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Cómo sobrevivir vendiendo en las aceras de Sevilla

Venta en la calle. Tenderetes con licencia, puestos sin papeles y el llamado ‘top manta’ se disputan todos los días las vías más comerciales. Apenas da para comer

28 ene 2017 / 21:57 h - Actualizado: 29 ene 2017 / 15:16 h.
  • Seck Diouf, senegalés que vende bolsos en Sevilla. / Reportaje gráfico: Juanma Moro
    Seck Diouf, senegalés que vende bolsos en Sevilla. / Reportaje gráfico: Juanma Moro
  • Bulla, tenderetes y comercios en la calle Marqués de Pickman.
    Bulla, tenderetes y comercios en la calle Marqués de Pickman.
  • Huida de ‘manteros’ ante la aproximación de la policía en el entorno del centro comercial Nervión Plaza.
    Huida de ‘manteros’ ante la aproximación de la policía en el entorno del centro comercial Nervión Plaza.
  • Puesto de venta ambulante en Marqués de Pickman.
    Puesto de venta ambulante en Marqués de Pickman.
  • Expositor de una tienda en la misma acera de Marqués de Pickman.
    Expositor de una tienda en la misma acera de Marqués de Pickman.
  • Francisco Javier tuvo que hacerse autónomo para seguir vendiendo.
    Francisco Javier tuvo que hacerse autónomo para seguir vendiendo.

La venta en la calle de todo tipo de productos ha florecido en Sevilla en los años de la crisis. En muchísimos puntos la venta por mera supervivencia de baratijas, de ropa o verduras, de música o bolsos florece al tiempo que las autoridades la reprimen, por lo que tiene de competencia desleal con el comercio que paga impuestos y que tampoco lo tiene fácil.

Además, hay arraigada en el público una cultura del tenderete que ayuda a que este fenómeno no se fuera del todo durante los llamados años del boom.

Solo las descargas ilegales –es decir, el traslado de la piratería de la manta a los archivos compartidos– han sacado los DVD y cedés de las calles. Eso sí, la presión policial ha obligado a que muchos vendedores se inscriban como autónomos (237,56 euros al mes), una losa para quien abre una mesa de playa para vender y ganarse la vida, como cuenta en la calle Marqués de Pickman Francisco Javier F. Gómez: «Hay días que me llevo 10 euros» –vende frutos secos– «y otros 40. Antes de tener que hacerme autónomo, también antes de la crisis, era fácil hacer 100 euros al día».

Pero comenzó a llegar la policía y a requisarle la mercancía. Para seguir, asegura, va con los permisos por delante. «No se nos deberían exigir a quienes vendemos con una simple mesa de playa», apostilla. «Ni puedo competir ni tengo la capacidad de una tienda».

Un paseo por esta zona, que antaño contaba con un mercadillo informal –del que quedan menos de media docena de puestos, uno de ellos una simple banqueta de playa que exhibe dos pares de guantes y bufandas– da una idea de lo viva que está la venta en la calle en Sevilla.

El paseo reportaje se dio con una cámara de El Correo TV en la calle Marqués de Pickman el miércoles pasado, al mediodía.

Vanessa –prefiere que su apellido no se publique– atiende un puesto de unos nueve metros cuadrados llenos de bolsos, cinturones... «Llevo ganándome así la vida cuatro años, desde que me quedé parada en la hostelería y me quitaron el piso. Y cada vez es peor. Hay que pagar el [permiso de] autónomo, a Hacienda, la licencia municipal... No saco para ganarme la vida y estoy pensando en irme a Francia».

Con ella dice trabajar el senegalés Seck Diouf –nadie parece responsabilizarse de la pequeña banca donde se venden las bufandas, junto al puesto de Vanessa–. Si tiene una queja, es contra los ladrones, pero alaba la solidaridad de un vecindario que le abre las puertas para ir al servicio cuando lleva muchas horas de trabajo. Eso sí: las ventas solo le alcanzan para poder comer.

A su lado un hombre de edad indefinida, pero con todo el aspecto de haber sido golpeado con dureza por la vida –le faltan varios dientes, además–, exhibe una panoplia de calendarios con las Vírgenes de más devoción y los dos equipos de fútbol. «El rico puede hablar. El pobre no», expresa al periodista, y pide que no salga su nombre en prensa –ni su rostro en la TV–. Se sienta muy cerca de donde trabaja Vicky Torres desde hace dos años: Zapatos Dorado. Una tienda de las de toda la vida.

Desde hace años muchas tiendas de esta calle sitúan un expositor fuera de la tienda. Al periodista lo aleccionan en la redacción: «Eso lo hacen para quitarle espacio a la venta ambulante». Vicky lo desmiente. «Simplemente, llama la atención y entonces el cliente entra en la tienda. Ahora la venta ambulante no nos afecta demasiado».

La frutería Vida y Fruta, donde atiende Care Torres, también tiene buena parte del género en la calle, como si fuera un tenderete. No lejos de allí está el puesto de frutos secos de Francisco Javier. Pero a Care lo que le preocupa es que aparezca un vendedor «de fresas a dos euros, porque yo no las puedo bajar de cuatro setenta y cinco y la gente ni mira calidad ni registro sanitario. Pero hoy no es mal día: el género está caro [en origen] y no se ponen». Care explica que la Policía «funciona muy bien» y acude muy rápido cuando la llaman los comerciantes.

Tras hablar con los vendedores de la calle y los comerciantes, ¿qué piensan los vecinos? Rosa y Loli, que llevan décadas como vecinas, se toman un refresco justo al lado de uno de los escasos tenderetes de la calle, en el velador de la cafetería José y Natalia.

«Yo suelo comprar sobre todo verdura en la calle». «Pues yo verdura no, yo lo que compro es ropa», dialogan a petición del reportero. «La gran ventaja de la venta en la calle es que la fruta está a la mitad [de precio]. Y es una ventaja porque tenemos los sueldos muy chicos». «Pero mira» –siguen su conversación– «cuando compras dos kilos de tomates a un euro tienes que tirarlos todos menos uno». Ambas amigas están de acuerdo en que quien vende en la calle «es porque le hace falta: hay mucho paro».

Y que la venta en la calle es lo mejor que les puede pasar a todos en la calle Marqués de Pickman: «Cuando ponían los puestos comían ellos, comían los de los bares y también los de las tiendas, porque esto estaba lleno de gente, pero a los de los comercios se les metió en los mismos que solo podían vender ellos y esto está ahora chuchurrío los sábados. Esto no se lo cargó el mercadillo. Se lo cargó [el centro comercial] Los Arcos», concluyen las dos amigas.


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