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Patrimonio

La Cruz del Negro: una necrópolis olvidada llena de tesoros incalculables

Una de las ánforas estudiadas, del tipo 2 Sagona, es la única completa entre las encontradas en la Península Ibérica de finales del s. VIII o VI a.C.

Ezequiel García ezegarcia85 /
16 jun 2021 / 07:22 h - Actualizado: 16 jun 2021 / 07:30 h.
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Hace escasas semanas, el periódico El País publicaba un reportaje sobre el atentado arqueológico que supuso la destrucción del yacimiento de Cercadilla en la ciudad de Córdoba por las obras del AVE antes de 1992. Dicho reportaje abrió un debate entre expertos y estudiosos de la materia sobre lo que pudo ser -y no fue- y cómo el precio del progreso, muchas veces, conlleva la pérdida de patrimonio histórico y cultural de incalculable valor.
Ahora, un estudio acometido por investigadores de la Universidad de Sevilla atribuye a «colonas orientales» o más probablemente «indígenas asimiladas mediante matrimonios mixtos», los restos óseos depositados en dos ánforas de procedencia fenicia y de carácter «excepcional» en la Península Ibérica, rescatadas «completas y en buen estado» de conservación en la necrópolis de la Cruz del Negro, enclavada en Carmona (Sevilla).
En concreto, este estudio se titula 'Dos enterramientos singulares de la necrópolis de la Cruz del Negro (Carmona, Sevilla)'. Está firmado por los miembros del Departamento de Prehistoria y Arqueología de la Universidad hispalense Francisco José García Fernández, Fernando Amores, Rocío Izquierdo de Montes y Ana María Jiménez Flores, quienes profundizan en dos inhumaciones «de cremación inéditas correspondientes a la fase más antigua» de dicho enclave carmonense.
En su investigación, recogida por la agencia Europa Press, estos arqueólogos exponen que la necrópolis de la Cruz del Negro, sita frente al cementerio municipal en una loma coronada por un edificio de Renfe en ruinas, apenas a un kilómetro del casco urbano de Carmona, es un yacimiento «referente para el estudio del mundo funerario en el ámbito de la llamada cultura orientalizante tartésica«.
El yacimiento, en ese sentido, está caracterizado por fosas de cremación de los cadáveres acompañadas de urnas funerarias enterradas en el suelo conteniendo los huesos calcinados, según describen.



UN ENCLAVE MEDIO DESTRUIDO EN 1989

En ese contexto, estos investigadores rememoran que a finales de 1989, unas obras acometidas en la loma del yacimiento «para la extracción de grava» supuso «la destrucción total de una parte de la necrópolis«, cuyas primeras excavaciones arqueológicas se remontan al periodo comprendido entre 1897 y 1905.
Esta situación, según recuerdan los autores de este trabajo, «obligó a excavar de urgencia el sector menos dañado» del yacimiento, con lo que «esta desafortunada circunstancia permitió reabrir la investigación sobre la necrópolis con una metodología más depurada» que la usada en actuaciones anteriores.
Así fue, según estos investigadores, cómo las entonces nuevas intervenciones arqueológicas se sucedieron a lo largo de 1993, 1995 y 1997, siendo registradas «179 estructuras funerarias, dentro de las cuales fueron identificados 112 depósitos con restos humanos». Las 67 estructuras restantes corresponderían, según precisan, a «quemaderos o depósitos de ofrendas» relacionados con diferentes fases de los rituales funerarios.
Con esta base, la investigación promovida por García Fernández, Amores, Izquierdo y Jiménez Flores se centra en «dos enterramientos singulares de la necrópolis, tanto por su temprana cronología, como por su ajuar».
En primer lugar, los autores de este estudio señalan el «ánfora» funeraria asociada a la estructura número 25, un recipiente que contenía huesos de un individuo «de sexo y edad indeterminada», acompañados de «un amuleto de marfil» a modo de ajuar con motivos egipcios.
Según estos investigadores, se trataría de un ánfora «del tipo 2 de Sagona», una tipología de ánfora «poco representada en el Mediterráneo Occidental y mucho menos en contextos funerarios», siendo este ejemplar «el único completo de los conocidos en la Península Ibérica», con una cronología «que oscilaría entre mediados o más probablemente finales» del siglo VIII o inicios del siglo VII antes de Cristo, «para su uso y posterior amortización» en la necrópolis.


LA IMPORTANCIA DE UN ENCLAVE ABANDONADO

El amplio estudio, que pueden leer por completo en el portal academica.edu, nos lleva a la figura de Juan Manuel Román, arqueólogo miembro del Servicio de Arqueología del Ayuntamiento de Carmona.
“El yacimiento de la necrópolis de la Cruz del Negro es clave para entender y comprender los rituales funerarios de época tartésica. De hecho, tiene tal importancia que, uno de los tipos de urnas funerarias encontradas allí asociadas a los fenicios, y que luego aparecen por muchas zonas del Mediterráneo, incluso en Cartago, son conocidas en el ámbito arqueológico como urnas Cruz del Negro”, afirma Román. Son urnas de forma globular decoradas con motivos geométricos de colores rojos y negros.
Sobre el lugar en el que se encuentra, el arqueólogo, como muchos carmonenses, aboga por “señalizar que allí existió dicha necrópolis”. Y es que, a pesar de sus hallazgos, jamás ha sido preservada correctamente. El primer revés lo sufrió durante la construcción de las vías del tren, del siglo XIX, que seccionaron el yacimiento. Hay constancia de que, entre 1900 y 1903, Bonsor excavó allí.
En la Cruz del Negro el ritual más común era el de la incineración, “donde los restos óseos se preservaban en vasijas de cerámica, y, tal como se ha publicado recientemente, en ánforas, pero en algunos casos se practicaron inhumaciones”, afirma Juan Manuel Román. Cuando en 1989 se comienzan a extraer áridos, Fernando Amores, uno de los autores del trabajo que ahora ve la luz, “fue uno de los directores de las excavaciones a raíz de este problema”, añade Román.
Para este arqueólogo municipal, con el mundo tartésico hay un problema: “La cultura tartésica fue la fusión de dos mundos: el indígena, por un lado; y, por el otro, los pueblos orientales del Mediterráneo Oriental, principalmente fenicios. Lo que se discute es el peso que tenía cada uno en esa cultura. Estas necrópolis, que se han interpretado tradicionalmente como posibles cementerios de indígenas orientalizados, quizás pudieran corresponder a colonos orientales o a las élites indígenas más orientalizadas”, puntualiza.
De todas formas, Román incide en que, en cualquier caso, “el mundo que conocemos como fenicio, no era una cultura homogénea, pues llegaron colonos de distintos puntos del Mediterráneo, con lo cuál tampoco se puede esperar que haya un ritual funerario homogéneo, y esa puede ser la clave que puede explicar las diferencias que hay entre las múltiples necrópolis tartésicas”. Por ello, puntualiza, “entre los indígenas de la última etapa de la Edad del Bronce, antes de la Edad del Hierro que se inicia con la llegada de los fenicios, los rituales funerarios no dejan rastro, no existen tumbas como las conocemos actualmente”, afirma.
Por último, incide Román, “durante el periodo inmediatamente posterior, ya en época turdetana, los rituales funerarios vuelven a no dejar evidencia arqueológica. Una posible hipótesis sería la que en la necrópolis de la Cruz del Negro, y en otras similares de los alrededores de Carmona, se enterraron fenicios o parte de la élite indígena; mientras que la mayoría de estos indígenas, asentados en lo que hoy es Carmona, seguirían manteniendo sus costumbres funerarias. Pero es un tema con mucha controversia que en la actualidad no está del todo claro”, concluye.
¿Indígenas orientalizados o fenicios colonizadores? ¿O quizás algo unas relaciones más complejas entre ambos pueblos? El tiempo y la investigación aclarará la respuesta. Pero, para ello, intentemos mantener un yacimiento de incalculable valor que pasa desapercibido para propios y extraños.



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