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«La innovación digital está mejorando la agricultura tanto como la aparición del tractor»

Manuel Pérez Ruiz. Director del Máster en Agricultura Digital e Innovación Agroalimentaria de la Universidad de Sevilla, fundador de las empresas Agrosap y Agroplanning. Aprendió desde niño las labores del campo con su familia de La Rinconada y ha enfocado su vida a ser investigador para mejorar con las nuevas tecnologías la gestión de las plantaciones y reducir su impacto ambiental. El 95% de los alumnos del Máster, pionero en España, lo termina ya contratado por empresas, tal es la demanda de ese perfil profesional

Juan Luis Pavón juanluispavon1 /
08 sep 2019 / 10:07 h - Actualizado: 08 sep 2019 / 10:13 h.
  • Manuel Pérez Ruiz, en la Escuela de Ingeniería Agronómica de la Universidad de Sevilla. Foto: El Correo.
    Manuel Pérez Ruiz, en la Escuela de Ingeniería Agronómica de la Universidad de Sevilla. Foto: El Correo.

Su perspectiva biográfica y laboral es muy completa sobre las múltiples vertientes de la agricultura: productiva, económica, social, profesional, medioambiental, alimenticia. Manuel Pérez Ruiz, 41 años, del municipio sevillano de La Rinconada, profesor de la Escuela de Ingeniería Agronómica de la Universidad de Sevilla, es uno de los pioneros en Andalucía en la investigación y desarrollo de la agricultura de precisión, concepto que sintetiza el enorme cúmulo de avances para hacer más eficiente la actividad agrícola, lo que no solo afecta al ámbito rural sino a toda la sociedad, con el horizonte común de la sostenibilidad del planeta, erradicar las hambrunas, y el cambio climático. Casado, con tres hijos, su esposa gestiona una librería en La Rinconada.

¿Cuáles son sus raíces familiares?

Mi padre ha sido toda la vida autónomo en el sector del transporte. Mi madre, ama de casa. Mi familia materna es del sector agro, sus hermanos son agricultores. Y siempre he estado con ellos, he pasado muchas horas en el campo, en La Rinconada. De ahí, me vino esa motivación por estudiar Ingeniería Agronómica. Desde pequeño me iba con mis tíos a sembrar maíz, algodón, y después cítricos. Y desde pequeño, en mis veranos, y algunas tardes durante el año, estaba con ellos quitando malas hierbas, haciendo las labores propias de cada época, y viviendo ese trabajo duro en el campo. Ahora, que tengo menos tiempo, intento ayudar aplicando mejoras con las nuevas tecnologías para que ese trabajo sea mucho menos duro, y más rentable y eficiente.

¿Dónde estudió?

En La Rinconada, en el Colegio Público Los Azahares y en el Instituto Miguel de Mañara. Hice en Córdoba la carrera de ingeniero agrónomo, lo que supuso un esfuerzo económico para mi familia. Y el último curso fui a la Universidad de Lovaina (Bélgica), allí empecé con todos los temas de sensores, teledetección, instrumentación tecnológica aplicada a la agricultura. Tomé la decisión de ser investigador. Regresé a España y con una beca pude dedicarme al doctorado. Además, la estancia posdoctoral durante dos años en la Universidad de Davis (California) me afianzó en mi formación y ver por dónde caminaba el futuro de la agricultura.

¿En el sector agrícola hay menos receptividad para integrar transformaciones tecnológicas?

Sí, fundamentalmente por mentalidad y por edad, no por dinero. La media de los agricultores en España está por encima de los 65 años, eso pone muchas barreras. Por eso suelen decir: “El que venga detrás, que lo haga”. Cuando, en realidad, si incorporan una innovación, en muy poco tiempo van a ver si influye en su cuenta de resultados.

¿Qué sugiere para superar esa resistencia al cambio?

Apoyarse en la tendencia positiva a profesionalizar mucho más el sector agrícola. Ya es un paso importante si el agricultor empieza a decir de sí mismo que es un empresario agrícola. En muchas familias no se está produciendo el relevo generacional, porque padres, hijos y nietos ven que es una vida muy dura, con pocos descansos. Pero hay otras fórmulas: El propietario de la tierra no tiene por qué ser el profesional agrícola que lleve esa explotación. La profesionalización va de la mano de empresas de servicios y/o cooperativas que trabajan, que labran, que aplican, que cosechan esa explotación sin necesidad de que el propietario tenga que hacerlo como agricultor.

¿Cómo son los alumnos que hoy en día eligen especializarse en la gestión agrícola?

Si tengo en cuenta la suma de 130 alumnos a los que doy clases en las dos asignaturas que imparto en la carrera, hay muchos que son de familias agrarias. Y se nota, en comparación con los alumnos sin vínculo familiar con el sector agro, que han de quitarse los miedos y reticencias a aplicar nuevas tecnologías, fruto de los comentarios recibidos en casa desde pequeños. Entienden bien los avances técnicos, no en vano están estudiando una carrera técnica, pero han de ser mentalmente más flexibles para entender los cambios. Por otro lado, aportan en el aula muchos conocimientos y experiencias que no tienen quienes carecen de esas vivencias en el campo. Es una buena mezcla entre ambos tipos de alumnos, unos se aportan a otros.

¿De qué iniciativa académica se siente más satisfecho?

Poner en marcha hace dos años el primer Máster en Agricultura Digital e Innovación Agroalimentaria que hay en España. Para nuestra escuela, para nuestros alumnos y para la sociedad andaluza, creo que es un hito. Hemos recibido muy buenos comentarios sobre el nivel del máster y su carácter innovador. El próximo mes de octubre empieza la segunda edición y ya está completa la matrícula, el cupo es de 25 alumnos. La mayoría son andaluces o extremeños.

¿Qué aprenden?

Durante año y medio, competencias que no ven en el grado, cuya componente formativa es mucho más agronómica. En el máster la complementan con la formación en drones, en inteligencia artificial, en geomática avanzada, en riego de precisión... El 95% de los alumnos que se matricularon en la primera edición han conseguido trabajo. Hay empresas que se interesaban para contratarlos, porque buscan ese perfil.

La alteración en los parámetros habituales del clima, ¿está afectando a los saberes tradicionales que se habían convertido en costumbre? ¿El debate sobre el cambio climático favorece que se tenga más en cuenta a los técnicos?

Los agricultores siempre se han enfrentado a riesgos: las condiciones meteorológicas, las plagas, la inestabilidad de los mercados... Pongamos como ejemplo el agua, un bien escaso en nuestra región. Muchos de los cultivos que existen a día de hoy tienen una demanda hídrica mayor que el agua que le podemos proporcionar. Hay que ser muy precisos, poner el agua de forma muy inteligente para obtener el mayor rendimiento posible en ese cultivo. El agricultor tiene que estar capacitado para seguir unas especificaciones sobre el riego de precisión, poner solo el agua que se necesita en cada zona de la parcela. Y adaptar sus sistemas de producción a dar riego en épocas del año donde antes no se hacía porque el cultivo empieza a comportarse de forma diferente con estos cambios que se están produciendo en el clima.

¿En qué están especializadas las dos empresas, Agrosap y Agroplanning, que ha creado como 'spin off' desde la universidad?

Agrosap está más vinculada al 'hardware', a crear herramientas de automatización, monitores de rendimiento, maquinaria que incorporar a la explotación agrícola. Y Agroplanning se dedica a la gestión y análisis de datos para la toma de decisiones por los agricultores. Sin contarnos a los socios fundadores, en Agrosap hay 10 personas trabajando y en Agroplanning son cinco. He visto en muchos países cómo es exitoso para las universidades y para el sector agro este modelo de empresas que transfieren la investigación y la convierte de modo directo en soluciones tecnológicas que se aplican.

¿Cuál fue el primer proyecto internacional de investigación en el que participó?

El Proyecto Rhea, para crear tractores robotizados con una misión muy concreta, la eliminación de la mala hierba en tres cultivos clave: maíz, trigo y olivo, con un apero inteligente que ponía el herbicida solo donde se encontraba la mala hierba. Tres tractores autónomos, robóticos, trabajando en el campo de modo coordinado. El CSIC coordinaba ese proyecto europeo, que duró cuatro años, con 13 partners de 5 países. Por ejemplo, la empresa Case New Holland, importante fabricante de tractores, que así ha adquirido un alto grado de conocimiento nuevo para implementarlo en el futuro.

¿Y la investigación más ambiciosa a la que se dedica hoy en día?

Desde la Universidad de Sevilla estamos muy contentos de participar en un proyecto, con el Ministerio de Agricultura, y con la empresa Agrovegetal, que permita mejorar la forma de producir los cereales. Con una plataforma robotizada y de sensores para determinar qué variedades son mejores en determinadas condiciones con el fin de adaptarse al cambio climático. Estamos a mitad de proyecto, y los resultados son muy atractivos. Otro proyecto internacional en el que participamos es para el sector fruta. Con las siglas Varos (Variable Rate Operation for Orchards) es para avanzar en el concepto de aplicación variable: poner en cada plantación única y exclusivamente lo necesario en ese campo, en cuanto a agua, fertilizante, etc.

¿Se entiende ya el concepto 'agricultura de precisión'?

Sí, el sector agro lo entiende. Y entiende que con la innovación digital se está viviendo un momento muy importante de transformación del agro. Comparable a lo que supuso la aparición del tractor para mecanizar labores. Lo que todavía no se tiene muy claro es el modelo para llevar a cabo ese cambio del modo más natural posible. En muchos casos, el agricultor se ve abrumado por la cantidad de tecnología existente, y no sabe por dónde empezar. Por eso es importante, y en eso estamos colaborando con cooperativas y con la Junta de Andalucía, establecer modelos sencillos con los que el agricultor se sienta cómodo para incorporar estas nuevas tecnologías.

¿Quienes coordinan las cooperativas son el eslabón clave para eso?

Sobre todo los técnicos que trabajan en las cooperativas. Son los primeros beneficiarios para que su visita de inspección al terreno sea una visita de experto. Viendo previamente imágenes por satélite, analizando los datos aportados por sensores monitorizados, observando en qué estado nutricional está el cultivo. Y el agricultor, forme o no parte del órgano rector de la cooperativa, se beneficia en su balance de los ahorros y de los rendimientos que aporta todo eso. Es normal que los agricultores nos pregunten sobre todo: “¿En qué me beneficia al final del año invertir en esto? ¿Dónde lo veo reflejado?” Y de ahí la gran labor divulgativa que hemos de hacer para demostrarlo.

¿Qué está permitiendo anticipar el análisis de datos digitalizados?

Muchos profesionales agrícolas pasan más tiempo delante del ordenador, planificando y tomando decisiones, que en la propia explotación. Hemos llegado a un nivel de información muy buena sobre qué y cómo se está produciendo, y eso permite adelantarse a la toma de decisiones. Por ejemplo, estamos participando en un estudio con cooperativas para estimar la producción de cítricos con un mes de antelación.

Explíquelo.

Si somos capaces de saber, con la ayuda de herramientas como un dron, que la producción de cítricos en una explotación para esta campaña es de 45.000 kilos por hectárea, y además, que la distribución de calibre en cada zona de la parcela es de 75, 85 o 95 milímetros, podemos llegar a realizar una recolección selectiva de esa parcela. Porque el mercado valora más un tamaño de fruto frente a otro. Y si se quiere analizar también previamente la calidad del fruto, se pueden incorporar otro tipo de muestreos.

¿Las grandes empresas internacionales que dominan la comercialización priman a quien gestiona los cultivos de modo más sostenible?

Pongo un ejemplo que conozco. Una gran plataforma europea de compra de naranja le ha dicho a una cooperativa de Alcalá del Río: “Quiero naranjas vuestras y quiero que me presentéis el certificado de huella hídrica”. Esto significa que la cooperativa le demuestre cuánta agua ha destinado para cada naranjo. Si un agricultor no tiene su parcela monitorizada, no sabe cuánta agua ha consumido para producir una naranja. El que sí la tiene, parte con ventaja. Con un mismo parámetro de calidad, dicha plataforma prioriza comprar la que se ha cultivado con menos agua. Por la mayor mentalidad de desarrollo sostenible que hay en la población del norte de Europa. Y también es importantísimo certificar la huella de insumos, haber usado menos herbicidas,...

¿Cuánta agua hay que utilizar para un naranjo?

Siempre establezco dos escenarios: el convencional y el optimizado. En lo que el agricultor suele hacer, un árbol de cítricos puede estar en torno a los 1.000 milímetros de agua por año. Si se investiga para optimizar, podemos ver que con 200 milímetros menos de agua al año, el desarrollo del cultivo no se ve afectado, y se recolectan los mismos kilos de fruto, con el mismo calibre, y con una calidad igual. En muchos casos, llegaremos a la conclusión de que nuestro sector está consumiendo más agua de la que debiera. Y en Europa nos dicen: “Si en España hay escasez de agua, ¿por qué no se pone todo el riego por goteo, en lugar del riego a manta o por superficie?”.

¿La sociedad española, cuando llena la despensa, está aplicando estos criterios?

La mayoría compra en el supermercado lo más barato, solo mira el precio. En el futuro, siguiendo lo que está pasando en el norte de Europa, la agricultura de precisión va a estar presente en el consumidor, y exigirá que las grandes superficies vendan con etiquetas que incluyen datos digitalizados y verificables sobre, por ejemplo, el herbicida que se usó en ese producto, y en qué cantidad, para decidir comprar ese u otro. El consumidor le dará valor a la información para elegir qué compra y qué come.

¿Percibe si está cambiando o no a gran velocidad en Andalucía la inercia de producir materia prima sin sacarle valor añadido?

Es un debate que escucho desde que empecé a estudiar la carrera de ingeniero agrónomo, con el ejemplo del aceite andaluz a granel que los italianos comercializan con etiqueta suya. Creo que se ha avanzado mucho en algunos cultivos, pero queda muchísimo por hacer, sigue siendo una asignatura pendiente conseguir que los mejores rendimientos se queden en Andalucía. Ahora hay que afrontarlo con la perspectiva de la agricultura del siglo XXI: la transformación digital en toda la cadena agroalimentaria.

En 2018 se anunció la puesta en marcha del Hub Andalucía Agrotech, siguiendo el modelo marcado por la Comisión Europea para las políticas de desarrollo regional. ¿Se está materializando en la Andalucía rural?

Ese planteamiento, muy interesante, para poner en común a empresas, universidades, administraciones públicas, etc., y desarrollar un hub de innovación digital, aún no ha aterrizado al terreno de los productores, de las cooperativas, con acciones concretas que hagan ver a todo el sector cómo beneficiarse.

¿Qué piensa cuando desde Naciones Unidas se pide cambiar la dieta alimenticia por considerar que es insostenible para el planeta el actual modelo de producción agroganadera?

Hay que sensibilizar a la población, y sobre todo a los niños y jóvenes, para que aprendan que los alimentos no tienen su origen en la estantería del supermercado. Y fomentar que quieran consumir de forma diferente. Eso también significa descubrir que a las cosas se le ponen apellidos que no son reales. Por ejemplo, de algunos productos se dice que son 'bio' o 'eco'.

En el debate sobre la pérdida de biodiversidad y la implantación de los transgénicos, ¿cuál es su punto de vista?

Las modificaciones genéticas se han producido de forma natural en la naturaleza. En muchos casos, es una evolución. El tomate que te comes ahora no es el tomate silvestre, que es de donde procede. No me voy a pronunciar ni a favor ni en contra de los transgénicos. Es beneficioso que determinadas variedades han sido modificadas para resistir el ataque de una plaga. También es verdad que poner toda una zona o una gran extensión con una sola variedad, monopolizando el cultivo, puede perjudicar la biodiversidad. La paradoja en este debate es que España se muestra bastante restrictiva en la producción agraria con transgénicos, pero nos comemos multitud de alimentos de otros lugares de Europa, sobre todo de Francia, producidos con transgénicos.

¿Qué se puede mejorar a nivel local y global?

Por ejemplo, en los colegios, hacer huertos biotecnológicos, y llamarles así, porque es aplicar el nuevo conocimiento a los principios ecológicos. En general, para alimentar a toda la población del planeta, los agricultores están haciendo mejor las cosas que hace años en cuanto al impacto ambiental de su actividad. Y también las grandes multinacionales de los insumos (herbicidas, fertilizantes...). Tienen muy mala imagen a ojos de los consumidores, por sus componentes químicos, y no están sabiendo comunicar su transformación positiva en los últimos cinco años para mejorar sus productos.

¿Cómo ve la evolución de la sociedad sevillana en estos temas?

Andalucía, y particularmente Sevilla, por su variedad de cultivos y explotaciones, por la internacionalización de sus empresas agroindustriales y por el prestigio de sus universidades, a la vanguardia de la tecnología agrícola, es una localización clave para empujar la transformación digital de toda la cadena agroalimentaria. Este proceso está permitiendo que el sector pueda optimizar el uso de insumos (desde la energía a los fitosanitarios) y consiguiendo cosechas más productivas y seguras. Sostenibilidad, seguridad alimentaria y salud del consumidor son términos que la sociedad sevillana debe hacer suyos y la transformación digital ayudará a ello en el corto plazo.


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