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La historia contada en verde

El historiador Juan Alberto Romero dirige ‘Alcázar vegetal’, una ruta organizada por GuiArte que explica el palacio real sevillano no a través de sus piedras, sino de sus plantas y jardines

14 mar 2017 / 08:51 h - Actualizado: 14 mar 2017 / 08:52 h.
  • La Giralda adorna el horizonte de palmeras de los jardines del Alcázar de Sevilla, una mezcla de especies y de épocas. / El Correo
    La Giralda adorna el horizonte de palmeras de los jardines del Alcázar de Sevilla, una mezcla de especies y de épocas. / El Correo
  • Juan Alberto Moreno, al comienzo de una de las visitas. / GuiArte
    Juan Alberto Moreno, al comienzo de una de las visitas. / GuiArte
  • Evocadora imagen nocturna de este pulmón del centro. / El Correo
    Evocadora imagen nocturna de este pulmón del centro. / El Correo

Los 35 jardines del Alcázar son una especie de orquesta internacional, reunida con mimo a través de los siglos, que interpreta un paisaje mágico e inverosímil. En sus 21.000 plantas, extendidas por unos 75.000 metros cuadrados, habla el mundo allí recopilado en forma de árboles, de flores, de aromáticas procedentes de distintos continentes y tierras. El resultado de esta combinación, que en la empresa GuiArte consideran un «índice planetario» en el ámbito botánico, es que no hay una luz, ni una música, ni una sombra ni un aroma como los de este paraje. Y como sucede en Sevilla con las cosas únicas, también tiene su ruta guiada a cargo de la citada empresa (www.guiarte.com) con el historiador Juan Alberto Romero, de la plataforma Nomad Garden. Dos horas de recorrido en las que la larga y singular crónica del monumento se narra no a partir de sus piedras y sus yeserías, sino de sus troncos y sus hojas.

«La diversidad natural de las especies del Alcázar lo es también cultural», explica el experto. «La riqueza que atesoran estos espacios es a la vez natural, histórica, artística, poética. Hablamos de un jardín prácticamente milenario que ha sido habitado, visto o recorrido por muchas personalidades a lo largo del tiempo y que no es voluntad de un único monarca, ni siquiera de una única casa dinástica». Siguiendo la clasificación preferida del más renombrado de los conservadores del Alcázar, Joaquín Romero Murube, el historiador identifica en el recinto tres grupos de jardines: islámicos, renacentistas y románticos. La combinación de ellos produce lo que llama un «palimpsesto» histórico: capas visibles de distintas épocas conviviendo en un mismo espacio donde se superponen, se mezclan, se explican y se complementan. El primero de esos grupos nos hablaría del rey cristiano Pedro I el Cruel, que en su afán por los patios de estilo islámico contrató a alarifes musulmanes para que los llevaran a efecto. El aporte renacentista tiene un apellido: los Austrias, con la boda en el Alcázar de Carlos V e Isabel de Portugal, con el embeleso por América y el redescubrimiento de lo clásico. Y los jardines modernos recogerían el espíritu del «pintoresquismo inglés» y la «la reinterpretación del jardín hispanomusulmán que hicieron desde el geometrismo francés autores como Forestier».

Entre las especies más representativas, de las 187 que integran los jardines, Juan Alberto Romero vuelve a acordarse de Romero Murube y del día en que este acompañó al Sha de Persia en su paseo por el lugar, que venía el hombre con todo el ensueño mitológico de las palmeras musulmanas en su imaginación. Cuando preguntó al conservador si era cierto que en estos jardines había palmeras milenarias, Romero Murube no se cortó al asegurar con todo su aplomo que efectivamente lo era. «La duda», escribió aquel prócer sevillano, a cuento de la anécdota, «habría dejado muy mal a todos los reyes sevillanos empezando por el mismísimo Yusuf y terminando por mi colega en las celestes musas, el gran Almutamid. «Hubo un pequeño diálogo transjordánico entre el rey y su intérprete. Me apretaban el cerco; su majestad quería saber cuál era la palmera más antigua. Yo, con una decisión que a mí mismo me asombraba, señalé la más alta entre las más lejanas. El rey la miró larga, tierna y complacidamente. Después dirigió hacia mí su mirada con afecto y agradecimiento. Parecía contento. Yo suspiré. El honor y la vejez de las palmeras del Alcázar estaban a salvo. Toda esta escena duró poco más de un minuto. Pero yo sudé por todo un año».

Pero no solo las palmeras hablan de historia en el Alcázar. También sus más de mil naranjos amargos –uno de ellos plantado por el mismísimo rey Don Pedro, según la leyenda–. Y el ombú, cuyos primeros ejemplares replantó Hernando Colón. Jacarandas y ginkgos, cycas y jazmines como los que hacían soñar a Almutamid son la memoria verde de un lugar que merece ser contado de todas las formas posibles.


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