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El Cristo perdido y hallado en Sevilla

Obra de Ruiz Gijón, el Cristo de los Vaqueros desapareció de la ermita de Escardiel, para ser recuperado en una parroquia sevillana dos o tres décadas después

27 feb 2018 / 20:32 h - Actualizado: 27 feb 2018 / 21:52 h.
"Cofradías","Cuaresma"
  • El Cristo de los Vaqueros se encuentra en el lateral de la ermita de Escardiel. / El Correo
    El Cristo de los Vaqueros se encuentra en el lateral de la ermita de Escardiel. / El Correo

En el lateral izquierdo del presbiterio de la ermita de la Virgen de Escardiel, bajo los frescos de Miguel Ángel González, recibe culto la imagen del Cristo de los Vaqueros. Una talla del escultor utrerano Francisco Antonio Ruiz Gijón, propiedad de la hermandad que, en un momento de inactividad de la misma, desapareció del templo, para ser encontrada en una parroquia de la capital hispalense. Es la curiosa historia del Cristo perdido y hallado en Sevilla.

La hermandad, si bien no llegó a desaparecer, pasó una época de declive en la década de los 60. La Virgen fue trasladada al pueblo, donde mantuvo su salida procesional el 15 de agosto. El Cristo, sin embargo, permaneció en el interior de la ermita. Pero cuando en 1966 se reorganizó la corporación ya no se encontraba en el templo. Devoción arraigada, sobre todo en el campo y en los ganaderos, la hermandad encargó entonces otra talla para sustituir su ausencia.

Pero el tesón de los escardieleros por recuperar su patrimonio consiguió localizar al Crucificado y trazar su periplo. Se supo así que en torno a 1965 llegó a la Escuela Profesional de Cazalla de la Sierra, creada por el padre Leonardo Castillo. Con él viajó hasta la barriada de Santa Aurelia, en el distrito Cerro-Amate de Sevilla, donde fue expuesto al culto en la iglesia de San Lucas Evangelista. Allí finalmente fue encontrado por la hermandad.

Quiso la casualidad que lo que se aventuraba como un complicado litigio para devolverlo a su legítima propiedad tuviera un golpe de gracia para hacerlo posible. Los hermanos Juan y Félix Lobo, inmersos en una investigación para demostrar la propiedad de la ermita, hallaron el contrato de la hermandad con Francisco Antonio Ruiz Gijón, quien ya antes había tallado las andas para la Virgen de Escardiel. Pudo constatarse así que ese Cristo era el de los Vaqueros y su pertenencia a la corporación.

En 1995, tres décadas después de su desaparición, y mediante decreto de retorno firmado por el Cardenal Carlos Amigo Vallejo Amigo, el Cristo de los Vaqueros volvió a Castilblanco de los Arroyos, dejando la hermandad como compensación una copia de la talla en la parroquia de Sevilla. La llegada al pueblo supuso un gran impacto. «Era un Cristo muerto y al pueblo llegó un Cristo vivo», explica Juan Lobo. Objeto de repintes y añadidos, mostraba los ojos abiertos –pintados sobre los párpados cerrados primitivos–, y una apariencia lejana a la original. «Desconocido para los menores de 50 años, fue reconocido por las personas mayores, sobre todo por el INRI, que es muy particular».

La advocación ya existía en el siglo XVI, y daba nombre al Crucificado al que los vaqueros que transitaban los caminos aledaños a la ermita –cercana a la Vía de la Plata– ofrendaban aceite para mantener encendida la lámpara que lo alumbraba. Sin saberse el destino de esa antigua imagen, posiblemente desaparecida por su mal estado, en agosto de 1677 la hermandad acordó la hechura de una nueva talla con el escultor de Utrera. De madera de ciprés y estilo flamenco, es la primera obra documentada del insigne imaginero, que cinco años más tarde tallaría al Cristo de la Expiración, El Cachorro de Sevilla.

Tras ser recuperada, el Cristo fue restaurado por el Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico (IAPH) hace ya dos décadas, en 1997. Antes de la intervención, fue trasladado a la basílica del Patrocinio, en Sevilla, donde los hermanos Cruz Solís e Isabel Pozas constataron «sin lugar a dudas, por rasgos como la barba bífida, el tallado en las costillas», que era obra de Ruiz Gijón, corroborado al coincidir las medidas especificadas en el contrato. Según el informe del IAPH, comparte con la venerada talla sevillana «un característico rostro de acusado rasgo lineal, nariz recta, ojos almendrados y pómulos salientes; el cabello está trabajado de forma coincidente a base de largos y finos gubiazos».

Retirados los añadidos que lo desvirtuaban, la policromía original mostraba pérdidas y lagunas. Pero los hermanos aprobaron en cabildo no volver a policromarlo y mantener la pátina original que aún se conservaba. Es por ello por lo que el Crucificado presenta un aspecto descarnado «que hace su visión aún más impactante al contemplarlo», pero en un estado más cercano al que salió del taller del escultor.

Venerado en la ermita, fue en 2013 la última vez que visitó el pueblo, de forma extraordinaria, con motivo del Año de la Fe. Desde entonces, recibe visitas en su templo en la misa de cada primer domingo de mes. Su fama de milagroso y su arraigo al campo lo ha sacado en rogativas por falta de lluvias. Y en Cuaresma, según marcan las Reglas, «y si el tiempo lo permite», preside el viacrucis alrededor de la ermita, tras la misa en su honor. Cultos que este año se celebrarán el próximo domingo 4 de marzo. Una muestra de «la gran devoción que le tiene el pueblo», donde no falta su efigie en las casas ni quien se encomiende a su protección ante las dificultades. Porque no le falta la devoción, mantenida incluso cuando físicamente no estaba. Tan profunda que es la mejor guardia para que este Cristo, perdido y hallado, permanezca como guía de la fe de Castilblanco.


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