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Agua y fuegos para el ‘domingo de resaca’

El tiempo inestable y el paraguas, los protagonistas del último día de la Feria de la recuperación

26 abr 2015 / 23:26 h - Actualizado: 27 abr 2015 / 00:54 h.
"Feria de Abril","Feria de Abril 2015"
  • Imagen de los fuegos que ponen fin a la Feria 2015. / Manuel Gómez
    Imagen de los fuegos que ponen fin a la Feria 2015. / Manuel Gómez
  • Chaquetas, chubasqueros y muchos paraguas fueron los complementos imprescindibles en el día de ayer en el Real. / Fotos: Inma Flores
    Chaquetas, chubasqueros y muchos paraguas fueron los complementos imprescindibles en el día de ayer en el Real. / Fotos: Inma Flores
  • Alguna que otra se animó a lucir el traje a pesar del agua.
    Alguna que otra se animó a lucir el traje a pesar del agua.
  • El de ayer fue uno de los pocos días en los que era posible encontrarse en la portada y tener hueco para la foto.
    El de ayer fue uno de los pocos días en los que era posible encontrarse en la portada y tener hueco para la foto.
  • Ambiente en el último día de Feria este domingo. / Inma Flores
    Ambiente en el último día de Feria este domingo. / Inma Flores
  • Ambiente en el último día de Feria este domingo. / Inma Flores
    Ambiente en el último día de Feria este domingo. / Inma Flores

Negro. Negro como el color del traje de muchas flamencas este año (aunque sin los avíos en verde agua, que ni una se los ha saltado) era el tono del cielo del que fue el último día de Feria (oficial) de 2015. Pero como las predicciones están para no cumplirse, al final los porcentajes de la Agencia Estatal de Meteorología, que daban hasta un 100 por cien de probabilidad de lluvia, sonaban peor de lo que fue y, aunque las nubes auguraban a veces que el diluvio universal se repetiría sobre el Real, no pasó de varios chaparrones, más frecuentes por la mañana que por la tarde, cuando se empezó a animar el ambiente en el albero feriante.

El tiempo raruno que hizo ayer dio pie a que el look oficial del día incluyera el imprescindible paraguas, que daba la nota de color. Lisos, de rayas, de lunares... iban de la mano de los paseantes, porque es lo que más hacían quienes se animaron ayer a pisar el albero, que además de oscuro absorbe el agua que da gusto. Los charcos eran más a causa de la limpieza de Lipasam, que se afanaba por eliminar los restos de los farolillos anaranjados y blancos que se acumulaban en el suelo, que por la lluvia caída.

Unas gotas de agua que no empañaron una feria redonda, «esplendorosa» como la calificó el sábado el concejal delegado de Fiestas Mayores, Gregorio Serrano. Y es que esta edición que acaba ha sido la de la recuperación, o de los brotes verdes (y no hablamos del moho de los quesos de la polémica). «Se nota que la gente la ha cogido con más ganas, ha venido más que otros años, sobre todo de lunes a viernes. El sábado ya estuvo flojito y hoy aún más», dice César, camarero en una caseta de Juan Belmonte, que agradece el «descansito, porque de aquí nos vamos a Rota». Y no anda desencaminado pues los indicadores han reflejado una mejoría, aunque todo apunta a que aún no se ha vuelto a los niveles de antes de la crisis. El alcalde Juan Ignacio Zoido, adelantó este domingo que la Feria «ha recibido más visitantes que el pasado año», lo que calificó como «un éxito para el sector turístico» y espera que «haya supuesto una fuerte inyección económica» para la ciudad (la previsión del Ayuntamiento era de 700 millones de euros).

El del domingo desde luego, y en general el fin de semana, no fue reflejo de ese éxito de público. Por todos es bien sabido que el sevillano vive la Feria preferentemente de lunes a viernes y que el fin de semana abandona el Real para huir a las conocidas como playas de Sevilla. Algo que, por otro lado, el tiempo no ha permitido mucho este año. «El fin de semana de siempre los sevillanos dejamos de venir y dejamos que disfruten los de fuera», dice José. «El antiguo lunes de resaca, lo hemos pasado al domingo y aprovechamos para descansar, limpiar zapatos, lavar trajes de flamenca y adecentar la casa. Que no veas la leonera que tenía montada en el salón», asegura Fátima.

«También es el día de la cuenta atrás», dice Fernando, «que mañana me pongo a dieta. Tengo el bautizo de mi ahijado Bruno en junio y hay que acabar con los excesos de esta semanita», asegura.

Dieta, pero económica, es a la que se apunta Esther, y muchos otros como ella, «que la Feria tiene mucho peligro, que aplicar eso de que no nos falte de ná es lo que tiene. Ahora toca apretarse el cinturón, que luego nos queremos ir de vacaciones y no hay para todo».

«Los domingos de Feria son melancólicos de por sí», le explica Mª Ángeles sevillana de pura cepa a Javier, un gaditano que le pregunta por qué se vive más el domingo anterior, que el oficial. «Es que no tiene sentido». Y quizá tenga razón, pero Sevilla y los sevillanos son así.

Ayer ya no había gente en las paradas del autobús haciendo cola, ni flamencas de camino al Real (bueno, alguna despistadilla o jartible, vaya usted a saber, había...), los gorrillas ocupaban sus plazas habituales, ni rastro de tráfico en los puentes, ni las gitanas encontraban a quién endosarle un clavel de esos que ya no deben de quedar en otro lugar de Andalucía, ni había niños a quienes engatusar con un globito de Bob Esponja, ni abuelos echándole paciencia para conseguir un algodón de azúcar azul... si hasta tenían más trabajo los operarios municipales que los vendedores de chuches o el puesto de información turística.

Pero es que el ritmo del final de la Feria es este, más pausado, más relajado. «Son días de sosiego», apunta Antonio, un guarda de seguridad de una de las casetas del Real. Una de las pocas que cuenta con su presencia pues la mayoría si no están vacías, tienen las puertas abiertas de par en par, como diría el anuncio. En las menos había tómbolas, rifas o espectáculos infantiles como los guiñoles que actuaban en el Mercantil o el mago de Imagina Telo en La última carga.

Ya por la tarde, después del último chaparrón, comenzó a animarse el albero. Algunos para quemar los últimos minutos llevando a los más pequeños a los cacharritos, otros para tomar una copa antes de los fuegos y otros para no perderse el chocolate con churros que daban en su caseta o comerse un gofre Belinda, «que es el clásico para cerrar la Feria», apunta Carmen.

Pero cuando pasaron las doce, los fuegos artificiales antilluvia marcaron el final de esta edición, y las 24.000 bombillas de la portada dedicada al Museo de Bellas Artes se apagaron por última vez, ya había más de uno contando los días para que vuelva a empezar (la preferia, claro está). Y ya quedan menos de 351...


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