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Son y están

«En las ciudades hay que replantear el espacio individual con el social como hábitat colaborativo»

Margarita Calero Santiago. Arquitecta. En Shanghai se ha inaugurado el museo de astronomía más grande del mundo y esta arquitecta sevillana ha participado muy activamente en su diseño y ejecución. Su carrera, en ámbitos de excelencia en Nueva York desde 2012, revela su espíritu de superación para plantearse su profesión como un continuo reto de aprendizaje y experiencia.

Juan Luis Pavón juanluispavon1 /
25 jul 2021 / 04:00 h - Actualizado: 25 jul 2021 / 04:00 h.
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  • La arquitecta Margarita Calero, afincada en Nueva York, aparece en la imagen del pasado jueves 22 sentada en las Gradas de la Catedral de Sevilla, su ciudad natal. / EL CORREO
    La arquitecta Margarita Calero, afincada en Nueva York, aparece en la imagen del pasado jueves 22 sentada en las Gradas de la Catedral de Sevilla, su ciudad natal. / EL CORREO

“Cuando estoy en Andalucía siempre doy este consejo: 'Cree en ti y atrévete, porque al final llegarás a tu meta'. Noto cómo mucha gente tiene cualidades pero no se atreve a hacer cosas de envergadura porque confía poco en sus posibilidades. Hay que superar esa barrera”. Nos lo dice Margarita Calero, cuyo nombre está en el elenco del equipo de arquitectos que, desde el estudio Ennead, de Nueva York, realizó el espectacular diseño del mayor planetario del mundo, inaugurado en Shanghai el pasado 17 de julio.

¿Cuáles son sus coordenadas biográficas?

Nací en Sevilla hace 38 años. Soy hija de padre sevillano, arquitecto, y madre puertorriqueña, bióloga. Soy la tercera de sus tres hijas. Mi hermana mayor es abogada y la segunda es educadora social. Durante mi infancia vivíamos en Sevilla Este y mi colegio fue el Santo Ángel de la Guarda, que está en Santa Clara. Años después mis padres optaron por mudarse a Gelves y estudié en el Instituto Carlos Haya, en el sevillano barrio de Tablada. Ahora residen en Mairena del Aljarafe y estoy con ellos cada vez que vengo a Sevilla desde Nueva York.

¿Su dedicación a la arquitectura es por influencia paterna?

No. Desde niña estaba con un lápiz en la mano dibujando. Mi madre o mis hermanas no me daban una Barbie para jugar, lo que necesitaba era un papel, un lápiz y me ponía a dibujar todo el rato. En el colegio me llamaba mucho la atención la clase de dibujo, y enseñaban mis dibujos al resto de compañeros. De niña, pensaba que me dedicaría a ser pintora, o creadora de dibujos animados. Pero con 13 años ya me decanté por querer ser arquitecta, empecé a disfrutar con los espacios construidos a partir de dibujos, y con los edificios, y con las ciudades. En mi familia he tenido muchas influencias positivas. Por supuesto, mis padres. Y tengo un tío aparejador, y un abuelo ingeniero.

¿Y su primera experiencia profesional?

Trabajar en el estudio de arquitectura de Javier Terrados, en Sevilla. Tras regresar de Londres, donde estuve con la beca Erasmus, en 2007 tenía que terminar el proyecto fin de carrera en la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Sevilla, y no quería hacerlo sin practicar el ejercicio real de la profesión. Varios amigos me hablaron bien de él, yo no había sido alumna suya. En la bolsa de trabajo de la Escuela había ofertas de trabajo por parte de muchos arquitectos, era una época de muchísima actividad constructiva. Me presenté y él me dio la oportunidad. Aprendí muchísimo.

¿Aún no vislumbraba que se avecinaba la 'crisis del ladrillo'?

No, había muchas oportunidades interesantes. Trabajé también en el estudio de Mar Loren, catedrática del Departamento de Historia, Teoría y Composición Arquitectónica. Y en 2008 logré una beca del Colegio de Arquitectos de Sevilla y trabajé cuatro meses en Gante (Bélgica) en el estudio Delmulle, fue otra experiencia muy buena. Cuando regresé, a comienzos del 2009 ya se puso en evidencia la crisis, y tuve la fortuna de poder incorporarme al estudio de Javier Terrados, aún era de los que tenía mucha carga de trabajo garantizada. Estuve tres años, hasta 2012, para mí fue otra gran etapa de progreso profesional. Por ejemplo, haciendo viviendas sociales con criterios de calidad, y participando en el proyecto Solar Decathlon de innovación en viviendas de bajo coste, desmontables y ecoeficientes. Además, hice el Máster en Arquitectura y Patrimonio Histórico. Y en ese periodo vi cómo la mayor parte de mis compañeros de promoción y amigos se quedaban sin empleo. Hubo mucha frustración, y predominaron tres tendencias: emigrar al extranjero para seguir en la profesión, o abandonar la arquitectura tras desenamorarse, o sobrevivir como autónomo con actividades diversas (dar algunas clases, hacer pequeñas reformas en edificios,...), pese a que en España ser autónomo es durísimo.

¿Cómo se planteó su futuro?

Era consciente de que la arquitectura española tenía prestigio internacional por su calidad. Yo había conocido en Sevilla a arquitectos que habían optado por trasladarse desde Sidney, Londres o Berlín para trabajar con Guillermo Vázquez Consuegra, o con Antonio Cruz y Antonio Ortiz, y aprender de ellos. Cuando la crisis ya era intensa, mi análisis fue: “Tengo que ser capaz de poder trabajar como arquitecta dentro y fuera de España. Y adquirir todas las destrezas necesarias”. Decidí concurrir a la vez a una beca Talentia de la Junta de Andalucía y a conseguir una plaza para hacer el Máster de Arquitectura Avanzada en la Columbia University de Nueva York, que es, con la de Harvard, la norteamericana que más ha influido en la arquitectura contemporánea. Parecía muy difícil que me eligieran, entre tantos aspirantes, pero me seleccionaron. Había tirado por lo alto, y fue una oportunidad maravillosa.

Exponga algunas claves de su etapa en Columbia.

Era formar parte de un contexto de primer nivel internacional, con profesores famosos que no había ni imaginado estar junto a ellos. Como Steven Holl, que me dio el premio final de máster al mejor proyecto arquitectónico en excelencia de diseño. Para mí fue alcanzar la cima. Fue apasionante la relación con el suizo Bernard Tschumi, un arquitecto tan prestigioso e influyente, organizaba debates interesantísimos, incorporando también la participación de la sociedad civil. También me marcó mucho la arquitecta Mabel Wilson, que ha investigado mucho la desigualdad tanto en la profesión como en el diseño arquitectónico. Y estuvimos en Suráfrica, viendo cómo se malvive en la periferia de las ciudades, cómo habitan quienes recogen basura. Otra gran profesora fue Kate Orff, una de las grandes expertas en paisajismo. Y le encantó el proyecto que hice para la vida en Nueva York dentro de 50 años, utilizando las infraestructuras ya existentes en Holanda para contener la subida del nivel del mar, y para la regeneración con materiales ecológicos, si se cumplen las previsiones sobre cómo el cambio climático va a provocar que la mayor parte de la ciudad quedaría sumergida.

¿Es muy diferente la enseñanza respecto a lo que había conocido en Sevilla?

Es muchísimo más participativa. En Columbia era muy frecuente tener que exponer en público tus trabajos, tus ideas. Y ser consciente de que cualquiera te podía criticar. Eso te obliga más a esforzarte y superarte. Tanto había que trabajar que era frecuente acostarme a las cuatro de la madrugada. También tuve como profesores a dos excelentes arquitectos españoles: Juan Herreros y Enrique Walker.

Tras terminar ese máster, ¿fue fácil encontrar trabajo en Nueva York?

Lo logré en Ennead Architects enviando el curriculum. Varios amigos me aconsejaron que optara por ese estudio, con más de medio siglo de trayectoria, autor de muchos edificios notables, como el Planetario de Nueva York, o la ampliación del Brooklyn Museum, y un edificio tan elegante como el Standard Hotel. En Ennead estuve cinco años, he participado en 22 proyectos, tanto arquitectónicos como urbanísticos, y en algunos asumiendo la coordinación de su diseño. Lo más sorprendente es que, nada más llegar, en 2013, me asignaron al equipo para concurrir a realizar el Planetario del Museo de la Ciencia y la Tecnología de Shanghai. Llevaban solo una semana empezando a estudiar el tema, habían sido elegidos para participar en un concurso restringido. Y formé parte de un grupo de jóvenes (un chino, un coreano, una norteamericana, una española como yo) a los que nos dieran la encomienda de ser creativos y atrevidos, para estar a la altura de las ambiciones del cliente: hacer el mayor museo de astronomía del mundo. Dos de los socios de Ennead eran los jefes, y los que daban la cara ante los promotores chinos. Y se ganó.

¿Cuáles son sus principales atractivos?

Abarca una parcela de 56.000 metros cuadrados, en Lingang, que es un área a cuatro horas del centro de Shanghai, eso da idea de la gigantesca dimensión que tiene ya la metrópoli china. Está junto a un lago, en una zona con menos contaminación ambiental y lumínica, lo que permite ver las estrellas. El entorno del edificio es un paisajismo con esculturas al aire libre sobre la historia de la astronomía, con muchas referencias a la tradición milenaria china. Y un centro de formación que sirve de campamento para el aprendizaje de los niños y niñas. El edificio principal está diseñado sin líneas rectas, evoca en sus formas el sistema astronómico. Dentro están el museo y las salas de cine, hay también una torre como observatorio con telescopio solar.

¿Cómo ha sido el periodo de construcción, trabajando desde Nueva York?

A lo largo de seis años el equipo de Ennead en Shanghai fue creciendo, entre ellos y nosotros nos relacionábamos con la constructora china y con la ingeniera china. Las reuniones online de coordinación eran continuas. Y en una de esas reuniones evité que la ingeniera china intentara construir unas estructuras totalmente rectangulares o cuadradas dentro de la envolvente orbitatorial que habíamos diseñado, se hubiera cargado todo su sentido.

¿De qué otros trabajos en Ennead está especialmente satisfecha?

Haber formado parte del equipo creador del Denning House en el campus de la Universidad de Stanford, en California. Un edificio para becados en programas de liderazgo, muy integrado en el arbolado, y concebido para ser lugar de encuentro y facilitar el ambiente de intercambio de ideas y experiencias. También me siento muy orgullosa de uno que aún no se ha realizado: el auditorio de conciertos para la ciudad china de Xiamen. Me interesó mucho aprender sobre la configuración de un edificio para la música. Y sobre todo mi participación como voluntaria en el proyecto de Ennead para Naciones Unidas con el fin de repensar los campamentos de refugiados, y que sean espacios mejor habitables y más sostenibles.

¿Por qué fichó en 2018 por WeWork, la inmobiliaria norteamericana especializada en crear oficinas y espacios de trabajo para compartir?

Se fundó en Nueva York, tenía un auge enorme. Me atraía su modelo de empresa que era a la vez inmobiliaria y startup. Se estaba uniendo a ellos mucha gente interesante de la arquitectura y urbanismo, me dieron la oportunidad de unirme, y decidí probar. Era muy interdisciplinar, trabajando con sociólogos, psicólogos, economistas,... Para mí era otra revolución en mi forma de trabajar. Durante más de dos años trabajé en el desarrollo de WeWork desde su sede central en la Quinta Avenida. Para clientes como Walmart y Oscar Health, con objetivos como aumentar más de un 15% la rentabilidad inmobiliaria al aumentar la eficiencia del diseño de los espacios de trabajo, y disminuyendo un 35% los costes de construcción.

¿Sus expectativas se truncaron con la crisis financiera de la compañía?

WeWork fue creada por Adam Newman para expandirse por el mundo como líder de los 'coworking' como nueva tendencia de ambiente de trabajo. Pero su crecimiento rapidísimo se basó en la fe en el modelo, se le criticó que más que una empresa parecía el culto irreflexivo a un líder. Los japoneses SoftBank, que son los principales inversores, han realizado una drástica reestructuración y se han centrado solo en la vertiente inmobiliaria, no en la de innovación en el diseño. El proyecto WeWork como alternativa ya quedó atrás.

¿Cómo ha reorientado su carrera?

He comenzado con estudio propio en Nueva York, estoy haciendo el doctorado en la Universidad de Sevilla, imparto clases en el New Jersey Institute of Technology. He colaborado con Carlos García Vázquez, catedrático de la Escuela de Arquitectura de Sevilla, en un libro que se publicará en septiembre sobre ciudades después de la crisis covid. Mi aportación es fotográfica, me encanta la fotografía y en otras ocasiones la he utilizado para hacer investigaciones que se apliquen a la arquitectura. Me interesa mucho estudiar cómo con la ciudad ya construida se pueda mejorar la calidad de vida.

Para repensar las ciudades y que no sean inmanejables, necesidad que ya era acuciante antes de esta pandemia, ¿no es paradójico que la generación de ideas y modelos emane sobre todo de megalópolis como Londres, Nueva York, Shanghai,...? ¿No es mejor repensar los modelos desde las ventajas que aporta vivir en las ciudades pequeñas?

Sin duda, hay un cambio de paradigma. Me he sentido muy agobiada en Nueva York durante la pandemia. Porque sus barrios de oficinas y tiendas estaban absolutamente vacíos, literalmente no había nadie. Y las viviendas pequeñísimas también quedaron desfasadas, porque son válidas para una estancia temporal, pero en una situación de confinamiento son lo peor a nivel psicológico. Hay que repensar la escala de las ciudades y sus desarrollos. El teletrabajo está funcionando muy bien. Es algo nuevo esa libertad de irte a trabajar a otro municipio, a otra región, o a otro país, como si estuvieras en la metrópoli.

En París se quiere innovar con el modelo 'ciudad de 15 minutos' para reducir en las grandes capitales la dependencia a una vida cotidiana cargada de desplazamientos larguísimos. ¿Le parece viable?

Lo estoy estudiando con los alumnos del curso que imparto en New Jersey. Cómo vivir en las ciudades reduciendo el consumo energético, imprescindible ante el cambio climático, y cómo mejorar la sociabilidad con más actividad en tu entorno cercano. Somos seres sociales, hay que equilibrar mejor el espacio individual y el espacio colaborativo donde convivir. Por salud mental, por salud ambiental, por revitalización del humanismo.

¿Alguna sugerencia?

Una iniciativa que está funcionando muy bien en Nueva York. Para que los restaurantes pudieran tener clientes al aire libre en lugar de estar bajo techo, donde hay más riesgo de contagio del covid, hay barrios donde el Ayuntamiento ha promovido cortar el tráfico de coches en algunas calles. Ha sido todo un éxito, y se va a mantener después de la pandemia. Porque en esas calles ha empezado a aflorar espontáneamente actividad cultural y social. Ese tipo de flexibilidad urbana, de diseño blando, es muy necesario. Sevilla, que es preciosa, debería propiciar más ese dinamismo urbano. De cosas que suceden algunas veces, en plazas, en fachadas, en azoteas, y la gente acude alentada por vivir algo diferente, que al mes siguiente ya no está, y buscarás otros alicientes. Y todo ello se logra con muy poca inversión. Es un espíritu de ciudad abierta y dispuesta a la sorpresa.


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