevilla. ¡A la gloria!». Una gloria que hizo tintinear los rosarios de los varales a los sones de Rosario de Monte-Sión y Pasan los Campanilleros. El exorno floral del palio fue de frecsias, las flores de Santa Teresa por el Año Jubilar; y hubo un crespón negro por Cayetana de Alba, madrina de la coronación de la Virgen y hermana de Monte-Sión. El día recuperaba en Campana algunos minutos de los perdidos al principio.

No se había ocultado el sol por la calle Alfonso XII, cuando los primeros nazarenos del Valle pisaban la calle Laraña. Adelantaban en 25 minutos la salida para dar un rodeo por Daoíz y despejar el camino a Pasión. Ello propició que la luz de la tarde bañara la nueva piel del Señor con la Cruz al Hombro, restaurado por el Instituto Andaluz de Patrimonio (IAPH); y luciera el innovador paño de la Verónica, la primera obra de arte digital. Gustó bastante al igual que la clámide de los Bodoques, que un siglo después rescató el Señor de la Coronación de Espinas sobre una renovada escalinata con inscripciones de los motetes. Los sones decadentes de Gómez Zarzuela vistieron de melancólico Valle una noche que llamaba a las puertas de la Madrugá. ~


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