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Enganchados a los botones y las pantallas

‘Maquinitas’. ¿Cómo reconocer la adicción a los videojuegos en un niño? Hablan los padres y expertos

07 dic 2016 / 08:14 h - Actualizado: 07 dic 2016 / 08:00 h.
"Temas de portada","El gran negocio del videojuego"
  • Jóvenes visitantes del festival Mangafest. / Carlos Hernández
    Jóvenes visitantes del festival Mangafest. / Carlos Hernández
  • Los niños deben ser protegidos de los riesgos del uso excesivo de videojuegos. / José Manuel Cabello
    Los niños deben ser protegidos de los riesgos del uso excesivo de videojuegos. / José Manuel Cabello

«Al principio, dejaba que los niños jugaran con la maquinita para que los adultos pudiéramos dormir la siesta tranquilos, o para aliviarles los viajes. Luego lo usé como premios por buen comportamiento. Hasta que descubrí que podían estar seis horas seguidas jugando sin parar, y empecé a preocuparme». Son palabras de María, una más de las muchas madres que han visto cómo sus hijos han caído en la adicción a los videojuegos, una tasa que se ha triplicado en los últimos cinco años, especialmente con el auge de los juegos online, y que parece ir a más.

«Antes se limitaban a jugar en casa, cada uno con su juego. Pero la posibilidad de hacerlo en red les ha enganchado aún más», explica Carlos, otro padre alarmado con las horas que sus hijos, de 9 y 12 años, pasan ante las pantallas de sus teléfonos móviles, los artefactos que han desplazado a las consolas en el reino del videojuego. «El más chico tiene un grupo de whatsapp en el que todos juegan al Clash Royale. Hay niños que están con eso hasta las siete de la mañana, casi siempre sin que lo sepan sus padres. Otros ni siquiera juegan ellos mismos: pueden pasar las horas muertas simplemente viendo gameplays donde los youtubers explican cómo jugar», advierte.

«Es su tema de conversación, casi el único. ‘¿Has abierto el cofre?’ ‘¿Qué te ha tocado?’ ‘¡Qué cabrón!’ Así se pasan el día. Lo malo es que se ha perdido la calle como espacio de juegos y encuentro, a la vez que ha irrumpido una industria muy atractiva y potente, más que la tele, porque es interactiva. Eso, sumado a la merma en la atención de los padres, que estamos más ocupados que nunca, y al mal ejemplo que damos, porque nosotros mismos no apartamos la vista del móvil, dan las claves de lo que pasa», añade Eva, profesora de secundaria y madre de un adolescente –«bastante aficionado a jugar», reconoce– de 11 años.

¿Cómo saber si un menor es adicto? Según los expertos, solo se habla objetivamente de adicción cuando esta práctica interfiere negativamente en su salud –vista, trastorno del sueño o la atención, pero también en su equilibrio– o en otras actividades: en este sentido, atender a las notas del colegio o a sus relaciones sociales pueden ser detalles reveladores. Por otro lado, el espectro de la adicción es muy amplio, y va desde los simples jugadores que no ven la hora de descansar o compaginar el vicio con otras actividades, a chicos que han tenido que ser sacados de sus habitaciones por la policía, otros que llevan años sin –por ejemplo– almorzar con su familia, o quienes pierden el control de sus esfínteres y se hacen sus necesidades encima por no regalarse una pausa.

Pero estos últimos son casos extremos. Lo más común es que los problemas derivados de esta adicción sean de otra índole, y de solución más pacífica. Según la sevillana Ana Ortiz, neuropsicóloga, «la cuestión principal es que los niños han acabado prefiriendo los videojuegos a salir afuera. Eso hace que las relaciones con los demás sean más difíciles, no se enfrentan tanto a las interacciones sociales como antaño, cuando se jugaba en plazas y patios. Entonces estos eran espacios donde aprendían a desenvolverse a nivel social real, a presentarse, a resolver sus problemas. Ahora aprenden de manera imaginaria en mundos virtuales», señala Ortiz.

La especialista subraya también la complicidad de los padres, «que se aprovechan del magnetismo de estos videojuegos para despreocuparse», y alerta sobre el incremento de agresividad en los menores. «Muchos de estos entretenimientos son violentos, y llega un momento en que los niños no diferencian la violencia real de la imaginaria, y siguen los patrones que dictan los videojuegos», concluye. La limitación del tiempo de juego y la responsabilidad en su uso es la recomendación más extendida, si bien para casos llamativos lo mejor es acudir a ayuda médica y atender caso por caso.

Juan Carlos Sierra, profesor del IES Pésula de Salteras, explica que tuvo un caso claro de adicción entre sus alumnos. «El chaval llegaba a levantarse por las noches para jugar, y dejaba en la cama unos bultos que simulaban su cuerpo, por si su madre de asomaba a ver si dormía. Como en las películas de adolescentes que se van de fiesta por la noche sin que lo sepan sus padres. Pero éste la fiesta la tenía en el salón de su casa y en forma de videojuegos», evoca.

«Tantas horas pasaba jugando, que llegaba a clase somnoliento o directamente se dormía en clase. Eso ahora ocurre mucho con los móviles. Se quedan hasta tarde chateando y llegan zombis al Instituto», añade Sierra, antes de contar el final feliz de la historia: «No sé cómo logró desengancharse, quizá por sustitución de los videojuegos por los libros. Ahora en cualquier ratito entre clase y clase lo ves con un libro. Es la misma compulsión que con los videojuegos, solo que bastante más beneficiosa», concluye.


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