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«Vivir o morir»: la vida con ansiedad, pero sin psicólogos en la sanidad pública

Sonia sufre ansiedad y depresión desde hace años y, aunque ahora está aprendiendo a afrontar ambos trastornos, se ha sentido completamente abandonada por el sistema público andaluz

Verónica Ojeda verojeper /
17 jul 2021 / 04:00 h - Actualizado: 17 jul 2021 / 12:43 h.
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«Me he dado cuenta de que yo soy la única persona que puedo ayudarme a mí misma. La medicación no lo va a hacer. Tú eres el que tiene que decidir si tomar pastillas y encerrarte en casa o volver a la vida normal. Levantarte de la cama, salir a la calle y sociabilizar. No hay que avergonzarse nunca de tener ansiedad o depresión, sino que hay que afrontarla y pedir ayuda», enfatiza Sonia, una joven de 23 años que tiene ansiedad y depresión desde hace varios años, pero que poco a poco está superando ambos trastornos.

La ansiedad es un sentimiento de excesiva preocupación y miedo, y si no se trata de forma adecuada, puede conllevar un trastorno de ansiedad generalizado, fobia social, trastorno de pánico, trastorno obsesivo-compulsivo, estrés postraumático y otras fobias. Estos trastornos pueden acabar produciendo sintomatología depresiva, que se caracteriza por el decaimiento del ánimo y la incapacidad de disfrutar. Tanto la ansiedad como la depresión son considerados dos de los trastornos más frecuentes en la población española. En la actualidad, un 35 por ciento de la población española ha presentado síntomas de ansiedad y depresión, y la prevalencia aumenta entre las mujeres. Por eso los expertos alertan de que es importante detectarlo precozmente, conocer las causas y encontrar herramientas que consigan disminuir los síntomas y mejorar la calidad de vida de las personas.

El estrés en el trabajo es uno de los factores que puede desencadenar la ansiedad. Sonia trabaja y estudia a la vez desde que tenía 17 años. «Durante el curso 2019-2020 trabajaba desde las 9 de la mañana hasta la 4 de la tarde y luego a las 5 menos cuarto tenía clases hasta las 9 de la noche, a las 10 llegaba a casa y tenía que ponerme a estudiar. No dormía», recuerda Sonia, que llega a la entrevista con El Correo de Andalucía con una carpeta llena de informes médicos. «Un día, antes de subir a la oficina, tuve un ataque de ansiedad y perdí la conciencia. Las manos las tenía engarrotadas porque perdí el oxígeno y no me llegaba a los músculos», explica.

A partir de ese momento, la ansiedad y los ataques de pánico se convirtieron en su día a día, pero en la actualidad está aprendiendo a controlarlos: «Mi psiquiatra me ha dicho que he progresado muchísimo, aunque a veces yo no lo vea. Eso me hace muy feliz, pero el camino que he tenido que recorrer y sigo recorriendo no ha sido fácil. O vives o mueres, eso es la salud mental».

Medicación sin un tratamiento psicológico adecuado

En agosto de 2020, la Unidad Clínica de Atención Médico Integral (UCAMI) le envió por primera vez Alprazolam, según nos cuenta Sonia mientras nos enseña su bolso lleno de pastillas. Sonia llegó a perder diez kilos, tenía frecuentes ataques de ansiedad, lloraba constantemente y apenas se comunicaba. «21 de septiembre. Crisis de pánico e ingesta de ansiolíticos abundantes...», así comienza el informe médico de ese día. «Le pedí al médico que por favor me enviasen al psiquiatra porque lo necesitaba, no quería tomar solo Alprazolam, eso no solucionaba mis problemas», expresa Sonia. Cuatro meses después de ese primer ataque, le enviaron al psiquiatra de la sanidad pública andaluza.

España es uno de los países con mayor consumo de psicofármacos e incluso, triplica en consumo a Alemania. Cuando los médicos de atención primaria o los propios profesionales de la psiquiatría no tienen recursos y tiempo para dar una respuesta adecuada, envían tratamientos farmacológicos porque no pueden hacer otra cosa. Luis Gutiérrez, vocal de la junta directiva de la Sociedad Española de Psiquiatría Biológica (SEPB), explica a este periódico que «tener un tratamiento farmacológico no es difícil, pero sí tener un tratamiento psicoterapéutico para abordar la ansiedad o la depresión».

«Los psicofármacos no son el problema, el problema es que no tenemos tiempo de hacer los abordajes psicoterapéuticos y entonces el paciente se queda solo con el aumento de las dosis y el cambio de los fármacos, que necesitan de una consulta personalizada y frecuente», añade Gutiérrez. De esta forma, la persona acaba dependiendo de los psicofármacos, que solo deberían de utilizarse de forma temporal. La OMS recomienda su consumo entre cuatro y seis semanas, pero a veces se prolonga durante años porque las personas no tienen sus propios recursos para responder a los problemas que les afecta debido a la falta de atención en la sanidad pública.

En el caso de Sonia, además de Alprazolam, le han enviado más pastillas como Sertralina y Largactil. Alprazolam, un medicamento tranquilizante que pertenece al grupo de las benzodiazepinas, es una pastilla que tan solo vale 40 céntimos. Una ínfima cantidad de dinero que puede engancharte y no llegar a ayudarte si no tienes un tratamiento psicoterapéutico adecuado, como le pasó a Sonia. Según detalla el vocal de la junta de la SEPB, las benzodiazepinas son un fármaco que si se toma a largo plazo puede provocar problemas de tolerancia y abstinencia. Son las únicas que pueden provocar adicción, ya que el resto de los psicofármacos y los antidepresivos no son adictivos.

Así, Antonio J. Vázquez, presidente de la Sociedad de Especialistas de Psicología Clínica de Andalucía (SEPCA), detalla que las personas con ansiedad y depresión acaban creando dependencia de unos productos externos (los fármacos) que solo son útiles de forma temporal para algunas personas, pero para otras no son, incluso, ni siquiera lo más conveniente.

Sonia ha llegado a acudir a urgencias por «cuadros de ansiedad con necesidad continua de ansiolíticos». «Estaba deprimida, con estrés, tenía espasmos por la noche mientras dormía por el aumento de ansiedad y me levantaba con convulsiones. He llegado a estar 20 días sin dormir», detalla ella y su informe médico. «Comía desconsoladamente y luego me metía los dedos para vomitar porque me daba fatiga lo que había comido. Me daba asco a mí misma. La gente me decía que me veía más delgada como si fuese algo bueno, no me entendían», cuenta Sonia, que en una semana llegó a perder doce kilos.

Faltan psicólogos y psiquiatras en la sanidad pública

Los equipos de salud mental en Andalucía tienen buenos profesionales, ahí no reside el problema, ni tampoco en el acceso a salud mental, sino en el colapso que existe en las citas, las enormes listas de esperas y la falta de tiempo en cada consulta causado por la baja ratio de psicólogos y psiquiatras.

En Europa la media es de 18 psicólogos y 18,23 psiquiatras por cada 100.000 habitantes. No obstante, en Andalucía existen 3,26 psicólogos y 6,27 psiquiatras de media por cada 100.000 habitantes, mientras que en España 6 psicólogos y 9,69 psiquiatras. Vamos muy por detrás con respecto a otros países.

La psiquiatra de Sonia tiene en la actualidad 900 pacientes. «Yo tengo suerte porque puedo acudir a consulta todos los meses por ser paciente de carácter preferente, pero normalmente las citas son cada muchos meses», explica Sonia. «En la mayoría de los casos el tiempo entre consultas es de entre 3 y 4 meses mínimo, y cuando un psiquiatra o un psicólogo clínico tiene un número de pacientes muy elevado no puede dedicarle el tiempo necesario», afirma Manuel Movilla, presidente de la Confederación Española de Agrupaciones de Familiares y Personas con Enfermedad Mental de Andalucía (FEAFES) y también paciente desde hace más de 20 años en el área de salud mental del sistema público andaluz.

A esto se suma que las consultas son cada vez más cortas y prolongadas en el tiempo. Sonia veía a su psiquiatra cada mes durante una hora, pero debido al coronavirus ahora solo puede 45 minutos. «Si tienes 30 minutos de media para hablar y 15 minutos para que te ayude, ¿cómo le resumes todo lo que te ha pasado en un mes? Y eso que yo tengo suerte de verla cada mes... No da tiempo y al final todo se basa en mandar más pastillas. La culpa no es de mi psiquiatra, que es una profesional e intenta ayudarme en todo lo que puede, es del sistema», susurra.

Las guías de práctica clínica recomiendan entre 12 y 15 sesiones psicológicas en el plazo de seis meses, pero en Andalucía la media es de cuatro citas en un año. No llegamos a las 15 sesiones ni en tres años. La efectividad y eficacia de los tratamientos se aleja mucho de los que necesitaría una persona que acude a consulta.

«Te miran, te escuchan, escriben en el ordenador y te mandan pastillas»

Las urgencias de salud mental es otra gran lucha para las personas que acuden a ellas. Sonia explica: «Nada más entrar a triaje te ofrecen un pinchazo o más medicación, y después la psiquiatra te mira como si fueras una enferma mental. Te miran, te escuchan, escriben en el ordenador y te mandan pastillas. Y si no quieres tomar más pastillas, te dicen ‘aquí no podemos hacer más nada’». El protocolo que tiene que seguir el triaje en las urgencias de salud mental o no lo aplican o no lo conocen en muchas ocasiones, tal y como cuenta Movilla: «Hay que formar a los profesionales que están en triaje para que apliquen el protocolo que hay».

Las personas que se suicidan o lo intentan se sienten abandonadas y mal atendidas. «El informe de ese día que acudí a urgencias decía había riesgo de suicidio, pero yo me fui a casa. ¿Y si esa noche me hubiese suicidado? No veía que mejorase aun tomando más pastillas, perdía peso, no dormía y tenía fobia a salir a la calle. Nadie me entendía. Mis amigos solo querían salir para tomar una cerveza y reír. Y yo me llevé 21 días sin hablar con nadie. Cuando hablé con el psiquiatra sobre la muerte esperaba que me ayudara, pero no lo hizo...Todo lo quieren arreglar con pinchazos y medicación», expresa Sonia.

El psiquiatra Gutiérrez nos cuenta que los pacientes que llegan a suicidarse normalmente lo han intentado antes e incluso, han sido detectados por el sistema público andaluz. «No se hace un seguimiento adecuado de estas personas. Debería haber un código de suicidio para identificar a estos pacientes de alto riesgo y reducir así las tasas de suicidio, sobre todo en Andalucía, que tenemos unas tasas altas», añade. De hecho, el presidente de la FEAFES afirma que «la muerte por suicidio se ha incrementado bastante en Andalucía desgraciadamente, aunque no hay datos oficiales».

«Necesitamos personas, no máquinas»

La solución a los problemas del sistema público andaluz en el área de salud mental es aumentar el número de psicólogos y psiquiatras: «Necesitamos personas, no máquinas», dice Movilla. Y, según Luis Gutiérrez, para eso habría que aumentar la financiación y, además, eliminar el estigma: «La enfermedad mental existe, se cura, tiene tratamientos eficaces y los pacientes pueden recuperar su vida. Los cuadros de depresión desaparecen». Este profesional de la psiquiatría también afirma que hay un porcentaje importante de las depresiones y las ansiedades que podrían ser tratadas por los médicos de atención primaria sin necesidad de ir a un especialista, por lo que opina que habría que potenciar una mayor sensibilización y formación en este sector de la salud, que son la puerta de entrada al sistema.

Sonia, al igual que los expertos, también incide en la necesidad de que existan terapias grupales varios días a la semana para aprender a afrontar la ansiedad. Los estudios revelan que este tipo de terapias funcionan, pero debido a la falta de profesionales no se realizan.

Por otro lado, el presidente de la SEPCA, Vázquez, reclama la necesidad de que haya un liderazgo político: «La ansiedad y la depresión generan muchos problemas de absentismo en el trabajo y sufrimiento personal. Garantizar los tratamientos psicológicos podría mejorar la salud mental de las personas, pero también el ahorro económico del país. Eso es una apuesta política y supone una inversión importante, por eso desde la SEPCA proponemos que cada año y en un plazo de 5 a 10 años se suba la ratio de los psicólogos para poder llegar a la media de Europa y dar la respuesta que recomiendan las guías de práctica clínica».

La OMS sitúa a la salud mental como el primer problema de salud, sin embargo, todavía no está equiparada a la salud física. En la actualidad, la sociedad cada vez está más concienciada, pero queda aún mucho camino por recorrer. Es necesario eliminar el estigma social y dotar de recursos a los profesionales de la psicología y la psiquiatría. La ansiedad y la depresión se pueden tratar, curar y superar. No hay que tener miedo a pedir ayuda.


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