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La isla del fin del futuro

Un paseo guiado por el olvido. Enterrado bajo metro y medio de coches y hierbajos, el sueño de universalidad de Sevilla es hoy un lugar atestado de vacío y de melancolía

22 mar 2017 / 14:41 h - Actualizado: 23 mar 2017 / 09:24 h.
  • Destrozos recientes en el Pabellón de Turquía, sede posterior de la Fundación Gerontológica Internacional. / Txetxu Rubio
    Destrozos recientes en el Pabellón de Turquía, sede posterior de la Fundación Gerontológica Internacional. / Txetxu Rubio
  • Pabellón de Hungría. / El Correo
    Pabellón de Hungría. / El Correo
  • Nido de coches en el territorio de la antigua Expo. / El Correo
    Nido de coches en el territorio de la antigua Expo. / El Correo

Cualquiera que se asome a la barandilla del Puente de la Barqueta en una tarde de estas, de espaldas al Alamillo y viendo amarillear el sumidero del cielo por detrás de Triana, tendrá la misma sensación imponente: a su izquierda late Sevilla, con su trajín de motores y su eco fragoroso de gente, de pájaros, de quehaceres, de vida; a su derecha, un camposanto. Camuflado detrás de siglas de empresas, fundaciones, asesorías o lo que quiera que sea que hay allí copando los edificios, el paisaje de la Expo 92 tiene el sonido muerto de los cementerios. Si no fuese porque es evidente que se trata de un espacio al aire libre, se diría que aquello está cerrado, cubierto por una especie de cúpula que lo aísla del curso del tiempo y lo ha convertido en una especie de objeto decorativo en el mueble bar de la historia de Sevilla.

Las agujas del degradado Pabellón de Hungría, uno de los parajes más hermosos de la Cartuja, sigue soltando escamas negras para susto de gatos y sabandijas, que constituyen mayormente la fauna de un lugar por demás poblado de hierbajos. Está, por ejemplo, el jaramago, no en vano llamado la hierba de los cantores porque, debidamente ingerido en infusión, alivia la afonía, la faringitis, el asma y la bronquitis crónica. Una fuerte inspiración en la Avenida de los Descubrimientos lo cualifica a uno para entonar a capela los pasajes más emocionantes del Turandot de Puccini.

Allí, de cara a la esfera armilar, que un día echará a rodar como el pedrusco de Indiana Jones en cuanto alguien pise la loseta suelta equivocada, la opción es sencilla: tirar hacia la nada de la derecha o hacia la nada de la izquierda. En cualquiera de los dos casos tendrá que vérselas con los coches, el verdadero pavimento de una isla donde solo ahora, 25 años después, hace como que quiere poner orden el Ayuntamiento. Los coches son las losas y panteones de este gran chicharral ocupado pero no habitado que, por lo demás, solo imita a la ciudad a la hora del desayuno gracias a las ofertas de café con tostada y zumo.

Y a los sueños. Días antes de la inauguración del CaixaFórum, el director de la Fundación Tres Culturas, José Manuel Cervera, celebraba la llegada del nuevo inquilino con el deseo de constituir con él, con el Pabellón de la Navegación y el lote cartujano (monasterio + Centro Andaluz de Arte Contemporáneo) un «polo cultural» que revitalice aquel páramo de aires transilvanos al que no va ni el Tato con una estaca.

El Pabellón de Hasan II, antiguo de Marruecos, es la coqueta joya moderna de la isla tanto por dentro como por fuera y también por su programación. Allí, en la calle Max Planck, a una pedrada del monasterio, aún es posible imaginar que hubo una vez en que la gente se peleaba por entrar en la Cartuja y hacía colas inmensas y proverbiales ante la mayoría de sus pabellones nacionales y temáticos. Una fantasía que también permite y fomenta, a su lúdico modo, el parque temático Isla Mágica, donde los actores callejeros y la estampa caribeña rinden tributo a la hoy políticamente incorrecta hispanidad, como si los españoles hubiesen hecho en el Nuevo Mundo más daño del que hicieron los colonos anglosajones en el trozo del norte, o del que hicieron los romanos entre los bárbaros del norte que hoy presumen de calles limpias y de exitodos informes PISA, sin que se oiga una sola protesta. Pero no: hay que decir Latinoamérica, porque para eso la gesta se forjó en un callejón del Trastévere lleno de ropa tendida y no en el río Guadalquivir.

La cultura también está en los árboles. Recorrer la isla y sus jardines es una pequeña vuelta al mundo vegetal que habla de lo bonito que es que las rarezas convivan entre sí. Pero es inevitable: la melancolía se ha unido a una visita donde lo que más se echa de menos es gente caminando. Por la Cartuja no anda nadie. Será en venganza por lo mucho que anduvieron por allí en 1992. A lo lejos, el estadio cuenta que los juegos olímpicos no pudieron ser. Una lástima, porque ello habría supuesto una moratoria al olvido. Sea usted gato, viva en la Cartuja. Ambiente tranquilo, muchos ratones. Excelentes vistas al futuro perdido.


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