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Abrigos de lana, cuellos de barco y omeprazoles

Frente a la lluvia y las bajas temperaturas, los incondicionales de la Feria oponen su sabiduría ancestral en el arte de pasarlo bien

12 abr 2016 / 23:13 h - Actualizado: 13 abr 2016 / 09:51 h.
"El tiempo","Moda","Feria de Abril 2016"
  • Nadie puede con el colorido de los volantes y los trajes de gitana en un Martes de Feria, aunque ayer hubiera que desafiar a la lluvia para cumplir con el rito. / José Luis Montero
    Nadie puede con el colorido de los volantes y los trajes de gitana en un Martes de Feria, aunque ayer hubiera que desafiar a la lluvia para cumplir con el rito. / José Luis Montero

«¿Me visto o no me visto? Esa es hoy la cuestión». Lo dice, como si fuera Kenneth Branagh en Hamlet –acto tercero–, una de las chicas que han venido a hacerme compañía a la sombra de este naranjo, refugiados del aguacero. «Mi amiga Isa, aquí presente, se decidió poniendo una lavadora: Si se seca, me visto. si no se seca...». Y no se secó.

Saben que soy periodista, enviado por El Correo a cubrir el martes de Feria. Les he confesado que venía esta mañana con mi crónica más o menos escrita en la cabeza, pues esto es más o menos lo de todos los años, pero que el temporal la ha convertido ninguna me ríe el chiste en papel mojado. «Métete un poquito para adentro y no te preocupes, que nosotros te contamos todo lo que quieras saber», aseguran, y empiezan a explicarme que el día ha empezado con las redes sociales en llamas, entre tanta duda sobre el vestuario. «Hay quien no se atreve a vestirse, quien lo hace pero con botas camperas, por el barro... Y también quien viene con medias gordas, ¡Y eso no!», exclama bastante escandalizada una a la que llaman Paloma.

Yo, sin estar seguro de entenderlo todo, anoto aprisa regateando un goterón que acaba de salpicar mi cuaderno. «Me consta que este año hay algunas que, por no renunciar a los zapatos de esparto, que son cómodos a más no poder, pero que se empapuchan cuando llueve, están aplicándole una mano de cola blanca, para sellarlos», tercia Rocío.

Y sigo así, al dictado obediente, pensando que la Feria no es solo ese majestuoso escaparate de casetas, música y carruajes, sino también el minucioso código interno de los feriantes, sus mil remedios para la adversidad, su prolija sabiduría en el arte de pasarlo bien y no morir en el intento.

De pronto escampa brevemente, pero estamos tan afanados en la crónica, ellas en contarme y yo en consignar sus observaciones, que apenas nos damos cuenta y seguimos bajo la copa protectora del naranjo, que no cesa de escanciar poéticamente flores de azahar y goterones.

Las flores del frío era el título de un poemario de Luis García Montero, y a punto estoy de referirlo para hacerme el interesante cuando Paloma vuelve a la carga y, como si me hubiera leído el pensamiento, asevera: «Este año las flores se llevan en ramillete. Y van rociadas con spray dorado. Hasta yo, que no sigo nada la moda, he sucumbido», y me muestra las que adornan su cabeza. «Pero lo más de lo más de lo más este año», agrega, y juro que no exagero con la repetición, «son los cinturones de flores. Y las hombreras de flecos, que al parecer lo petaron en el Simof».

Me reafirmo en la idea de que esto de los conocimientos feriantes es una verdadera ciencia, y paso a pedirles, si no es mucho preguntar, si además de contra el agua hay conjuros secretos contra el frío, pues mis amigas llevan en la Feria desde el viernes, sin fallar un solo día, y ya se han hecho selfies con todos los abrigos imaginables.

«En la Feria, a más frío, menos polillas», me sorprende Isa sacándose de la manga –manga larga, abrigadita– esta singular aportación al refranero español. «El año pasado nos freímos de calor y no había forma de quitarse las polillas de encima. Este año, ni una».

«En el Corte Inglés se han agotado las toquillas, con eso está todo dicho», comenta Clara, que también arrima el hombro con sus amigas, dejándose llevar por las siempre seductoras asonancias. «Hay quien se viste de gitana poniéndose incluso camisetas, pero yo prefiero pelarme antes que eso. Que las camisetas hacen arruguitas, y luego pasan por michelines» y dibuja en el aire con el dedo un No casi bíblico, un No que agita el aire y se eleva en espiral en el firmamento, y que acabará provocando hiuracanes en alguna playa de la Polinesia.

«No olvides poner en el periódico que algunas llevan medias de Den de 100. Yo llevo de 30, por si te sirve el dato». Juro que no tengo la menor idea de a qué se está refiriendo, pero usted, lector, no tiene por qué pagar mi ignorancia en materia de lencería, o de mercería, así que tomo nota como un amanuense.

«Y tampoco se olvide usted», me dice otra, cuya presencia no había advertido hasta ese momento, «de los trajes de cuello de barco, como este que lleva Pili. Tardarán en ponerse de moda, porque en Sevilla sabemos lo que vale un buen escote, pero en estos días gélidos se agradecen».

«Yo tengo un abrigo de lana en la taquilla de mi caseta», confiesa al fin Rocío, «con los omeprazoles, los almax y las tiritas. Y tabaco de repuesto», enumera como si yo fuera un agente de aduanas. Tanto nos hemos dejado llevar, que ha escampado del todo, se ha abierto el día y hasta ha parado el viento. Justo cuando tengo que regresar a la redacción para redactar mi crónica. Seguro que ustedes habrían preferido que les hablara de caballos engalanados, bailes gozosos, marejadas de rebujito y de tela de lunares. Pero mi periódico, dilectos lectores, no me mandó a luchar contra los elementos.


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