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Obituario

Adiós a Rafael Infante, el matemático que se desvivió por el flamenco

Muere a los 80 años el catedrático de Estadística en la Universidad de Sevilla que impulsó en ella la Cátedra de Flamencología y rescató decenas de voces desconocidas

Álvaro Romero @aromerobernal1 /
16 sep 2022 / 17:34 h - Actualizado: 16 sep 2022 / 17:48 h.
"Obituario"
  • Rafael Infante. / Foto: Paco Sánchez
    Rafael Infante. / Foto: Paco Sánchez

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Ha muerto esta mañana, a los 80 años, uno de los estudiosos que más hizo en los últimos años por la dignificación del flamenco desde las altas instituciones académicas que tuvo su alcance, el jerezano Rafael Infante Macías, catedrático de Estadística en la Universidad de Sevilla e impulsor de la Cátedra de Flamencología. Infante estuvo vinculado al Centro Informático Científico de Andalucía hasta 2005. Premio Flamenco en el Aula en 2019 y Premio Ciudad de Jerez en 2017, el también rector de la Hispalense entre los años 1984 y 1986 dedicó buena parte de su vida a la investigación y difusión del arte andaluz por antonomasia.

Aunque nació en Jerez de la Frontera (Cádiz) en 1942, estudió Matemáticas en Madrid y luego hizo su vida en Granada primero y en Sevilla después. Coordinó desde el principio, allá por 2011, la Cátedra de Flamencología de la US e impulsó el programa de la Junta Flamenco y Universidad, gracias al cual se han ido publicando alrededor de 60 discos que rescataban voces antiguas del flamenco y otros valiosos documentos sonoros. Asimismo, Infante contribuyó a la digitalización de muchas revistas flamencas, divulgó el flamenco en conferencias especializadas y creó un portal en el que se podía acceder a discos, documentación e incluso tesis doctorales sobre el flamenco. El año pasado, sin ir más lejos, coordinó el primer congreso internacional que se celebró sobre la vida y obra de Antonio El Bailarín, coincidiendo con el centenario de su nacimiento.

Difíciles años como rector

Aunque fueron pocos, entre 1984 y 1986, su período como rector universitario no fue precisamente tranquilo ni fácil, pues tuvo que lidiar con la acampada estudiantil, en febrero de 1985, para impedir el claustro universitario que iba a dar luz verde a los nuevos estatutos. Los estudiantes, que reivindicaban entonces una mayor participación en el gobierno de la Universidad, lo pusieron tan contra las cuerdas, que no solo se vio obligado a suspender las clases para evitar manifestaciones y algaradas callejeras, sino que terminó dimitiendo al año siguiente.


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