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El mediodía es cosa de valientes

El sol apretó con fuerza y dejó la calle Betis casi desierta a la hora de comer. Un buen momento para que los turistas curiosearan qué era aquello de una hilera de casetas en pleno mes de julio

23 jul 2017 / 21:32 h - Actualizado: 24 jul 2017 / 17:22 h.
"Velá de Santa Ana"
  • Poco ambiente en el interior de las casetas en una mañana en la que la delegada del distrito Triana, Carmen Castreño, entregó los premios del concurso de pesca. / M.D. /El Correo
    Poco ambiente en el interior de las casetas en una mañana en la que la delegada del distrito Triana, Carmen Castreño, entregó los premios del concurso de pesca. / M.D. /El Correo
  • El mediodía es cosa de valientes
  • El mediodía es cosa de valientes

Triana. 23 de julio. Dos de la tarde. El sol aprieta con tanto aplomo que hasta el televisado termómetro del Cachorro roza los 40 grados y los telediarios nacionales han rescatado sus directos a la vera del Guadalquivir. Punto final a la tregua del calor y bienvenida a la de la diversión, porque a esa hora la calle Betis no estaba para mucha fiesta. Más que nada porque el sábado, primer día completo de esta Velá de Santa Ana, las casetas habían colgado el no hay billetes hasta bien entrada la madrugada. «Si es que la Velá siempre ha sido por la noche. Eso es así», sentenciaba Manuela, una de esas trianeras de años y reaños, que cumplía el rito de la tapita en familia sentada en un velador –ahí es nada su valentía– cercano a la plaza de Cuba.

Un consejo que no todos acabaron por aplicarse y eso que ya se sabe que en Triana, como dijo el pregonero de su fiesta mayor, José Antonio Rodríguez, la sabiduría reside en esas icónicas «abuelas con peinecitos de plata». Pues aún así hubo quien se atrevió a vivir la Velá sin más sombra en la calle Betis que la que ofrecían los toldos de rayas verdes y blancas de la hilera de casetas. Solo de algunas, porque otras andaban enfrascadas en reponer los productos agotados y hasta las había que aún guardaban resaca de la noche anterior y permanecían cerradas a cal y canto, como si con ellas no fuera la fiesta diurna. Había dos tipos de público bien diferenciados. Por un lado, familias –se podían contar con una mano– que como cada domingo se reunían para almorzar, aunque esta vez en un sitio diferente. Por otro, y ganando en número, decenas de turistas que curioseaban qué era aquello de los días señalaítos de Triana.

«Esto de aquí son casetas como las de la Feria», explicaba un turista francés a su familia en un español poco inteligible. Ellas, que por su aspecto parecían ser su esposa y su madre, asentían con la cabeza y replicaban en su idioma, como buscando cierta lógica a eso de ver más de una veintena de casetas junto al río en pleno mes de julio, como si eso del calor que tanto temían no afectara a los sevillanos. Era uno de los grupos que paseaban a esa hora por la calle Betis, algunos buscando un lugar en el que parar para comer. Y en ese aspecto, las casetas sí han aprendido la lección. En varias, como la de la Asociación Cultural y Flamenca del Turruñuelo, más allá de las sardinas –que nunca faltan– y el pescaíto frito, podía degustarse desde chuletón de ternera a solomillo de la casa o sepia a la plancha.

El ambiente en las casetas era directamente proporcional a la cercanía con el Altozano. Se notaba de forma especial en la de la hermandad de San Gonzalo, donde una ajetreada delegada del distrito Triana, Carmen Castreño, que a primera hora de la mañana había estado en la salida de la XVIII Clásica Ciclista Velá de Triana, entregaba los premios del concurso de Pesca Libre que se había celebrado entre la misma calle Betis y el Paseo de la O. Revuelo en la puerta de la caseta, donde casi nadie se marchaba sin premio, y en el interior, donde, entre aplauso y aplauso a los vencedores, estaban terminando de preparar una auténtica paella de campeonato con la que reponer las fuerzas perdidas.

El paseo bajo el solazo de la calle Betis seguía ofreciendo imágenes bastante variopintas. Desde los tenderetes, las atracciones y los puestecillos de helados y hamburguesas cerrados y esperando su turno, hasta un camarero que, voz en grito, pregonaba las bondades de sus espetos de sardinas en la puerta de la caseta de la Peña Sevillista de Triana. «¡Cómo tengo hoy las sardinas!», repetía sin parar en busca de algún turista que se decidiera a almorzar en sus mesitas de madera con vistas al río.

Solo se trataba de esperar, pues era cuestión de tiempo que el gentío regresara a la Velá de Santa Ana. Fue, como siempre, a la caída de la tarde. Con la fresquita, que dirían los lugareños. Ya se sabe que los duendes y el arte prefieren la madrugada y de eso en Triana van sobrados. Solo hizo falta vivir en directo el recital de Juan José Amador en el Altozano, con Pedro Sánchez a la guitarra, para confirmarlo.


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