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Crónicas dominicales

La universidad o es o no es

La universidad ha sido siempre una isla de libertad, pero ahora hay líneas rojas impuestas por la ley Castells. La obligación de todo librepensador es cuestionarlas y, si lo cree conveniente, rechazarlas

26 sep 2021 / 04:13 h - Actualizado: 25 sep 2021 / 12:15 h.
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  • La US es la única universidad andaluza clasificada en el ranking QS de empleabilidad.
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O estamos o no estamos en la universidad. Hasta cuando Franco detentaba el poder la universidad pública era una isla de libertad, dentro de lo que cabía. En el interior de la universidad y en los cineclubs a los que asistían universitarios se podía decir y hacer, con cuidado, lo que no era posible fuera de esas paredes.

En 1976 yo era un colaborador de la desaparecida cadena de radio pública Radio Cadena Española (RCE) cuya emisora en Sevilla era La Voz del Guadalquivir. Todas las semanas aportaba a su programación un espacio sobre universidad, yo era alumno en la Facultad de Geografía e Historia, un centro en el que había follón antifranquista un día sí y el otro también, follones en los que yo era parte activa. A veces salíamos a la calle San Fernando a manifestarnos -entonces tenía tráfico rodado- o lo hacíamos en la parte externa de la Fábrica de Tabacos, en el campus. La policía vigilaba y raras veces entraba salvo en alguna ocasión como en 1975 cuando conmemorábamos el primer aniversario de la Revolución de los Claveles en Portugal.

El caso es que al llegar a la emisora para emitir en directo mi programa me llamaba Joaquín Arbide, que en paz descanse, a su despacho, para preguntarme el contenido del espacio. Arbide era jefe de programas entonces y sabía de mi rebeldía, por supuesto. Cuando le decía que iba a hablar de unas cargas de la policía y de una manifestación se enfadaba mucho conmigo y yo con él, no se podía hablar de eso y menos en un medio público, ahora lo comprendo y le mando un abrazo allá donde esté, él cumplía con su obligación de jefe y yo con la mía de joven inconformista. Era la tónica general de la información periodística menos en la universidad donde se escribía y se hablaba del tema con bastante libertad en asambleas y reuniones clandestinas.

Tolerancia y diálogo

Dice la llamada Ley Castells sobre la universidad: “la comunidad universitaria ha sido a través de la historia un espacio de libertad intelectual, de espíritu crítico, de tolerancia, de diálogo, de debate, de afirmación de valores éticos y humanistas, de aprendizaje del respeto al medio ambiente y de preservación y creación cultural, abierto a la diversidad de expresiones del espíritu humano”. Queda claro, ¿verdad? En otras palabras, se puede decir que en la universidad no hay nada incuestionable y que la libertad de cátedra es total y se ejerce entre otros motivos porque lo recoge la constitución. Ya la constitución puntualiza que se ejerza dentro de la propia constitución y desde ese momento ha dejado de ser libertad de cátedra auténtica. Ahora Castells empieza afirmando en su ley lo que se acaba de recoger para más adelante y en otras disposiciones legales colocar barreras a la libertad de expresión de alumnos y profesores.

La libertad de expresión universitaria implica que no hay nada incuestionable en la universidad, y nada es nada. Lo único que se exige es rigor, argumentación de lo que se dice, fundamentación teórica y empírica a ser posible. Si no es así, estamos, salvando las distancias, en las eras en las que Sócrates, Fray Luis de León, Newton, Galileo, Copérnico, Nietzsche, Freud, Aranguren o Tierno Galván no pudieron hablar con toda sinceridad de sus ideas en público o en la academia.

El sonsonete del “espíritu crítico” está presente en todas las leyes sobre enseñanza en general. ¿Se sabe realmente qué es un espíritu crítico? Entre otros aspectos, el que cuestiona e incluso rechaza a la misma sociedad en la que se vive y al contenido mismo de la ley Castells. Sin embargo, su aplicación conlleva dos efectos: uno, que el poder de la sociedad en la que vives te margina cuando lo ejerces; dos, que hay miedo a comentar ciertos aspectos de la ley Castells como el de la igualdad no por méritos en primer lugar sino por género, así como rechazar abiertamente la poca exigencia de esfuerzo que se le pide al alumnado. Y hay un tercer efecto negativo que encierra el espíritu crítico: el rechazo de los críticos cuando aplicas el espíritu crítico al espíritu crítico, qué paradojas, ¿verdad? La tolerancia y el diálogo ya no se ven tan claros pero el papel es muy sufrido.

Lo políticamente correcto

Si la ley Castells no incluye un lenguaje inclusivo innecesario y unas cuantas referencias a lo femenino corren a gorrazos al ministro. Pero no hace falta, el señor Castells se sabe el catecismo de la nueva dictadura que incluye estos aspectos y otros como el desprecio al esfuerzo, ya mencionado, y a la memoria incluso. A poco de comenzar el texto del anteproyecto de ley se indica: “La calidad y formación de los y las trabajadoras...”. ¿Pero qué es esto? ¿”De los y las trabajadoras”? Será en todo caso “de los trabajadores y las trabajadoras”. Con lo fácil que es escribir “de las personas que trabajan en la universidad”, mira qué fácil, personas, no personos, y queda uno la mar de bien no sólo con la Real Academia -que para algo está- sino con el montón de expertos y expertas en Lingüística y Filología Hispánica que existe en la misma universidad y que está en desacuerdo con estas papanatadas.

El lenguaje exclusivo de la frase antes mentada debe tener una razón y es que la universidad -dice Castells- se ha feminizado y yo que me alegro. No obstante, bien está que se llene de damas el alma mater de una y otra parte de la geografía española, lo que no debe es llenarse de estupidez, sin ley Castells ya recibo multitud de correos electrónicos a diario de la universidad y de la Junta repletos de barras que separan la o de la a e incluso arrobas y equis, en fin, una eclosión de humanidades idiomáticas.

A lo anterior añade el anteproyecto esta parrafada: “La autonomía del aprendizaje en un entorno digital permite al profesorado centrarse en guiar la reflexión superando el papel tradicional de control de la memorización, habida cuenta la disponibilidad y accesibilidad de la información a través de Internet”. Claro, claro, es que Internet se lleva pegado al cuerpo esté uno donde esté, en Hardware o en la UPO, en la botellona o en la disco, en el desierto de Gobi o en el mismo corazón de la Amazonia, comiendo o haciendo de cuerpo, es el cerebro real mientras que el cerebro de carne y hueso es el que lo sirve, ¿para qué lecciones magistrales de los profesores?, ¿para qué el cultivo, aunque sea lo necesario, de la memoria? ¿En qué años fueron las dos guerras mundiales habidas hasta el momento? Un momento, que se lo pregunto al dios Smartphone. ¿Cómo se llama el centro financiero más importante del mundo? ¡Oido! ¡Se lo pregunto al cacharro! ¿Dónde nació usted? No lo sé, se me acaba de terminar la batería del móvil.

Resulta que los seres humanos somos el resultado de una evolución basada en el intercambio de información constante y cada vez más complejo que llevan a cabo moléculas y células almacenando datos que se van transmitiendo y la ley Castells dice que basta con guiar porque hay que superar el papel tradicional de la memorización. Pues claro, eso si estamos hablando de la lista de los reyes godos, no cuando debemos retener datos que nos sirvan para construir una idea sobre la marcha, no apretando teclas para que nos saquen de la ignorancia. Los exámenes que más se suspenden en ciencias sociales y humanidades son los de reflexión en los que se les permite a los alumnos usar libros, apuntes e Internet. ¿Qué es la memoria? Nos lo va a decir el profesor David Christian: “la capacidad de registrar los resultados de resoluciones anteriores y la posibilidad de utilizar los datos almacenados para la futura toma de decisiones”. Castells me diría seguramente que estoy simplificando su ley. Vale, pues puntualice usted, señor ministro, y no diga superficialidades, no sea usted otro apóstol fanático del éxtasis cibernético. Si afirma usted en el anteproyecto que la universidad no puede encerrarse en su “torre de marfil”, no me vaya a encerrar ahora un cerebro humano en un bote de chips porque se me arruga y se me torna en pasa.

Habría tanto que decir...

El anteproyecto de la ley Castells da para un texto no apto para un espacio periodístico. A mí no me importa tanto que los rectores no tengan porqué ser catedráticos porque pienso que los catedráticos debemos ser las puntas de lanzas no de las quejas ante la Junta o el Ministerio sino de la ciencia, del conocimiento, hay catedráticos con mucha gestión y poca ciencia en sus currículos. Pocas mentes realmente brillantes desean gestionar y pelearse con decanos, directores de departamento y políticos, siempre vi a nuestro Manuel Losada Villasante, discípulo de Severo Ochoa y Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica, en su laboratorio y en sus clases, desde los años setenta del siglo pasado en que lo entrevisté para el semanario Tierras del Sur.

Para no extenderme más, le agradezco al anteproyecto Castells que persiga aumentar el gasto en educación universitaria para dejar ese vergonzoso 0,8 ó 0,9 por ciento del PIB mientras que la media en la UE es del 1,22 y hasta algunos países no europeos como Argentina o Costa Rica están ligeramente por encima del 1 por ciento. Ahora que diga cómo se hace tal aspiración. Asimismo, hay que saludar que, “por primera vez, se establece la obligación de que las universidades, tanto públicas como privadas, destinen un mínimo del 5 por ciento de su presupuesto a la investigación” Veremos en qué queda todo este deseo.


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