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Crónicas dominicales

La Semana Santa que huye de la tragedia y lo profundo

28 mar 2021 / 04:00 h - Actualizado: 28 mar 2021 / 04:00 h.
"Crónicas dominicales"
  • Javier Pulpo / Europa Press
    Javier Pulpo / Europa Press

En Sevilla, la Semana Santa no es algo trágico ni oscuro ni pesimista. Los cristos y las imágenes de Jesús Nazareno no proyectan crispación sino calma y las vírgenes lloran con lágrimas que se deslizan por un rostro dulce que parece que nos regala una leve sonrisa. Pero puede que un brillantísimo continente oculte el significado profundo de estas fechas.

A finales de los años 80 culminé unos estudios oficiales de posgrado en Antropología con un trabajo de investigación que se publicó en Madrid en 1989 con el nombre de Religión y religiosidad popular en Andalucía. Por cierto, la portada de la colección donde se editó el libro la diseñó Alberto Corazón que se nos murió hace poco. En las conclusiones de mi trabajo aclaré que el texto estaba escrito por una persona no creyente y sin embargo el que fuera canónigo de la catedral de Málaga, José María González Ruiz, le dedicó un elogioso artículo en Diario 16 Andalucía que me llenó de satisfacción porque yo admiraba a González Ruiz. No nos conocíamos, a mí me gustan en especial los elogios cuando quien me los envía no me conoce, igual que me alegra sobremanera cuando me llaman de alguna universidad para que vaya a dar charlas o a impartir clases no porque alguien me conozca personalmente sino porque han leído mi trabajo académico y les ha gustado. El humano, en Sevilla especialmente, funciona en grupos o “tribus” y cuando no lo hace el hecho es mucho más interesante porque se sale de la regla.

Fenómenos oníricos

Por supuesto, mi investigación estaba exenta de los típicos tópicos con los que se rodea la conmemoración de la muerte y resurrección de Jesús de Nazaret, algo que, como se sabe y recordaré después, no posee la novedad que se le otorga por numerosos fieles. Me interesé especialmente por la vertiente puramente psicológica del acontecimiento.

Las representaciones fúnebres de la Semana Santa andaluza, acompañadas de unos afectos de alegría y de fiesta, el Jesús Crucificado que en Andalucía se convierte en Padre, en Dios-Padre, más que en su Hijo, los rostros agónicos de los Cristos, en los que los fieles perciben una especie de sonrisa, las vírgenes que a la vez lloran y sonríen, constituyen fenómenos que con frecuencia se han calificado de “oníricos”.

El culto a la Madre

Andalucía en general y Sevilla en particular se nos presenta como obsesivamente mariana, es la tierra de María Santísima. El culto a la Madre hunde sus raíces en la cultura ancestral de los pueblos. El culto a las Gran Diosa Madre fue imponiéndose por todas las culturas del área mediterránea. Andalucía, zona que ha recibido muy directamente el impacto de todas esas culturas, fue acogiendo y haciendo suyas las diversas versiones de la divinidad materna. La Artemisa griega, convertida posteriormente en la Diana romana, ocuparon ambas un lugar importante en la primitiva zona de lo que hoy conocemos como Andalucía y por supuesto en otros lugares de la península.

Más importante aún parece ser el influjo de la gran diosa Astarté, de los fenicios, que con distintos ropajes fue instalándose en templos y santuarios del llamado Mare Nostrum. Transformada en la Afrodita griega y en la Venus imperial romana era ya venerada en Andalucía como la Tanit ibera, de la que pudiera ser una versión la Dama de Baza, hallada en 1972 por el profesor Francisco Presedo Velo, de la Universidad de Sevilla, del que tuve el honor de recibir clases, hoy bastante olvidado. La Dama de Baza se la llevaron a Madrid para unos “arreglos” y jamás regresó a Andalucía, la Junta nunca se esforzó para que así fuera cuando se trata de una escultura ibérica del siglo IV antes de Cristo, comparable a la Dama de Elche, de esa misma época.

La adoración a la Madre no era extraño que se llevara a cabo en lugares fértiles de parajes rurales. Caro Baroja nos habla de la “Lux Divina” o “Lucero de Venus” a la que se le dedicó un templo en la desembocadura del Guadalquivir. Es significativo que a la Virgen del Rocío se la llame “Lucero de las Marismas” en su santuario tan cercano al que se dedicó al Lucero de Venus. El culto a la virgen se intensifica en mayo y septiembre, épocas relacionadas con siembras y cosechas.

En Andalucía y en Sevilla la devoción a la Diosa Madre posee una característica muy especial tal vez derivada de la condición eminentemente agrícola de nuestra tierra. He visto en dos lugares externos a Andalucía manifestaciones populares bastante inimaginables en el sur de España. En uno observé que en Semana Santa sacaban en procesión a una virgen yacente y en otro -no de cultura agrícola sino ganadera y “celta”- que tras la procesión la virgen no regresaba al templo de inmediato siguiendo un itinerario y bajo los fastos de los devotos sino que era guardado el pequeño paso en unas dependencias mientras los romeros comían para, después, llevarla a su templo en una furgoneta descubierta.

Pasear por las calles sevillanas a una virgen muerta es un fenómeno extraño y más extraño en Semana Santa. Y conducirla en una furgoneta de regreso a su templo sería algo así como un sacrilegio. Se trata justamente de lo contrario, la virgen, como veremos, en un tiempo de muerte, representa la necesidad de la vida y la esperanza para los humanos.

Dios-Padre

Uno de los pocos trabajos interesantes sobre las relaciones entre la psicología humana y la religión -en concreto entre la Semana Santa y el psicoanálisis en Andalucía- se lo debemos a Carlos Domínguez Morano y su obra “Aproximación psicoanalítica a la religiosidad tradicional andaluza”, editada en dos partes. Es un tema delicado que desde luego con algunas de sus afirmaciones -que no voy a recoger aquí- podría “espantar” al llamado público capillita que se ha alzado en monopolizador de la Semana Santa sevillana con ese acto simbólico en el Teatro Maestranza y con diversos programas de radio muy típicos de una ciudad que, en relación con un determinado segmento social, da la impresión de que más que desear que el niño nazca está anhelando que muera para sentirse vivo.

Aunque se interpreta por la calle esa música con banda de cornetas y tambores adaptada -con poca fortuna, a mi juicio- de la copla La Saeta, basada en la versión musicada por Serrat del conocido texto de Antonio Machado, me da la impresión de que el sevillano no se da por enterado cuando la letra afirma que el poeta no quiere al “Jesús del Madero” sino “al que anduvo en la mar”. Asimismo, no creo que sea muy admirado el impresionante poema del gran León Felipe -un poeta que no duerme, sino que despierta a la gente- titulado Cristo: “Viniste a glorificar las lágrimas/ ...no a enjugarlas .../ Viniste a abrir las heridas .../ no a cerrarlas. / Viniste a encender las hogueras .../ no a apagarlas ... / Viniste a decir:/ ¡Que corran el llanto,/ la sangre/ y el fuego .../ como el agua!”.

Aparece Dios como un Padre al que se le necesita imperiosamente pero también al que se le contesta en ocasiones. Se acepta en lo negativo su voluntad pero, al mismo tiempo, parece como si también el pueblo no fuera excesivamente receptivo a ella. No obstante, la actitud pasiva de los públicos andaluces continúa, porque ese pueblo, entonces, gira hacia la religión mariana, gira hacia la Madre, como un intento de protección y consuelo frente a Dios.

El drama de la Semana Santa

La Semana Santa, según Domínguez Morano, es perfectamente comparable con la dramatización de una obra teatral. En una dramatización, la creación de la obra por un autor, la representación por parte de los actores y la identificación con el drama representado por parte de los espectadores, están ocultando, a la luz del psicoanálisis, deseos insatisfechos que la fantasía teatral permite ver cumplidos.

Teniendo todo esto en cuenta, la Semana Santa se nos aparece, desde el barroco andaluz, como algo más que una suntuosa manifestación religiosa, estética o, simplemente, festiva. El andaluz del barroco es de alguna manera un dramaturgo, un escenógrafo y también un actor que, de un modo sustitutivo por medio de la sublimación estética, y con cierta dimensión obsesiva por la práctica de un ritual meticuloso, está intentando dar cauce, del mejor modo que le es posible, a los conflictos psíquicos que anida.

Las predicaciones religiosas oficiales han calado extraordinariamente en la conciencia de un gran segmento de público andaluz. El hecho explicativo oficial de que “todos somos responsables del asesinato de Dios-Padre” a través de su Hijo hecho hombre, ha calado en los espíritus andaluces y de otros pueblos. Parece como si ese pueblo quisiera purgar su culpa en cada celebración de la Pasión. El pueblo toma a los cristos, a los Nazarenos, y los hace suyos, se siente culpable de sus padecimientos, de la tortura y crucifixión a que fue sometido Jesús de Nazaret, los mima, los mece y lanza alabazas sobre ellos. Y, al final, no podía ser de otra manera, los resucita y desea que bendigan todos los enseres populares.

Es algo similar a lo que hizo la diosa Cibeles que al tercer día resucita al joven Áttis, su amante, que nació en primavera. Cibeles era la diosa griega, originalmente frigia, de la fértil Madre Tierra, adoptada por Roma, que fue adorada en Anatolia desde el neolítico. Asimismo, la diosa egipcia Isis, resucita periódicamente a su hermano Serapis-Osiris, todo para satisfacción propia.

Sin embargo, esta dicotomía muerte-vida se completa además con la presencia de la Virgen. El andaluz tiene en la virgen a la madre a la que reza para que interceda ante el Padre-Dios, el católico se dirige con más frecuencia a la Madre y a los santos que a Dios mismo, como se hace o se hacía en el seno de una familia donde es la madre la que intercede ante el padre cuando los hijos desean algo y no se atreven a demandarlo a la autoridad suprema doméstica o bien en caso de conflicto de los hijos con el Padre. También los rezos a los Cristos y Nazarenos se les dedican, en primer término, al Hijo, no al Dios-Padre. Este modo de actuar, tan freudiano, sufre una considerable crisis en la actualidad donde se tiende a disminuir o suprimir jerarquías tal vez porque se las identifica con el autoritarismo y la tiranía. Es uno de los efectos de la posmodernidad.

El hecho es que detrás del paso sangrante del Padre -que en Sevilla es poco sangrante-, detrás de la muerte, en suma, llega la Virgen con lágrimas pero cargada de vida, cargada de riquezas que la propia gente aporta. Es la confirmación de la vida -a la que se grita de alborozo- que camina siempre para vencer a la muerte, es el sentido de toda una doctrina que, en el caso andaluz, no parece tener muy en cuenta el significado de la muerte del Nazareno: su oposición a un régimen despótico en el seno del cual reinaba no Dios, no la justicia entre los hombres, sino todo lo contrario.

Da la impresión de que la visión digamos más positiva y realista, aplicable a la actualidad, de la vida de Jesús de Nazaret, con sus esperanzas, con sus rupturas para conseguir el Reino de Dios, para acercarse a paliar las necesidades de los más desfavorecidos, tan sólo ha calado en una amplia minoría de los andaluces, hasta el momento. El continente solemne y seductor, para todos los públicos, de la Pasión, cubre en gran medida su significado más profundo.


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