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Cuarteles: la suerte del inválido

Edificios abandonados, muchos reutilizados, y otros con futuro... si hay voluntad

10 feb 2017 / 07:00 h - Actualizado: 10 feb 2017 / 08:03 h.
"Ejército","Ejército: vocación y oportunidad"
  • En 1994 la Diputación Provincial de Sevilla trasladó su sede al antiguo cuartel de la Puerta de la Carne desde la plaza del Triunfo. / Javier Cuesta
    En 1994 la Diputación Provincial de Sevilla trasladó su sede al antiguo cuartel de la Puerta de la Carne desde la plaza del Triunfo. / Javier Cuesta
  • Cuarteles: la suerte del inválido

Viendo la altura y la solemnidad con la que ondea la bandera roja y gualda en el mástil que centra la plaza de España podría pensarse que Sevilla siempre fue una ciudad militar porque, con una simple ojeada al mapa de la Sevilla de hace 50 años, nos encontraríamos con los espléndidos cuarteles de Pineda, hoy ruinosos y a trasmano. O con la inmensidad de Tablada, ahora casi en la misma situación, idéntica a la del regimiento de Ingenieros, en la avenida de La Borbolla, la sede del de los infantes de Soria 9, los polvorines de Torreblanca y los complejos industriales de la Pirotecnia y la Fábrica de Artillería y, en el arrabal de San Benito, la casona que albergaba a la Guardia Civil, en la plaza del Sacrificio.

Todo el centro histórico estaba moteado de instalaciones militares comenzando, desde el borde mismo de la ciudad histórica, por la primera construcción cuartelera que se levantó, como no podía ser menos, para la caballería y que, después, serviría a la Intendencia y, siguiendo, por la Maestranza de Artillería, en las antiguas Atarazanas con su Parque de Armamento en medio del Paseo de Colón, el cuartel del Carmen, en la calle Baños, el edificio frontero a la iglesia de San Vicente del Arma de Aviación, la antigua capitanía general de la plaza de la Gavidia cuyas dependencias llegaban al de la Farmacia Militar de la calle Jesús del Gran Poder...

Al recinto de la Exposición Iberoamericana fueron dos instalaciones: la de Eritaña y la Comandancia de Marina. Dentro de la estación ferroviaria de Córdoba estaba la del Cuerpo de Ferrocarriles, otra, en Triana, había dado nombre a aquel tramo de la Cava, la de los civiles. También existieron antes, con carácter militar indudable, la Fábrica de Salitre, situada entre las puertas de Osario y del Sol (más o menos donde hoy se encuentran los Jardines del Valle), los Molinos de la Pólvora de los que el único recuerdo es el que queda en el callejero cercano a la calle Betis, el Cuartel de Milicias (muy importante en los convulsos años del absolutismo fernandino) del que queda algún pequeño resto en la calle Marqués de Paradas y los dos hospitales de Inválidos militares, uno en Triana y otro en la collación de San Roque y, seguramente, otras más de las cuales no me ha quedado memoria.

Sevilla estaba llena de cuarteles pero no tuvo guarnición hasta dos siglos antes aunque, desde principios de la Edad Moderna, fuera centro de una industria militar en la que sobresalía la Fábrica de Artillería, nacida en los talleres de fundición del barrio de San Bernardo –particulares en la mayoría de los casos– que, poco a poco, fueron evolucionando hacia el complejo que, con Carlos III adquiriría la imagen actual. Los cañones sevillanos gozaron de una merecida fama en todo el continente y muchos de ellos pueden verse actualmente, integrados como mobiliario urbano, en enclaves de ciudades españolas, hispanoamericanas y marroquíes. En Tánger sobresale uno de ellos, entre otros varios, en el mirador del bulevar.

Paradójicamente, la primera fuerza militar sevillana tal vez fuera la Hermandad de San Hermenegildo, antecesora de la Maestranza de Caballería, creada –a parte de asegurar la nobleza de sus integrantes, puesta en duda por los propios capitulares sevillanos ante Felipe II– para adiestrar a los caballeros en ejercicios ecuestres. La necesidad –o la ocasión– de fundar la entidad la había proporcionado la toma de Cádiz por los ingleses en 1596. Algo parecido en la España sureña no había sucedido desde que los vikingos atacaron Sevilla a mediados del siglo IX.

Aquello sirvió únicamente para que, poco después, apareciera la Maestranza de Caballería que adquiriría el marchamo de Real cuando sus componentes alzaron bandera por el pretendiente al trono Felipe V.

Los ejércitos españoles se financiaban entonces, simplemente, con dinero; era la soldada, el pago a cada uno de los integrantes de sus compañías lo que lo mantenía en pie pero eso comenzó a ser cada vez más complicado cuando las cosas se pusieron difíciles al comenzar a escasear las remesas de oro y plata procedentes de las Indias. En el siglo XVIII, la administración borbónica llevó a cabo una gran reforma en la que, además de sustituir los tercios por regimientos, también se implantaron las quintas a las que Sevilla intentó resistirse cuanto pudo. De todo ello queda palmaria constancia en las noticias que Joaquín Guichot nos da en su Historia del Ayuntamiento.

En 1761 el consistorio hispalense recibió una ordenanza del monarca en la que este manifestaba que no habiendo dado resultados otras disposiciones anteriores, intentadas a fin de no tener que recurrir a la extraordinaria providencia de las quintas, tenía a bien decretar, que el número de reclutas con que cada pueblo había de contribuir al aumento de los regimientos de la infantería, se sacara precisamente por sorteo; no admitiendo vagos, desertores ni sustitutos... La ciudad debía aportar 500 mozos.

El ayuntamiento contestó a aquellos requerimientos pidiendo al rey que le permitiera hacer una leva en vez de un sorteo, dadas las muchas dificultades para realizar la disposición real, y al año siguiente recibió otra ordenanza a fin de que procediera a la quinta de ese año, contestando el común hispalense con un acatamiento formal del que se desdecía a continuación en la práctica, mas aduciendo que... por lo vasto y confuso del vecindario, que no permite el examen preciso y el conocimiento exacto de personas, por la varia naturaleza de las que lo componen, y la división de clases del cuerpo de la nobleza é hidalgos donde no hay padrones que los distingan... que muchos mozos solteros... parece se ocultaron al Padrón... Otros, al verse destinados al servicio de infantería y cuerpo de artillería, a que los naturales del país no se inclinan de algún modo, pues su inclinación decidida es al de la caballería, procuran sustraerse de él por todos los medios... El rey Carlos III no tuvo más remedio que ceder a las pretensiones de Sevilla aunque contestó a los pocos días... manda S.M. prevenga V. S. a la Ciudad, que arregle su vecindario (extrañando en ella ese descuido) para contribuir cuando sea de su Real agrado, prevenírselo por la regla de las demás capitales del reino.

Hasta finales del año 1775 no estrenará Sevilla guarnición militar fija. El 20 de enero de 1776 se efectuaron ejercicios militares junto al puente de Triana, en las inmediaciones del Real Almacén de Maderas (el actual edificio, dedicado a viviendas y que, en su planta baja fue hasta hace poco, estación de autobuses), en los que participaron los regimientos de Infantería de Córdoba, el de la Ligera de Cataluña y el de Caballería de Alcántara.

A partir de ahí comenzaron a levantarse las instalaciones militares que llegarían hasta mediados del siglo pasado y que el Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de Pascual Madoz las dejó descritas con bastante minuciosidad, dedicando un párrafo significativo a los hospitales de inválidos: ambos son, por desgracia un testimonio de la suerte que le espera al soldado que se inutiliza defendiendo a su patria y cubriendo de cruces al general que tiene la gloria de mandarlo.

Algunos inmuebles los de la Puerta de la Carne, Maestranza de Artillería y el Carmen, hoy Diputación, Teatro de la Maestranza y Conservatorio Superior y Escuela S. de Arte Dramático tuvieron suerte pero la de aquellos inválidos se parece mucho a la de los acuartelamientos de Pineda y Tablada que, con la imaginación que se tuvo al encargar el estudio 100 Edificios de Sevilla susceptibles de reutilización para usos institucionales (Consejería de Obras Públicas y Ordenación del Territorio 1988) hoy, prácticamente reutilizados todos ellos, podrían albergar, en particular los primeros, incluso universidades hasta con Facultad de Medicina incluyendo el viejo (y el nuevo) Hospital Militar. Pero, para ello, antes que imaginación habría que tener voluntad. Y en esto del patrimonio inmobiliario, el Estado –y el Ejército– siguen en la vía que infló la burbuja.


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