Juan José Asenjo: «Para muchos, Dios es un valor que se cotiza a la baja o ni siquiera se cotiza»

Entrevista al arzobispo emérito de Sevilla, Juan José Asenjo

04 dic 2022 / 07:55 h - Actualizado: 04 dic 2022 / 08:04 h.
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Las vidas de las personas, cada una de ellas, no dejan de ser una especie de radiografía de un tiempo y un espacio. Minúsculos y, a la vez, eternos. Todo depende del enfoque que queramos dar, de cómo coloquemos la mirada. Somos nuestro tiempo, el tiempo que nos toca vivir, el tiempo de toda una historia que ya parece eterna. Ni una sola vida es irrelevante. Porque somos la suma de todos esos tiempos, de esos espacios, de esas existencias.

Juan José Asenjo vive con tranquilidad. Desde el 17 de abril de 2021, es arzobispo emérito de la Archidiócesis de Sevilla. Fue ordenado el 21 de septiembre de1969 en la Parroquia de San Vicente de Sigüenza y estuvo incardinado en la Diócesis de Sigüenza Guadalajara hasta el día de su ordenación episcopal el día 20 de abril de 1979. Fue, en primer lugar, obispo auxiliar de Toledo, en exclusiva. Durante el primer año ese fue su cometido, pero el segundo año fue elegido Secretario General de la Conferencia Episcopal y, entonces, alternó el servicio en la Conferencia Episcopal con el servicio a la Diócesis de Toledo. A continuación, fue a la Diócesis de Córdoba y tomó posesión el 27 de septiembre de 2003. Siete años después, fue nombrado Arzobispo Coadjutor de Sevilla con derecho a sucesión; fue el 13 de noviembre de 2008. Tomó posesión el 17 de enero de 2009. Los primeros meses, estuvo con el Cardenal Amigo ejerciendo el cargo de coadjutor con derecho a sucesión y al cumplir el cardenal los 75 años, de forma automática, sin necesidad de una toma de posesión nueva, accedió a la condición de arzobispo metropolitano.

Le invito a que echemos un vistazo a lo que ha sido su vida sacerdotal, a la situación actual de la Iglesia.

¿Cómo fueron esos primeros momentos en los que sintió la llamada de Dios?

‘No recibí la visita de ningún ángel ni de ningún intermediario, fue el Señor el que fue modelando mi corazón de niño. Entré en el seminario dos días antes de cumplir los once años. Mi vocación surge con absoluta espontaneidad, de forma absolutamente natural, como brotan las primeras flores en primavera después de las primeras lluvias. Tuve la suerte de nacer en el seno de una familia profundamente cristiana, en una familia en la que lo religioso ocupaba un lugar preponderante, en una familia en la que las fiestas religiosas se celebraban con piedad y entusiasmo. Y nací en una ciudad eminentemente religiosa. Nací en Sigüenza (Guadalajara) una ciudad de 5.000 habitantes, un obispo, una catedral, la curia, el seminario, el palacio episcopal... Y todo esto llenaba la ciudad, lo llenaban todo. Personalmente, he sentido especial atracción por la via pulchritudinis, es decir, por la belleza, por la belleza de la música de la catedral, la belleza de las ceremonias, la belleza del arte catedralicio (Sigüenza tiene una de las diez o quince mejores catedrales de España). Y todos esos fueron los instrumentos de los que el Señor se sirvió para tocarme el corazón y sentir, desde muy niño, que el Señor me llamaba. Después, esa llamada se fue perfeccionando, se fue haciendo más sólida aunque, sobre todo, se fue haciendo más fuerte y consciente mi respuesta a lo largo de mis años como seminarista’.

¿Cambia mucho la vida de un sacerdote al ser ordenado obispo?

‘Se trata de un cambio fundamental. Al ser nombrado obispo tuve que salir de mi ambiente, tuve que dejar mi ciudad natal, tuve que dejar la Conferencia Episcopal en la que trabajaba de lunes a viernes como Secretario para Asuntos Generales. Marché a Toledo y tuve una cierta conciencia de expropiación, es decir, ya no te perteneces. Un cura tiene muchas posibilidades de conocer gente, de viajar, de ir, de volver. Un obispo lo tiene mucho más restringido, se ve mucho más limitado. Deja de disponer de su tiempo, abandona muchas de sus aficiones y es que tiene la conciencia de que pertenece solo a Jesucristo, a la Iglesia y el pueblo al que el Señor le destina’.

Yo, como cualquier otro cristiano, he tenido distintas crisis de fe. Y supongo que los sacerdotes también las pasan puesto que son, al fin y al cabo, personas humanas ¿Cómo resuelve una crisis de fe un arzobispo?

‘Debo ser un bicho raro porque no he tenido ni una sola. He vivido mi fe de forma muy sencilla, muy cerca del Señor y no he sentido dudas de fe. He sido profesor de teología durante veintitrés años, concretamente impartí clases de Eclesiología e Historia de la Iglesia. He estudiado teología en los años de estudiante, los años de licenciatura, en Roma; he estudiado para impartir esas clases... y no he tenido crisis de fe. He estado cerca del Señor o, mejor dicho, el Señor ha estado cerca de mí sustentándome, sosteniéndome, acompañándome... Tengo que dar muchas gracias a Dios por el don de la vida, cada mañana, al despertar y redescubrir la vida; tengo que dar las gracias a Dios por la vocación cristiana de la que disfruto, por la llamada al sacerdocio y por la llamada al episcopado. Es verdad que he tenido momentos más difíciles y de mayor sufrimiento, sobre todo al ver sufrir al pueblo al que sirvo. He sufrido y sufro en ese sentido, pero crisis de fe no he tenido nunca’.

¿Qué le puede decir a todo aquel que sí las tiene? Porque las tenemos y de las grandes...

‘Pues entrar en la vida de Dios. Rezar para encontrar la comunión con el Señor porque esa es una verdadera necesidad en nuestra vida. El Papa Juan Pablo II decía a los sacerdotes que somos lo que rezamos, y es verdad porque un sacerdote que no reza será un sacerdote frívolo, un sacerdote superficial, despistado. Pues eso mismo sirve para los laicos y para los religiosos. La oración es lo que nos construye, lo que nos ahorma como cristianos, lo que nos edifica, lo que nos ayuda para perseverar en nuestra fe y dar fruto de vida cristiana y apostólica. La oración es la herramienta indispensable para vivir la vida cristiana de forma seria y responsable, para no caer en la tentación y salir al paso de las posibles crisis’.

Repasamos el problema que se presenta ante el claro descenso del número de vocaciones en el mundo entero y, en particular, en España.

‘La razón por la que las vocaciones descienden del modo que vemos es la secularización envolvente que viene de lejos. Podríamos remontarnos a la Ilustración puesto que las épocas anteriores fueron fundamentalmente teocéntricas. Dios era el centro de la vida. Y ya en el siglo XX, Dios ha ido desapareciendo del horizonte de la vida diaria de muchos contemporáneos nuestros. Dios ya no es el supremo valor de nuestra vida, más importante que la salud, la familia o el dinero. En una encuesta que he conocido hace poco tiempo, Dios aparece como uno de los valores menos relevantes; en el número dieciseis figura el señor como preocupación o interés de las personas. Dios sigue llamando, pero hacen falta personas más generosas, no tocadas por el nihilismo o la realización personal; Dios quiere personas libres dispuestas a entregarle, sin condiciones, la vida, bien al servicio de la Iglesia, bien al servicio del Evangelio, bien al servicio de sus hermanos, aunque hoy es mucho más difícil esa libertad y esa generosidad. Es consecuencia de la secularización. Para muchos, Dios es un valor que se cotiza a la baja o ni siquiera se cotiza. No falta quien dice que el cristianismo ha estado en vigor durante veinte siglos aunque ya no tiene razón de ser, que ha de desaparecer como fenómeno significativo. Y esto es porque lo religioso es enemigo de la razón o de la felicidad o, incluso, de la democracia, para los que desean esa desaparición del cristianismo. Como puede comprenderse, en este ambiente son más difíciles las vocaciones, pero sigue habiendo, no han desaparecido, no como los años posteriores a la Guerra Civil, eso es cierto, pero no faltan vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. Por ejemplo, en Sevilla tenemos los sacerdotes suficientes para atender todos los flancos y todos los puestos de la vida pastoral. Hay que tener en cuenta que la zona sur de España está menos secularizada que la norte (de Madrid para arriba) y eso tiene mucho que ver con la religiosidad popular, con la piedad popular, que funcionan como una enorme carpa que impide que se reseque el humus cristiano de esta tierra andaluza’.

Durante los años de Arzobispo de Sevilla, monseñor Asenjo ha ordenado a ochenta y cinco o noventa sacerdotes ‘estupendos, generosos y libres’ que son ‘motivo de esperanza y alegría’ para el arzobispo emérito de Sevilla.

¿Ha sabido la Iglesia entender el signo de los tiempos? Tengo mis dudas...

‘Es posible que no y no quiero eludir responsabilidades; podríamos tener algo de culpa sobre todo porque con nuestra forma de actuar en lugar de iluminar el rostro de Cristo lo hemos velado y no lo hemos convertido en algo atrayente. Ese es, probablemente, nuestro pecado: nuestras deficiencias, nuestras omisiones y nuestros pecados. Algo más se podría haber hecho para empatizar con la nueva cultura aunque lo cierto es que el Evangelio es signo de contradicción porque el protagonista de ese Evangelio, el hombre Cristo Jesús, el Dios hecho hombre, es también piedra de tropezar, piedra de escándalo, signo de contradicción; entonces la cultura moderna puede exigir a la Iglesia unos cambios que la Iglesia no puede dar por ser fiel a su Señor. Por tanto, es verdad que tendremos que mejorar, pero solo en lo que sea posible puesto que existen flancos de las sociedades que la Iglesia no puede cambiar sin alejarse de los evangelios’.

Mi hija escribió en un trabajo hace unos días que no había encontrado una sola cosa que le causara rechazo en el Evangelio, que el mensaje le parece formidable y que no entiende cómo la Iglesia no es capaz de llegar con contundencia a muchos más y con mucha más fuerza. ¿Qué está fallando?

‘La nueva evangelización no se podrá realizar sin una conversión personal y otra pastoral. Y en ellos estamos. Somos hombres limitados y no siempre damos el mensaje elocuente, convincente y convencido que podría esperar la gente de los sacerdotes, obispos y cristianos en general. Ciertamente, el mensaje del evangelio es precioso para el que lo quiera acoger con un corazón libre, sencillo y puro. En nosotros está anunciar el Evangelio con la palabra, sin miedo, sin vergüenza y sin complejos y, sobre todo, con el testimonio luminoso y atractivo de nuestra propia vida’.

Algunos medios de comunicación parecen insistir en centrar el foco en todo lo malo que tiene la Iglesia, en los escándalos más vergonzosos (que lo son y mucho) que nunca deberían haber ocurrido en el seno de las parroquias o de los colegios religiosos; parecen insistir en eso olvidando por completo la zona amable de la Iglesia que existe y es imprescindible en lugares y sectores de la sociedad muy concretos. Quiero saber la opinión de monseñor Asenjo sobre este asunto.

‘Efectivamente, algún periódico está dando vueltas a diario a los escándalos de pederastia que se han producido en la Iglesia. Repite los mismos casos periódicamente y da la sensación que todos los sacerdotes somos pederastas cuando, por supuesto, eso es falso. La pederastia en la Iglesia representa el 0,2 por ciento de la pederastia en general. La pederastia reside, en primer lugar, en la familia; después en centros de enseñanza, gimnasios y lugares similares. Es verdad que en la Iglesia ha habido muchos casos y debemos sentir vergüenza por ello, aunque no son tantos casos como se dice. Mira, llevo ordenado como sacerdote cincuenta y tres años y los casos con los que me he encontrado son contadísimos. En la diócesis de Sigüenza Guadalajara no conocí un solo caso; en Toledo no conocí ningún caso. He conocido dos casos en Córdoba y tres en Sevilla. Quiero añadir que no todos los casos que se han conocido han sido ciertos; me tocó juzgar uno de ellos que resultó ser una manipulación tremenda. Esto, como es lógico, no nos exime de responsabilidad en los casos que han ocurrido efectivamente. Pero la Iglesia nos da mucha luz, mucha luz; más que oscuridad y tinieblas. Mira, ya he dicho alguna vez públicamente que, tras la gran crisis del 2008 y las siguientes incluida la pandemia, si no hubiera sido por la Iglesia (Cáritas parroquiales, Cáritas diocesanas, las obras sociales, comedores a cargo de las órdenes y congregaciones religiosas, y la implicación sobresaliente, aquí en Andalucía, de las hermandades y cofradías), hubiera habido un estallido social. Mucha gente no hubiera podido comer. No olvidemos que Sevilla ostenta el triste privilegio de tener cinco de los quince barrios más pobres de la UE y tres de los cinco barrios más pobres de España. Y ahí está la Iglesia, ahí están los miles de cristianos voluntarios que llegan a salir por la noche con teteras o cafeteras para acercar algo caliente a los que duermen en los portales, gente que lleva mantas o ropa de todo tipo a los más vulnerables... No somos tan buenos como debiéramos aunque tampoco tan malos y tan perversos como algunos quieren presentarnos’.

Me dice Juan José Asenjo que quien vive en comunión con el Señor nunca está solo, que le gusta disfrutar de su intimidad y de su soledad. Llega el momento de acabar la charla y pienso que, efectivamente, cada uno de nosotros es una pieza de un enorme puzle que forma el muro de la Historia y que, inevitablemente, algunas de esas piezas están destinadas a los cimientos que hacen que el muro no se derrumbe; que, efectivamente, ni una sola vida es irrelevante porque somos la propia Historia. Y eso se descubre hablando de lo importante, de lo que ni siquiera podemos ver.


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