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“¡Cómo no dar a todos los niños la opción de desarrollar altas capacidades!”

Felipe Grima, maestro y músico. Tiene solo 29 años y plaza de interino, pero es tan grande su vocación educativa y social que ha creado en el colegio de la barriada Paz y Amistad una escuela musical gratuita, con instrumentos pagados por él, y catapulta el nivel del alumnado.

Juan Luis Pavón juanluispavon1 /
23 jul 2017 / 06:42 h - Actualizado: 23 jul 2017 / 10:27 h.
"Son y están","Entrevista"
  • Felipe Grima, con instrumentos pegados a él, en un aula del Colegio Paz y Amistad. / Jesús Barrera
    Felipe Grima, con instrumentos pegados a él, en un aula del Colegio Paz y Amistad. / Jesús Barrera
  • Felipe Grima en un aula del Colegio Paz y Amistad. / JESÚS BARRERA
    Felipe Grima en un aula del Colegio Paz y Amistad. / JESÚS BARRERA

“La población que no conoce esta realidad confunde entorno desfavorecido con entorno conflictivo. Es un error que perjudica mucho. Este es un colegio totalmente normalizado. Le pongo un ejemplo: he sido tutor en Sexto de Primaria, y no he tenido que poner ni un parte de incidencias. Eso dice mucho del buenísimo ambiente que hay en el colegio dentro y fuera de las aulas. El nivel de calidad está a la altura de cualquier otro centro educativo en cualquier otra zona de Sevilla. Y las familias están verdaderamente implicadas. Para mí es muy bonito ser maestro y tutor en la barriada Paz y Amistad”. Lo pregona con entusiasmo Felipe Grima Lorente, nacido hace 29 años en Roquetas de Mar (Almería). Lleva solo dos en Sevilla, reside en la Avenida de la Paz, y forma parte del encomiable elenco de maestros y profesores, sea cual sea su especialidad académica, que, por iniciativa propia, y mucho más allá de lo que marca su horario laboral y el currículo oficial, están dando una lección de compromiso educativo y social en numerosos colegios e institutos de los barrios de la Sevilla pobre, multitudinaria y estigmatizada.

¿Cuáles son sus raíces?

Mi familia es de origen humilde y proviene de un pueblo de la Alpujarra granadina. Han sido y son agricultores. Emigraron a Barcelona, regresaron a Andalucía para afincarse en Almería, compraron una finca y la convirtieron en cultivos de invernadero para frutas, verduras y hortalizas. Yo he sido agricultor antes de dedicarme a la enseñanza. Me saqué la carrera de Magisterio ayudándoles en el campo. Cuando la acabé, me hice autónomo y monté mi propio invernadero. Al tiempo, me preparaba las oposiciones. Las fui aprobando hasta que entré en la bolsa de interinos, y el día que me llamaron para ofrecerme como destino provisional una plaza en el Colegio Paz y Amistad, de Sevilla, ha marcado un antes y un después en mi vida.

¿Cuándo comenzó a aficionarse con la música?

Desde niño, porque mis padres nunca tuvieron la opción de hacer música, y quisieron que mis hermanas y yo sí disfrutáramos de esa formación. Es la misma ilusión que veo ahora en los padres de mis alumnos. Con seis años comencé a estudiar en una banda de música y con ocho años empecé en el grado elemental de conservatorio. Lo terminé y también hice el grado profesional de piano. En Magisterio me decanté por la especialidad de Música.

¿Cuántos instrumentos domina?

El piano, el saxo y el clarinete. También tengo nociones para tocar flauta, trompeta y trombón. Y para dar clases en nivel de grado elemental tengo fundamentos en todos ellos.

¿Dónde hizo sus pinitos en concierto?

He tocado mucho en bandas, sigo vinculado a la Unión Musical Roquetas de Mar, es banda sinfónica. Y con ella he vivido proyectos de envergadura, como música de zarzuela y de ópera, además de ser una banda que durante tres años hizo para Televisión Española en el auditorio de Roquetas un programa de ‘El Conciertazo’ con Fernando Argenta. Una experiencia sensacional.

¿Es maestro por vocación o por buscar estabilidad laboral?

Sin duda, por vocación. Maestro es el que enseña mucho más que la materia de una asignatura. El que se limita a esto es solo docente.

Siendo novato, ¿cómo fueron sus primeros vivencias al frente de sus alumnos en Sevilla?

Fue una experiencia muy bonita de adaptación entre todos. De golpe, sentí la responsabilidad de tener a veinte alumnos como si fueran mis veinte hijos. Mi primer objetivo fue crear una confortable dinámica de grupo donde los niños se relacionaran como si fueran familia. Cuando al segundo mes vi que eso funcionaba muy bien, los alumnos más introvertidos también empezaron a ser ellos mismos, perdiendo el miedo a sentirse juzgados y dejando de querer pasar desapercibidos. Puedo decir que, en dos años, tanto han aprendido de mí como yo de ellos. Ahora entiendo mejor que realizo de manera natural cosas que ya hacía de niño, de adolescente y de recién adulto.

¿Cómo se planteó su relación con las familias y con el barrio?

Presentarme ante las familias fue descubrir, desde el primer momento, que están muy implicadas en la educación de sus hijos. Y sentí que no puedo fallarles, porque delegan en mí su gran proyecto de vida: sus hijos. Familias humildes, de clase trabajadora, con empleos precarios y de bajos salarios, que ven la realidad del colegio como herramienta de cambio y agente transformador. Por desgracia, eso no ocurre en los colegios de todos los barrios, donde impera más la inercia de enseñar contenidos que los niños memoricen. Nosotros, en el Paz y Amistad, tenemos claro que formamos personas que han de tener la capacidad de estar en desacuerdo con lo que ven y viven fuera del colegio, y contribuir a mejorar su entorno a partir de lo que han aprendido. Para eso también sirve un colegio.

¿Qué dinámica impera en el claustro docente de este colegio?

La mayoría de los profesores son muy jóvenes, el promedio de edad es de unos 30 años. Y están muy implicados. Algunos fueron alumnos del colegio, y se desviven aún más por él. Es importante esta pauta para todo el claustro: todos los alumnos del colegio son mis alumnos, no solo los de mi tutoría. Y eso contribuye a articular afectos en la relación niños-profesores que van mucho más allá de lo meramente didáctico. Se nota cuando vas por un pasillo y cualquier niño de cualquier edad recurre a cualquier profesor para contarle lo que le ha pasado.

¿Antes de llegar a Sevilla había realizado alguna experiencia semejante de educación musical?

Sí, en Roquetas, colaborando en la escuela de música de un colegio de enseñanza compensatoria, durante un par de años. Con mis primeros cuatro alumnos, con edades entre 8 y 14 años, vi el potencial social que tenía la música más allá de la música.

¿Qué le propuso al equipo directivo de su actual colegio?

Como yo tengo muchos instrumentos que he ido comprando a lo largo de los años, son veinte de viento y uno de percusión, planteé una experiencia piloto, como voluntario, para hacer brillar a niños que a priori no destacan o pasan desapercibidos en el colegio. Mi objetivo inicial era estimular que se relacionaran más, bajo el principio de enseñarles a ser capaces de hacer cosas, y no solo que aprendan a conocer cosas. Pero conforme empezó a crecer el interés, y descubrí que teníamos niños que en poco tiempo alcanzaban la capacidad de tocar leyendo una partitura, el proyecto ha adquirido dimensión de escuela musical con aspiración a ser una banda escolar. ¡Cómo no dar a todos los niños la opción de desarrollar altas capacidades!.

¿Cuál es el valor monetario de los instrumentos que usted aporta gratis?

Unos 8.000 euros.

¿Cómo logra ir más allá de lo que las autoridades educativas indican como nivel para Primaria?

45 minutos a la semana para dar clase en la asignatura de Música, que es lo marcado por el curriculum en Enseñanza Primaria, no da para mucho. Y veía la necesidad de estimular el potencial de alumnos con altas capacidades musicales, y de alumnos con necesidad de ser motivados para desarrollar su personalidad. Lo que hemos puesto en marcha en este colegio es, fuera del horario lectivo, aplicarles el curriculum de conservatorio, y que entre los 8 y los 12 años adquieran la formación de grado elemental. Y, si lo desean, cuando salgan hacia el Instituto de Educación Secundaria, se presenten además a las pruebas para conseguir plaza en un conservatorio profesional.

¿Cuántas horas trabaja cada semana con ellos de modo altruista?

Seis horas y media. El taller lo hacemos de lunes a viernes en horario de comedor, de dos a tres del mediodía. A las dos en punto, cuando suena la sirena, la monitora del comedor les tiene preparada la comida, y llegan corriendo, y en siete minutos se zampan el primer plato, el segundo plato y el postre. En cuanto acaban, van al aula para empezar conmigo la clase. Además, los tres recreos que tengo libres también los aprovechamos como horario de formación. Y hemos ampliado a un total de ocho horas y media por semana gracias a dos impartidas por otros voluntarios: Consuelo Fernández, Gustavo Domínguez y mi hermana Judit.

¿Esos niños y niñas no echan de menos estar más tiempo jugando con sus amigos a la hora del recreo o la de comedor?

No, porque las clases son por pareja o en trío, y muchas veces las comparten quienes ya de por sí son amigos. Y porque lo sienten como un recreo en el que aprenden divirtiéndose. La hora que hacemos cada semana como banda-escuela, ensayando en conjunto, es para ellos como un segundo recreo. Disfrutan del momento, y de la socialización entre ellos.

¿En qué consiste la inclusión, aplicada a esta iniciativa?

Tenemos niños de 8 a 13 años. Los de 12 y 13 hacen de ‘hermanos mayores’ de quienes tienen tres o cuatro años menos. Sin darse ellos cuenta, porque lo viven como un juego y una aventura, se crean lazos afectivos que después disfrutan al máximo. La dinámica de inclusión tiene en cuenta que hay niños más introvertidos, menos sociables, y cuando los sitúas en un grupo más pequeño, con un determinado perfil de alumno, es fácil que encajen y empiecen a establecer relaciones de socialización.

¿Qué recursos didácticos en internet les aconseja aprovechar? ¿Les encarga tareas para hacer en casa?

Aplico la metodología que se llama la clase invertida. Los alumnos pueden llegar al conocimiento de una manera vivencial, experimentando por ellos mismos hasta que lo descubren. Pero hay claves que no queda más remedio que darles en una lección magistral, o por la dificultad del contenido o por ser más prácticos. A través de un videoblog, con videos de unos 5 minutos, pongo a disposición de los niños esos contenidos teóricos. Y los ven en su casa, en un ordenador o en un móvil, sea suyo o de sus padres. Cuando llegan a clase, ya han recibido esa lección magistral. Confirmo que lo han entendido, y así aprovecho la hora en el aula para ponerles un reto que han de practicar.

¿Cómo enseña en el aula durante esa hora a niños de diversas edades y niveles?

Gracias a la clase invertida y gracias a la tutorización entre iguales: si un niño lo ha entendido muy bien pero a otro le cuesta, van a ser pareja y uno va a recurrir al que sabe y el otro no tiene problema en echarle una mano. Se necesitan para sacar adelante el diferente reto que yo haya puesto. Es la manera que tengo de dar dos clases en una, porque los niños están trabajando el solfeo de manera autónoma ya que han recibido la clase fuera del centro. Y mientras ellos están conmigo en el aula sacando adelante las diferentes tareas, yo estoy uno por uno pasándoles revista de las nociones musicales.

¿Qué receptividad ha logrado su taller de música en un horario tan atípico como el del almuerzo?

El primer año, pasó más desapercibido, comencé con ocho alumnos. Al siguiente, ya tenía doce, y cola de alumnos pidiendo que les dejara un instrumento, diciéndome: “Maestro, por favor, méteme en Música”. Y para el tercero ya me están buscando familias pidiéndome que su niño no se quede fuera de esta iniciativa.

¿A qué cifra aspira?

Lo ideal es tener veinte, y se puede funcionar como una banda de tamaño medio, sacándole partido a todos los instrumentos que aporto. Para articular mejor el proyecto, hacen falta apoyos económicos. Para afrontar el mantenimiento de los instrumentos, que tienen un mayor desgaste al ser usada por niños. Y para tener más profesores de música, lo que permitiría desdoblar horarios y captar más alumnos.

¿Han aprendido a quitarse el miedo a tocar delante de otras personas?

Sí, es de lo más bonito que he vivido. También fomentamos la autoestima para que se crean capaces de lo que son capaces de hacer. Y en su primera experiencia en un escenario, en el colegio, con su instrumento en la mano, ante un montón de miradas, y con los nervios y la ansiedad del momento, el resultado fue constatar cómo niños y niñas que estaban muy nerviosos cinco minutos antes, cuando salieron a tocar se crecieron y clavaron la partitura. Tanto en su actuación en solitario como a dúo, o acompañados por mí al piano. Han demostrado su valía, y que son valientes. Niños que se crecen como persona. Niños que vencen el miedo porque piensan: “Esto lo hago porque yo puedo”.

¿Qué composiciones interpretan?

Un arreglo para banda-escuela de ‘Buongiorno principessa’, de la banda sonora de la película ‘La vida es bella’. Marchas procesionales. El ‘Himno a la Alegría’ de Beethoven. Un pasaje de ‘La Misión’, de Ennio Morricone,... Van avanzando rápido hacia composiciones de mayor complejidad.

¿Esta experiencia les despierta la vocación de ser profesionales de la música?

Sí. Aunque, a sus edades, lo importante es estimular que descubran y que se apasionen. Con la música o con otros temas. Por ejemplo, una alumna que ahora pasa a Secundaria, ha aprendido a tocar el saxo durante el pasado curso, y me dice que quiere ser futbolista y músico, que la música va a formar siempre parte de su vida.

¿Les está sirviendo para tener una perspectiva más amplia sobre la música, y sentir como propias todo tipo de músicas?

Sí, en mis clases de la asignatura me esfuerzo para que todos los alumnos lleguen a Secundaria gustándoles más músicas que el reguetón, el que pega fuerte en los ambientes infantiles. Me encantó cuando un niño de seis años, de primero de Primaria, me dijo en clase: “Maestro, he encontrado en Youtube un grupo que me salió en sugerencias. ¿Lo puedo poner?”. Le dije que sí, y era una canción de Michael Jackson. Le expliqué quién era, y le apasiona.

¿Algún otro ejemplo?

En sexto de Primaria, en mi tutoría han surgido proyectos en el aula con los que, a través de la música, han trabajado las matemáticas, la lengua, las ciencias naturales, las ciencias sociales. Uno era sobre cómo se produce el sonido, cómo un ruido pasa a ser sonido, cómo se crea un método para controlar el sonido, y cómo ese control permite que el sonido pase a ser una melodía agradable al oído. Con lo cual los alumnos iban llegando a la armonía. También han hecho proyectos sobre la música y el cine, hicieron un pequeño cortometraje, creando una historia, y le pusieron música incidental a las imágenes para acompañarlas.

¿Cuál es el criterio predominante en este colegio a la hora de enseñar?

La metodología del aprendizaje basado en proyectos. Por ejemplo, varios niños de siete años comentaron que habían visto en la televisión algo de Egipto, y la tutora sacó adelante que los niños hicieran una investigación sobre Egipto. Quien llega al aula, ve solo una maqueta de la vida en la época faraónica, un trabajo de manualidades. En realidad, en ese proceso, han experimentado y aprendido con la historia, las matemáticas, la geometría, la música, las ciencias naturales, la formación de habilidades personales, etc. Eso mismo han hecho con la civilización romana, con los vikingos. Imagine qué no harán los alumnos de Cuarto, Quinto y Sexto.

Cuénteselo a los lectores.

Hay un taller de teatro que favorece su capacidad de expresarse y de crecerse ante la dificultad. También se hace un taller de arte y emoción, que favorece el desarrollo de sus emociones básicas, y que los niños sepan comprender lo que sienten, lo que les pasa, y saber actuar en consecuencia. Hay tres huertos: uno más escolar, otro de frutales y un invernadero. Han salido adelante gracias a la iniciativa de los niños, y de los padres que se han implicado para ayudar. Forma parte de toda la estrategia de coeducación que impulsa el colegio con las familias y con el barrio.

¿Tiene relación con otras iniciativas socioeducativas en el Polígono Sur, como el Coro Meridianos?

Sí, y uno de sus impulsores, Gustavo Domínguez, se ha implicado como voluntario en mi taller para dar clases de clarinete. La Asociación Meridianos está haciendo una gran labor, quieren vertebrar tanto un coro infantil como una orquesta infantil, y mi proyecto de inclusión es uno de los ámbitos en los que captan niños con talento para trabajar con ellos, aprovechando toda la base que han adquirido conmigo. También hay que destacar el auge de las bandas de música en el barrio, hay dos alumnos míos que se han integrado en ellas. Son niños que ya les dicen a sus padres: “Llévame a un concierto”, y gracias a ese interés dinamizan a sus propias familias.

¿Qué sinergias ha establecido fuera del barrio?

Desde el área de Música del colegio hemos estrechado lazos con el proyecto Cantania Andalucía, que está impulsado por Pasión Benítez. Unos 40 niños de Quinto y Sexto de Primaria han actuado en la edición 2017, en el Auditorio de Alcalá de Guadaíra, junto a otros centenares de escolares, interpretando la cantata ‘La noche de las pesadillas’, creada por Alex Martínez y Marta Buchaca. Para ello, hemos trabajado en clase durante meses, uniéndolos como un solo grupo, eliminando la separación por cursos y edades.

Cuando se imagina a sus alumnos alcanzando la mayoría de edad, ¿qué piensa cuando ve las cifras de jóvenes en paro, la precariedad laboral y económica de los que alcanzan empleos, y el desajuste entre la oferta formativa y la demanda de profesionales para nuevos cometidos?

Pienso que en los niños y jóvenes hay potencial para mejorar. Es necesario cambiar el modo de enseñar, con el fin de desarrollar más las capacidades personales de los alumnos y no solo aportarles conocimientos. Porque, cuando un alumno se encuentra ante una situación nueva y ha de plantearse cómo apañárselas para resolverla, si en el colegio solo le enseñaron a almacenar conocimiento, lo único que hace es verterlo. Pero si ha desarrollado sus capacidades, hace tres cosas, y por su orden: evaluar la situación, adaptarse a ella y actuar en consecuencia. Y es capaz de volver a formarse hasta dar respuesta a esa situación y salir airoso. Vamos hacia un mundo en el que el trabajo estará basado en inteligencia artificial y automatización. La mayor parte de los empleos del presente no van a existir cuando los niños de hoy sean adultos. Sobrevivirán mejor los que sean capaces de adaptarse una y otra vez a los sucesivos cambios, y a aprender de modo continuo muchos temas que no se impartían en su etapa escolar porque ni siquiera existían.

Como nuevo ciudadano de Sevilla, ¿qué le está gustando más de la ciudad y qué propone para su mejora?

Sevilla es una estupenda ciudad para vivir. Y lo digo comparándola con mis estancias en Londres, Edimburgo y Granada. Estoy creciendo como persona al conocer a las familias de mis alumnos y comprobar cómo, en un contexto socioeconómico muy adverso para ellas, se esfuerzan al máximo en pro de sus hijos. En mi humilde opinión, Sevilla ha de mejorar en conocerse a sí misma. Tiene muchas caras que están de espaldas unas a otras. Falta movilidad interna. Los sevillanos tienen que relacionarse más con otras zonas de la ciudad fuera de su barrio.


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