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«Cuando llegas a la calle ya la vida te ha dado por todos lados»

José Manuel García trabaja en Bioalverde, una empresa de inserción impulsada por Cáritas después de años sin hogar y sin empleo

25 oct 2016 / 07:00 h - Actualizado: 25 oct 2016 / 07:50 h.
"Sociedad","Pobreza","Pobreza, la otra Sevilla"
  • José Manuel García sonríe en medio de la zona de Bioalverde, empresa dedicada a la agricultura ecológica, que está dedicada a la plantación de berenjenas. / Manuel Gómez
    José Manuel García sonríe en medio de la zona de Bioalverde, empresa dedicada a la agricultura ecológica, que está dedicada a la plantación de berenjenas. / Manuel Gómez
  • Una zona del huerto de Bioalverde. / Manuel Gómez
    Una zona del huerto de Bioalverde. / Manuel Gómez

«Empiezas a verte inferior a los demás. Una cosa va ligada a la otra. Te quedas en la calle y ves a la gente que a las diez o las once de la noche se mete en su casa, y miras a los bloques con las luces encendidas. Y ves que la calle está sola, y todo el mundo en su casa metido. Y te empiezas a considerar menos: no soy como los demás, algo he hecho mal, porque la mayoría de la gente está en su casa. Y te echas las culpas, te sientes culpable y te echas las culpas».

El resumen de cómo se siente una persona sin hogar lo hace en primera persona José Manuel García, que ahora recuerda su experiencia de 12 años sin trabajo y un sinfín de sinsabores a la sombra de uno de los escasos árboles que existen en los terrenos de Bioalverde, huerto de producción ecológica ubicado en Montequinto a la vez que una empresa de inserción impulsada por Cáritas Diocesana de Sevilla. Allí, en contra incluso de sus previsiones, José Manuel vuelve a tener trabajo.

Tenía, explica, «una vida normal»: un trabajo en una floristería, pareja, dos hijos. Todo cambió cuando, con treinta y muchos años, se quedó parado. Buscó trabajo en floristerías, su oficio desde los 21 años pero, aclara, es un sector difícil, de negocios pequeños. «Y el hándicap de la edad. Era mayor. Para el mercado laboral ya entrando en los 40 te consideran mayor», explica. «La situación económica acarreó muchos problemas», recuerda, «acarreó la separación. Llevaba varios años sin ingresos y claro, mi mujer no podía aguantar ese estado».

José Manuel considera importante hablar de su experiencia. «Lo cuento porque suelen pasarle a mucha gente este tipo de cosas. De mi edad he conocido a muchos. Mi mujer, al no tener ingresos y no poder soportar esa situación económica, decide separarse de mí. Y bueno, como el piso estaba a su nombre, pues me quedo en la calle», relata.

Su única posesión era su coche, en el que vivió cinco meses. «Me aseaba como podía, iba a echar currículums. Pero llega un momento en el que tu estado es precario y ya no estás en condiciones de nada».

Peleó, buscó cursos en el INEM. Se aseaba y comía en el comedor social de las Hermanas de la Caridad. Expuso su caso en el centro social San Jerónimo. Como seguía empadronado en su antiguo domicilio, el salario de su mujer le impedía acceder a la Renta Activa de Inserción (RAI), una ayuda de 426 euros. Le dieron una solución: que se empadronara en su coche, pero el proceso es lento. «Tardan un año y medio o dos, yo no podía esperar dos años». Una asistente social «habló con un conocido de un albergue, y le explicó que mi interés era para tener un sitio para poder hacer cursos y encontrar un trabajo». Entró en el albergue y le ofrecieron un curso de cocina y, al mismo tiempo, Cáritas le ofreció otro «de mantenedor de edificios. Lo vi más completo y lo elegí. Estuve un año y después me salió el tema de la empresa de inserción, y de uno enganché con el otro». Comenzó en noviembre. Cinco meses después, estaba trabajando en Bioalverde.

Una noticia, al fin, inequívocamente positiva.

«He encontrado un nuevo comienzo en mi vida. Conforme estaba mi situación, creí que no levantaba más cabeza. Con la edad que tenía y como estaba la situación laboral. De aquí ya no salgo, pensaba. Ha sido como si me tocara la lotería. De buenas a primeras me veo con un puesto de trabajo y aprendiendo un oficio que me encanta», valora, y sigue: «Estoy encantado. Estoy aprendiendo y estoy trabajando, que ha sido también un alivio para mi familia. Mi mujer se ha quedado parada y ahora le estoy dando la manutención de los dos niños. Lo que es la vida. Y mira, me está sirviendo para mantener a mi familia y mantenerme yo».

Se alegra ahora de haber mantenido «un poquito de sangre, un rebrinque que te hace luchar por salir de ahí. Dices: bueno, yo he tenido la culpa pero ahora voy a hacer las cosas bien. Pero es muy difícil tener esa sangre, porque ya te han vencido muchas cosas. Cuando llegas a la calle, ya la vida te ha dado por todos lados, y entonces es muy difícil encontrar fuerza. Al revés, lo que sueles hacer es dejarte llevar, tirar la toalla y ya está».

José Manuel García encontró la fuerza en sus hijos, «sobre todo en el pequeño, que había estado ligado a mí desde los siete años, y cuando me quedé en la calle tenía 13. Quitarme de su lado fue un palo muy gordo para él. Vi que me echaba de menos, vi lo que me quería, lo que le estaba doliendo la situación, y eso es lo que me dio fuerza para salir para adelante. Yo no quería que mi niño, cuando tuviera tres o cuatro años más me viera en la calle tirado un día saliendo con sus amigos, que se cruzara conmigo y me viera. Quería que mi hijo supiera que su padre está saliendo adelante».

El estímulo, al final, tuvo recompensa: «Ha sido lo más bonito. El día que llegué y le dije a mi hijo que tenía trabajo, eso fue, se le iluminó la cara. Que lo que estaba haciendo no era por mí, era por él. Son experiencias muy bonitas, pero muy duras». Un final feliz, parece mentira.


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