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El sacrificio de la cofradía de naranja

Los operarios de Lipasam hacen un esfuerzo comparable al de costaleros y nazarenos para que los desfiles transcurran con dignidad

10 abr 2017 / 22:06 h - Actualizado: 10 abr 2017 / 22:54 h.
"Momentos de Semana Santa","Semana Santa 2017"
  • Los operarios a pie de Lipasam comienzan a despejar la plaza de San Gonzalo a las cinco de la tarde, nada más concluir la procesión. / Jesús Barrera
    Los operarios a pie de Lipasam comienzan a despejar la plaza de San Gonzalo a las cinco de la tarde, nada más concluir la procesión. / Jesús Barrera
  • El sacrificio de la cofradía de naranja
  • Los barrenderos sitúan los residuos en el camino de la barredora-aspiradora Ravo. / Jesús Barrera
    Los barrenderos sitúan los residuos en el camino de la barredora-aspiradora Ravo. / Jesús Barrera

Hay un cortejo que participa en la Semana Santa y que puede ganarle en discretas virtudes cristianas a las que hacen estación de penitencia engolándose para parecer más que la de al lado. Su sacrificio es imprescindible para que Sevilla viva la Pasión.

Su esfuerzo es comparable al de los costaleros más entregados. Como recompensa, no reciben aplausos, y las multitudes se disuelven cuando pasan. Ningún padre quiere apuntar a sus hijos en el gremio. Con ellos no hay piques ni rivalidades y su exorno es siempre el mismo: un uniforme naranja y azul, unas máquinas naranjas con los roces del trabajo. Es que ni siquiera tienen música, sino el ruido de las barredoras. Esta hermandad que viste de naranja es la de Lipasam, y sus miembros pasan tan desapercibidos como si llevaran capirotes.

Ayer este periódico destacó a un reportero para acompañar a un retén de Lipasam durante parte de su seguimiento a la hermandad de San Gonzalo, un camino duro, con tantos parones como sufre un penitente, pero además barriendo, barriendo y barriendo. Uno de los encargados, Arturo León, muestra el cálculo de kilómetros andados en su servicio el Domingo de Ramos: pasa de 10,5 kilómetros, más que el recorrido de muchas de las hermandades.

Los operarios no llevan cirios, sino escobas. Y los pasos fueron dos barredoras y un camión, brigada en el argot de este oficio.

Después de atender a San Gonzalo, este retén atenderá el recorrido de vuelta de Santa Genoveva.

Lipasam destina mucho tiempo y energía para la Semana Santa. El operativo especial, preparado desde el 7 de enero, consta de 643 operarios y 236 vehículos y se ha reforzado con 222 contratos para no dejar de atender las necesidades ordinarias de limpieza allí donde no pasan las cofradías, explican desde esta empresa pública. Además, no solo destinan un retén tras las procesiones. Días antes se han limpiado las calles de los barrios por donde discurrirán las cofradías, y además se baldean los alrededores de los templos tras las salidas... para que la vuelta sea digna. Y aún queda el asunto de la cera, difícil de quitar, y para el que Lipasam pide precaución para evitar resbalones.

En el caso del retén que ayer acompañó a San Gonzalo, la formación inicial fue de seis operarios con escobas, a pie; un camión y dos barredoras-aspiradoras medianas modelo Ravo (de cuatro metros cúbicos de capacidad, unos 600 kilos de latas). Se les unió una barredora de más tamaño, de arrastre, de marca Dulevo. El retén está citado a las 15.15, pero la cofradía marca su ritmo y los trabajos de limpieza no arrancan hasta las 16.55, 20 minutos después de la salida del palio de la hermandad.

A las 17.00 horas, apenas han entrado en la plaza de San Gonzalo, cuando los motores de las barredoras paran: la Virgen de la Salud se ve a lo lejos, la marcha se oye perfectamente en la plaza vacía –solo queda nuestro compañero Rafael Reyes, a punto de despedir la conexión para El Correo TV–.

En ese momento hay sobre la plaza, a ojo del encargado de Lipasam Juan Carlos Galán, unos 800 o mil kilos de bolsas de plástico, botellas, latas y cáscaras de pipas –el peor enemigo de Lipasam: cuesta mucho que las barredoras las eliminen–. Los seis operarios a pie comienzan a echar todo lo que pueden al camino de las máquinas. Hay mucho que recoger: «Cuando una multitud está esperando desde las doce deja muchos residuos. Pero peor será a partir de San Jacinto, que tiene bares, y en el Centro», anticipa Galán. Efectivamente, el tramo entre San Martín de Porres y el hospital Infanta Luisa está empedrado de botellines. Aparentemente hay como el triple que en la plaza de San Gonzalo. Pero eso ocurrirá a las seis de la tarde. Y además, llegarán refuerzos: el equipo se duplica allí en hombres (y mujeres) y máquinas, y se triplicará tras el puente de Triana.

Una hora antes, a las 17.01, vuelven a arrancar los motores que se habían parado para no estorbar a la Virgen. Las máquinas pasan y repasan, dan vueltas como peonzas y en 10 minutos la plaza queda casi impoluta. Los barrenderos y las máquinas enfilan la calle Clavel. No es un sitio difícil. No hay apenas botellas de dos litros, que atascan las barredoras, expone Galán. Otra dificultad son los pétalos, difíciles de empujar.

La capataz va aplastando las botellas de plástico con un pie, mientras con el otro desenrosca con un movimiento preciso y brusco el tapón. Luego sitúa el residuo en el camino de una barredora. Lo repite decenas de veces, mientras los barrenderos, con goterones de sudor –la temperatura es de 28 grados–, empujan más y más basura al centro de la calle, a la espera de ser engullida.

Volverán a pararse a las 17.20, antes de entrar en la avenida de Coria (la Virgen de la Salud está visitando a los ancianos del asilo) y a las 17.50, cuando coincida una petalada en el hospital Infanta Luisa con las casi cabriolas de las barredoras, dirigidas por la capataz Maricarmen Bautista –su primera Semana Santa– como si coreografiara uno de esos inefables yutubes del tráfico en Indonesia.

Indica Galán: «Ponemos nuestro granito de arena, y te lo dice un cofrade de La Paz y del Cerro». Cofrades que ven algunas cofradías tras su agotador turno de siete horas y media, salen en menos ocasiones y que además de los asuntos laborales enseñan a los operarios en el curso de formación previo cosas como parar los motores cuando se canta una saeta o apagar las luces cuando se pueden proyectar en las imágenes.

Al menos, y a diferencia de la cabalgata de Reyes Magos, pueden aprovechar los parones –y el itinerario por la carrera oficial, que Lipasam no recorre– para refrescarse y hacer sus necesidades.

Los momentos más difíciles, cuenta uno de los operarios de a pie, Antonio Heredia, coinciden con el trabajo con la escoba en medio de las bullas. «Presiona mucho la gente alrededor».

Pese a que todo depende del ritmo de las cofradías, los retenes de limpieza de Lipasam se coordinan entre ellos y con el Cecop para que no se crucen las máquinas de los distintos cortejos ni el tráfico se abra demasiado pronto, explica León, que lleva con esta 18 «Semanas Santas de mando y cinco como operario». Esta vez, aunque Maricarmen se estrena, todo sale «genial». En los parones se queda embobada viendo a la Virgen de la Salud, pero no se desconcentra. En cuanto se aleja reinicia de un salto el operativo.


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