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La Virgen preferida del más pobre de los santos

Hoy, 2 de agosto, se celebra la festividad de Nuestra Señora de los Ángeles, una extraña advocación impulsada por San Francisco de Asís desde que reconstruyó la pequeña iglesia de su pueblo

Álvaro Romero @aromerobernal1 /
02 ago 2020 / 16:16 h - Actualizado: 02 ago 2020 / 16:13 h.
"Arte","Historia","Historia","Pobreza"
  • Virgen de los Ángeles de Los Negritos. / El Correo
    Virgen de los Ángeles de Los Negritos. / El Correo

De entre todas las advocaciones de la Virgen María, entre las que abundan sentimientos humanos de toda la gama (Amor, Esperanza, Dolor y Penas, entre tantos otros), no deja de seguir sorprendiendo, casi nueve siglos después, que la de los Ángeles, tan excelsamente poética, se le ocurriera a un hombre tan sencillo como aquel Giovanni que nació en un pueblecito de la Umbría italiana llamado Asís y que, al convertirse en el primer referente de la vuelta a la pobreza no solo espiritual que necesitaba la Iglesia Católica en plena efervescencia medieval de las Cruzadas, eligiese para sí el nombre de Francisco y para la Madre de Dios el nombre de unos misteriosos seres que no solo había protagonizado las sesudas reflexiones teológicas de una de sus nuevas disciplinas durante la Edad Media, sino que procedían de una tradición mucho más profunda, pues ya las culturas paganas de miles de años atrás habían adorado ángeles por ser mensajeros (que es lo que significa etimológicamente la palabra hebrea) en aquel tiempo sin tiempo en que los hombres pensaban en dioses desde sus cuevas.

Los pueblos asirios les habían añadido alas a los mismos semidioses que luego los griegos identificaron, por ejemplo, como Hermes, precisamente el dios mensajero del Olimpo, o Eros, el dios del amor. Los romanos le conservaron las alas a Cupido, pero es que el mismísimo Platón había hablado ya de ángeles guardianes que protegían a los hombres, una acepción que el cristianismo, a través de San Jerónimo, calcó para sus ángeles de la guarda o custodios. La angelología fue capaz tiempo después de clasificar a aquellos seres que la propia Iglesia había prohibido adorar, pues eran supuestamente creaciones de Dios y no dioses, en serafines, querubines, tronos y arcángeles. A los primeros, mencionados exclusivamente por el profeta Isaías, se les supone tres pares de alas y una adoración continua a Dios. Los querubines, por su parte, se encargan de guardar la entrada del Jardín del Edén desde que el ser humano fue expulsado de aquel Paraíso. Los tronos, a los que hace referencia el Apocalipsis, aparecen alrededor del propio trono divino y tienen la apariencia de león, toro, hombre y águila que había adquirido los cuatro evangelistas. Los arcángeles, por último, reciben misiones importantes para la humanidad, y por eso son célebres el arcángel San Gabriel que ayudó al profeta Daniel en su suplicio o que, muchos siglos después, le anunció a María su propio embarazo, o los arcángeles Miguel o Rafael, que incluso han llegado a protagonizar poemas lorquianos en su íntima relación con ciudades andaluzas como Granada o Córdoba, respectivamente.

A todos ellos, en cualquier caso, los había visto aquel joven Giovanni que se rebeló contra su destino de guerrero y de hijo de rico comerciante que se rebautizó con el hombre de Francisco porque su padre lo apodaba así (“el francesito”) tras volver de sus negocios telares por unas tierras francesas que admiraba toda la familia. Debido a su veneración por los ángeles y a su amor por la Madre de Jesús, aquel convertido Francesito abandonó los planes de éxito que le tenía reservados su padre y se dedicó a reconstruir una pequeña iglesia cerca de su pueblo conocida como la Porciúncula, que consagró a Santa María de los Ángeles; él, que se había enamorado de la libertad de los pájaros y que recordaba como enseñanza fundamental en la orden que fue capaz de fundar aquel mensaje ecológico del propio Cristo: “Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros, y sin embargo, el Padre celestial las alimenta. ¿No son ustedes de mucho más valor que ellas?”. No deja de ser curioso que el único hermano de San Francisco se llamara Angelo.

Aquellos ángeles que habían detenido la mano de Abraham cuando fue a matar a su hijo fueron parientes de quienes alzaron a María al Cielo y es probable, según la Iglesia, que de los que estarán presentes en el Juicio Final, según ha representado el arte de todos los tiempos, hasta que descubierto el Nuevo Mundo, los católicos españoles bautizan la ciudad descubierta en el confín de California con el nombre de Los Ángeles, memoriosos de aquella advocación que no convirtió en místico al santo de Asís, al otro lado del mundo y de la Historia, sino que enterró más aún sus pies en el barro de sus iguales. Hace solo veinte años, el arquitecto Rafael Moneo diseñó en Los Ángeles una moderna catedral puesta bajo la misma advocación.

Hace muy poco, el franciscano Papa actual, de nombre precisamente Francisco, ha insistido en que el Ángel Guardián existe, que no es ninguna fantasía, sino que “un compañero que Dios ha puesto a cada uno en el camino de la vida”. “No es una doctrina sobre los ángeles un poco fantasiosa: no, es realidad. Lo que Jesús: ‘Yo envío un ángel ante ti para custodiarte, para acompañarte en el camino, para que no te equivoques’”. ​En cualquier caso, son los mismos ángeles que rodean a una mujer sencilla a la que la Iglesia convierte en reina para competir tal vez con los otros ángeles caídos que también adquirieron nombres propios desde la noche de los tiempos, cuando el mismo hombre que soñaba dioses en sus cuevas pensaba en metáforas del mal.


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