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¿Es un pájaro? ¿Es un avión? ¡Noooo, es supermamá!

Seis madres cuentan lo complejo y agotador que resulta conciliar vida profesional y personal

07 may 2017 / 09:38 h - Actualizado: 07 may 2017 / 15:43 h.
"Día de la Madre"
  • Muchas madres buscan hacer actividades con sus hijos en el poco tiempo libre que les queda a la semana. / Foto: El Correo
    Muchas madres buscan hacer actividades con sus hijos en el poco tiempo libre que les queda a la semana. / Foto: El Correo

La Comisión Europea busca dar una (necesaria y urgente, si me permiten) vuelta de tuerca al tema de la conciliación de la vida laboral y familiar. Y para ello quieren poner en marcha un permiso para cada progenitor de al menos cuatro meses que podrá cogerse hasta que el niño cumpla 12 años, una baja de paternidad mínima de 10 días –en España es de un mes desde el pasado enero– así como cinco días anuales para cuidar a los hijos enfermos. ¿El motivo? El de siempre: la madre sigue cargando sobre sus hombros con el peso del cuidado de sus hijos y sus consecuencias. Ahí van las cifras: un tercio de las mujeres trabaja a tiempo parcial en Europa frente al 8 por ciento de los hombres. No en vano, solo un 10 por de los permisos parentales los disfrutan los padres, según los datos del Parlamento Europeo de 2015 publicados por El País. Eso sin hablar de las diferencias salariales e incluso de las pensiones. Una situación que hasta el momento no ha servido para que gobiernos y empresas den un paso al frente. No es la primera vez que la Unión Europea trata de potenciar la (¿utópica?) conciliación. Hasta el momento los intereses económicos se han impuesto sobre los de la igualdad.

Esta manida película les suena a canto de sirena a Patricia, Auxi, Julia, Rocío, Carlota y María, las heroínas de esta historia.

El castillo de naipes

María está casada aunque su día a día se parezca más al de una pareja con custodia compartida. La compatibilización laboral y personal obligó a ambos a solicitar horarios opuestos con el objetivo de que uno de los padres siempre estuviera disponible para llevar y recoger a sus dos niñas de la guardería, preparar la comida y el resto de la intendencia de la casa (turno de mañana) y el otro se ocupara del entretenimiento (mayúsculo en dos peques de uno y dos años), baños y cenas (turno de noche). Una corresponsabilidad con truco o «esas tonterías» que describen, con mucha sorna, Patricia y las madres del parque: sobre María recae el peso de la decisión de qué se come, qué ropa llevan las niñas, cuándo se cambian sábanas y toallas o la renovación de los armarios para las distintas estaciones. «¿Tu marido sabe el número de pie de tu hijo?», preguntan Patricia y sus madres del parque. El de María, no. Y el de Julia, tampoco.

Sin embargo, la situación de María es idílica (sí, sí) en este contexto de frenéticas carreras, horarios imposibles y disponibilidad laboral plena. Pese a que toda esta geometría variable se esfuma con un simple catarro. «Hay días que son auténticos quebraderos de cabeza: es suficiente con que haya una reunión imprevista, que alguno de los dos tenga que salir del trabajo media hora más tarde para que el castillo de naipes que construiste la noche anterior («entonces, ¿tú las llevas y yo las recojo, no?», «La comida la haces tú cuando llegues, y yo tiendo después de bañarlas...») se desmorone a cámara lenta, mientras tu cabeza trata de solucionar imprevistos («si no puedo recogerlas yo, llamo ahora a la madre de Clara que me haga el favor, ya tendemos mañana... ¡y pedimos un chino! (afortunadamente, mis hijas van al comedor escolar)», detalla a la perfección Patricia. Y confirma Carlota: «La red creada con otras familias del colegio, amén de la red familiar, es clave en el día a día. ¿Quién no ha llamado de urgencia a una madre o a un padre del cole para que se encargue de las niñas diez minutos en la plaza del cole porque me retraso en llegar?». Eso, quién. Y corrobora de forma muy gráfica Rocío: «Cualquier cambio de última hora me trastoca bastante mi día a día y necesito esa planificación porque no puedo dejar a dos niños pequeños aparcados en cualquier sitio».

Julia tiene pareja aunque el trabajo de él la ha convertido prácticamente en madre soltera desde que nació su pequeño. No es que su compañero no asuma su responsabilidad, es que sus horarios no se lo permiten. «Hace dos años temía que el parto le pillara de viaje y fíjate cómo estoy ahora...», me decía hace unos días. ¿Y cómo está ahora? Pues está intentando construir un puzle al que le faltan muchas piezas. Julia se levanta cuando se despierta el rey de la casa y comienza lo imposible: guardería, trabajar, recoger la casa, poner lavadoras, recoger al niño de la guardería, merienda, juegos, compras, baño, cena y a la cama. Ya son las 22.00 horas y llega el momento de Julia... para trabajar y así completar todo lo que ha ido retrasando durante el día. Sí, lo han adivinado, ella tampoco tiene un horario fijo y, por eso, la mayoría de los días le dan las tantas tecleando mientras escribe sus historias. Hoy yo cuento la suya.

Auxi sí tiene un horario más estándar. Trabaja de ocho de la mañana a tres de la tarde y el resto del tiempo se lo dedica a su precioso bebé de nueve meses. «Almuerzo en casa de mis padres –tengo esa suerte– y si el niño está dormido después de comer, descanso, y si no, salgo con él a dar un paseo-comprar-ver a mis abuelos-llegarme a hacer algo que tenga pendiente, etc. Al llegar a casa hay que recoger, preparar la cena, bañar al niño y preparar la ropa para el día siguiente. Estas tareas son compartidas». Pero la noche es de Auxi. Es madre lactante. «Durante la noche el niño hace de una a tres tomas, que por supuesto es tarea mía», cuenta con lógica. Un relato en el que no hay ni la más mínima queja: «No es hambre, es contacto con la mamá. Lo de la lactancia parece duro así visto, pero es lo más bonito que estoy haciendo por mi bebé y por mí como madre. Me encanta...».

Me escribía Patricia que «hay madres y padres que se merecen un monumento al final del día cuando, al llegar a casa, han conseguido hacer todas las tareas (y trabajar) sin querer huir, solos, a Marte». No le falta razón. Y, sin embargo, ante este milagro diario que se ha convertido la conciliación, hay padres (mayoritariamente, madres) que se sienten doblemente culpables: creen que están fallando en casa y en el trabajo. «Busco hacer cosas con las dos niñas: llevarlas al cine, a pasear en bici, a patinar, leer con ellas en casa, tirarnos en la alfombra y jugar a hacernos cosquillas... Busco que vengan amigas suyas a casa los viernes por la tarde, cuando ya puedo empezar a respirar un poco del trabajo. Intento sobre todo no sentirme culpable. Por trabajar no las estoy criando peor», se conciencia Carlota. Un sentimiento que conoce perfectamente Rocío: «Yo suelo llegar a casa sobre las seis de la tarde y realmente no me da tiempo a disfrutar de ellos porque empieza la rutina de baño, cena y dormir. A veces mi hija me pide que la lleve al cole y llora porque no puedo, igual que los fines de semana que su padre o yo trabajamos». Y como Carlota (y todas las mamás) trata de convencerse de que está haciendo lo correcto: «También pienso que mis padres trabajaban los dos y yo no tengo ningún trauma pero por otro lado sí me gustaría pasar más tiempo con ellos por las tardes pero no quiero renunciar a mi profesión, que me gusta mucho». La lucha interior y diaria de millones de madres en todo el mundo.

Así que hoy celebren «este Día de la Madre como reivindicación de la maternidad como un derecho de todas las mujeres, sin renuncias y en igualdad de condiciones. Las madres necesitamos seguir reivindicando derechos que parecen conquistados en esta sociedad del siglo XXI, y no es así». Háganlo. Lo dice Patricia. Porque ella –al igual que Rocío, Carlota, Julia, Auxi, María, Carmen, María José, Nicol, Rosario, Fátima...– sabe lo complejo y agotador que es encajar todas las piezas en el puzle de la conciliación y las renuncias personales y profesionales que conlleva pese al inmenso amor. Feliz Día de la Madre.


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