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«Con 68 años sigo ejerciendo el Trabajo Social para beneficiar a empresas y trabajadores»

Ana Hernández Escobar. Fundadora y Directora de Firma Quattro Trabajo Social. Precursora del ejercicio libre de esta profesión basada en investigaciones y métodos que la despojaran de la mentalidad caritativa del pasado, y para dar contenido a la responsabilidad social corporativa de las empresas, ha recibido el premio nacional por toda su trayectoria desde hace más de 40 años.

Juan Luis Pavón juanluispavon1 /
28 abr 2021 / 04:10 h - Actualizado: 28 abr 2021 / 08:00 h.
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  • Ana Hernández Escobar, en su despacho de Firma Quattro, con el Premio Estatal concedido por el Consejo General del Trabajo Social. / EL CORREO
    Ana Hernández Escobar, en su despacho de Firma Quattro, con el Premio Estatal concedido por el Consejo General del Trabajo Social. / EL CORREO

“Más vale ser humilde, porque, de lo contrario, nunca aprendes. Y siempre hay que aprender. Tengo 68 años, llevo más de 40 dedicada al trabajo social, y aprendo cuando escucho a las dos alumnas que tenemos en prácticas procedentes del doble grado universitario en Trabajo Social y Sociología. Me encanta escucharlas. Me ayuda a seguir pensando que no me lo sé todo”. Ana Hernández Escobar nos lo dice desde su despacho en la sede de su empresa Firma Quattro Trabajo Social, en el sevillano barrio de Nervión, días después de haber recibido el Premio Estatal, otorgado por el Consejo General del Trabajo Social, valorando su gran aportación al desarrollo de esta profesión en España y con dimensión internacional, a través de sus métodos, de sus libros y de sus dictámenes. Forma parte del European Network Ocupational Social Work.

¿Cuáles son sus coordenadas familiares?

Mi padre era médico, falleció cuando yo tenía 6 años de edad. Mi madre aún vive, era profesora. Soy la segunda de tres hermanos. Estoy casada, mi marido es economista, recientemente jubilado. Tenemos dos hijos y seis nietos. Vivimos en Torrequinto, entre Dos Hermanas y Alcalá de Guadaira. Mi barrio de infancia fue la Plaza de San Lorenzo y su entorno. De niña estudié en el Colegio Doctrina Cristiana, en Heliópolis, donde ingresaban los huérfanos de médicos y estábamos internos. Salíamos los fines de semana. Tenía una disciplina agradable, nada traumática. El Colegio Oficial de Médicos de Sevilla estaba pendiente de que todo funcionara bien en los estudios, en las comidas, etc. Cuando nos casamos y nuestros hijos eran pequeños, residimos durante muchos años en el barrio de Los Remedios.

¿Qué le motivó a decantarse por esta profesión?

Conocer a Caridad Betancourt de Carvajal, amiga de mi madre, justo cuando tenía que decidir la carrera universitaria en la que matricularme. Ella trabajaba en Galerías Preciados, era lo que por entonces se denominaba asistente social. Me explicó lo que hacía, y me di cuenta de que me gustaba. Forjamos una gran amistad. Ha fallecido a comienzos de este año. Uno de mis libros tiene un prólogo de ella, le debo haber estudiado esta carrera.

¿Cómo la deslumbró, qué descubrió con ella?

Cómo atendía los problemas de los demás. Me dijo: “Tenemos un método científico, que, una vez aplicado, tiene capacidad de actuar como agente de cambio para que la persona pueda adaptarse al entorno en el que vive. Y eso es un tipo de trabajo que hacer mediante una técnica”. Me gustó ese planteamiento, no era caritativo ni asistencialista. Con ella descubrí que era una profesión basada en metodología, en procedimientos, en investigación. Encauzada por pioneros como la norteamericana Mary Richmond a comienzos del siglo XX. Y por eso me decanté. Y todavía sigo en activo, más de 40 años después de comenzar.

¿Dónde se cursaba en Sevilla?

En una escuela oficial que había en Triana, en la calle Pagés del Corro. Después, fue adscrita a la Universidad Hispalense y estaba en el casco antiguo, en la calle Jimios. Actualmente, es grado universitario en la Universidad Pablo de Olavide. Ha ido pasando de asistente social a diplomatura en Trabajo Social, y ahora ya es grado en Trabajo Social.

¿En qué ámbito comenzó a ejercer?

Trabajé en mutuas de accidentes de trabajo. En 1984, cuando llevaba 12 años, sentí que ya no estaba aprendiendo, y decidí solicitar una excedencia, para probar si podía ejercerla como profesional liberal, desde un despacho propio. Empecé sola, muchos no confiaban, los servicios sociales no estaban tan estructurados como ahora. Creían que iba a contramano, en España no había precedentes de lo que yo quería vertebrar, pero no iba en dirección prohibida. No solo era bueno ampliar el horizonte de mi profesión, sino que, con los años, se ha demostrado que la intervención social tiene que estar dentro de la empresa.

¿Tan refractario era el entorno?

Sí, era hostil, porque estaba muy asentado el criterio de que solo estamos para atender a los pobres y marginados. Esa idea preconcebida es una visión miope de la profesión. Podemos atender a cualquier persona, porque, en algún momento de su vida laboral, cualquiera lo puede necesitar. Confié en mi idea, no tiré la toalla, y he recogido los frutos. Y la sociedad ya no es hostil a ese planteamiento.

¿Cuál fue la primera empresa que confió en usted para desarrollar su actividad de modo notable?

El Monte de Piedad y Cajas de Ahorros de Sevilla. Después incorporamos trabajar con las principales mutuas españolas. Y desde hace unos 30 años realizamos el trabajo social en el seno de Emasesa, la empresa municipal de abastecimiento de agua. En los últimos seis años hemos crecido mucho, trabajamos con grandes empresas con actividad en España y Portugal, que tienen entre 10.000 y 20.000 trabajadores. Siempre mediante una relación contractual, que establece horarios de permanencia y lugar en el que tenemos un despacho para trabajar dentro de su sede, honorarios mensuales, etc.

¿La ciudadanía sabe ya distinguir a qué se dedican personas como usted?

La confusión sigue siendo muy grande. Cuando te presentas y dices que haces trabajo social, nos confunden con los trabajadores sociales. Hay personas que creen que nuestro cometido es ir a los hogares para limpiar, para atender a ancianos. La culpa es de nuestro gremio, no hemos sabido explicar bien qué es nuestra profesión. Y nos pusieron un nombre, trabajo social, que se presta a confusión. Por ejemplo, se usa el término 'trabajos sociales' en la sentencia de un juez para que un menor condenado haga eso en favor de la comunidad para no enviarlo a prisión.

¿Cuáles son las situaciones más usuales que han de atender?

Todas las que atendemos dentro de una empresa están dadas de alta, tienen salario, antigüedad laboral, beneficios sociales. Las situaciones que nos exponen son violencia de género, la discapacidad de un hijo, cómo resolver la declaración del impuesto sobre la renta después de haber estado en un ERTE, problemas escolares con los hijos, problemas de dependencia con los mayores en convivencia, y problemas de endeudamiento por no gestionar bien el balance de ingresos y gastos. Es la vida de esas personas puesta en nuestras manos para que la reorganicemos. Nosotros les derivamos a los recursos públicos que puedan existir para algunas cuestiones, y los combinamos con los que tenga la propia empresa, bien por convenios colectivos bien por responsabilidad social corporativa, que es donde más intervenimos para fomentar la inclusión.

¿Cómo se ganan la confianza de trabajadores de diverso perfil y rango, dentro de una empresa, sin que teman perjuicios por desvelar verdades de su vida personal o laboral?

Garantizamos el secreto profesional, y la aplicación de la ley de protección de datos. Somos muy rigurosos. Para ganarnos su confianza, es muy importante formarse bien en las técnicas de entrevista. Partiendo de una escucha activa, con una observación directa, porque recogemos datos de la gestualidad, ahora con más dificultad por tener puestas las mascarillas. Las personas confían en nosotros en un 99% de los casos. Solo le facilitamos a la empresa indicaciones que sirven para que les apliquen beneficios sociales, cuando la empresa tiene ese recurso disponible. Y las empresas no se inmiscuyen en lo que hacemos. Ven el resultado de lo beneficioso que es para ellas nuestra labor.

¿Cuál es el balance?

Nuestro servicio es un salario emocional. Refuerza el sentido de pertenencia a la empresa, porque el trabajador comprueba que se le ayuda. La empresa está consiguiendo hacer una retención de talento con nuestra intervención social. Y hemos demostrado cómo rebajar el índice de absentismo. Por ejemplo: evitar que se agrave el estado de un trabajador que tiene turno de noche y cuando llega por la mañana a su domicilio no puede dormir porque tiene un familiar con alzheimer que requiere atención especial. Cuando ese trabajador no pueda más, irá a su médico de cabecera y le dará una baja por síndrome depresivo o por ataque de ansiedad. Hay que anticiparse y buscar soluciones para esa mochila que sobrelleva. También así se evitan accidentes, la prevención de riesgos laborales es parte de nuestro cometido. Si una persona no descansa bien y tiene que coger el coche para su trabajo, es mayor el riesgo de accidente. Hay que hacerle un informe social, y nuestra prescripción facultativa irá en la línea de si no podemos solventar el problema, al menos dulcificar sus condiciones de vida para que descanse más, tenga menos riesgo y rinda mejor.

¿Qué aporta el trabajo social a la responsabilidad social corporativa de una empresa?

Nuestra labor la refuerza y encauza que dé respuesta a Objetivos de Desarrollo Sostenible, definidos por Naciones Unidas. Cualquier empresa grande necesita, para su reputación, que en su memoria de sostenibilidad se acredite su implicación. Y nosotros hacemos trabajo social, tanto con las personas en situación de pobreza como las que no lo están pero también tienen necesidades que atender.

Su perspectiva es valiosa para observar hasta qué punto se cronifica en España la precarización de los empleos y de las condiciones de vida.

Cuando voy a ofrecer nuestros servicios a una empresa, siempre les digo: “No podemos repartir pobreza. Hay que profesionalizar la atención a la pobreza”. Le pongo un ejemplo: Una persona que está desempleada, y se le da un empleo que no supera los 420 euros al mes. Ha tenido que dejar de percibir una prestación de igual o mayor cuantía porque encuentra empleo. Y se le alienta para que coja el empleo y vuelva a meterse en la rueda del mercado laboral. Olvidan que esa persona tiene más gastos por ir a trabajar que si se queda en casa. Ropa, zapatos, billete de autobús, etc. Y vuelve a estar en una situación muy precaria. Lo estamos reprecarizando. Por eso insisto: el empleo tiene que dar mucho más que el subsidio. Porque en caso contrario lo que hace la persona es quedarse con el subsidio y no moverse de casa.

¿Qué situación detectan que se produce cada vez con más frecuencia entre personas que en apariencia parecen no tener problemas graves?

La violencia de género. Porque muchas mujeres no ven lo que les está sucediendo. Nos damos cuenta nosotras al conocerlas. Son personas que necesitan aceptar lo que les está pasando. Mediante una intervención social, hay que ayudarlas a que lo vean, y a que entiendan que esa situación no conduce a nada bueno. Para ello, orientarlas a rediseñar su vida, su organización personal y familiar.

¿Qué logros consiguen con más frecuencia en la interacción con personas que trabajan en empresas donde ustedes intervienen?

Los trabajos de carácter preventivo son los que tienen más éxito. También sacamos adelante situaciones cronificadas. Son más reversibles en quienes están trabajando, porque ello comporta un ritmo de vida que obliga a cumplir horarios, a disciplinarse.

¿Aún son pocas las empresas que llegan a acuerdos con expertos en trabajo social?

Sí, son muy pocas. Deberían seguir el ejemplo de algunas multinacionales europeas muy implantadas en España y Portugal, con las que trabajamos. Me haría especial ilusión que las empresas sevillanas más grandes, con miles de personas en plantilla, confiaran en una empresa sevillana como la mía, Firma Quattro. Podemos darle servicio igual o mejor. El equipo de profesionales que tenemos es muy bueno, son 30.

¿Es frecuente percibir en personas de más de 50 años una gran preocupación por su empleabilidad futura?

Y por la de su familia. En una de las empresas con la que trabajamos, hemos diseñado un plan de mejora de la empleabilidad de los cónyuges, parejas, hijos, que estén en esa unidad de convivencia y ahora desempleados. En todos nuestros proyectos tratamos que el núcleo familiar esté atendido en todos los aspectos. El de la empleabilidad, sin duda, es uno de los principales, puesto que de ello emana que tengan un caudal económico mayor y puedan afrontar cualquier necesidad.

¿Qué les solicitan más quienes acuden a título individual directamente a Firma Quattro?

Un dictamen pericial. Tenemos un equipo de peritos forenses y hacemos muchísimos dictámenes periciales para los juzgados de familia. Bastantes son para casos de divorcio. También nos solicitan informes, pero son menos frecuentes, para la vía contencioso-administrativo, para la penal, para la social. Por ejemplo, un informe para la renovación del reconocimiento de discapacidad y quieren revisión porque sus circunstancias ya no son las de antes. O un recurso de alzada en caso de grado de incapacidad laboral, con el que no están de acuerdo.

¿Cuál es la innovación de la que se siente más orgullosa?

También hacemos investigación para desarrollar innovación que aplicar, el I+D+i, y hemos creado un parámetro, está validado científicamente, y en el Registro de la Propiedad Intelectual. Es un índice de subsistencia al que llamamos IFP (Índice Firma Quattro). Nuestros diagnósticos sociales se basan en ese parámetro. Porque estábamos hartos de aplicar indicadores fragmentarios, como el Iprem (Indicador público de renta de de efectos múltiples). Nosotros utilizamos el Iprem como base, como valor constante, e incorporamos variables de las personas: si son familias con hijos menores, si son familias con hijos discapacitados, etc. Y todo da lugar a coeficientes de aplicación para elevar la cantidad que cualquier persona necesita para subsistir. Teniendo en cuenta vivienda, ropa, comida, suministros... Qué necesita una persona para todo ello.

¿Alguna aportación de dimensión normativa o regulatoria?

Contribuí en crear Atsel, asociación de trabajadores sociales en ejercicio libre. Abrir esa posibilidad de trabajar por libre ha permitido ensanchar la profesión y crear más puestos de trabajo. Otra aportación es profundizar en el método 'casework' de trabajo social individualizado para incluirlo en nuestro modelo de desarrollo profesional. Está a disposición pública. Hay que ser generosos. Una profesión crece cuando las personas que podemos dar algo lo compartimos con el resto de los profesionales.

¿Tienen alguna investigación en marcha?

Sí, desde hace dos meses, el objetivo es demostrar con qué herramientas se pueden hacer diagnósticos objetivos sobre situaciones sociales conflictivas.

¿Hasta cuándo quiere seguir en activo?

No tengo interés en jubilarme. Mientras pueda, seguiré trabajando. Me apasiona mi profesión. Por el momento, estoy al frente de todo el equipo. Si más adelante he de quedarme en la retaguardia, pues lo haré.

¿Cuál es su punto de vista sobre la evolución de la sociedad sevillana?

Se sigue mirando mucho al ombligo. Hay que ser menos localista, tener una visión más amplia. Lo dice alguien como yo, que participo bastante en las fiestas tradicionales. Pero hay que abrir la mente, viajar, conocer culturas.


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