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«Más bailar y menos copas de balón como en el pub»

La Feria de Abril mantiene rituales de agasajo que esta experta en costumbres imitativas analiza. Hay hábitos que han desaparecido y otros, como el baile, que van a menos

27 abr 2015 / 18:03 h - Actualizado: 27 abr 2015 / 18:09 h.
"Feria de Abril 2015"
  • La doctora en Filosofía y escritora Inmaculada de la Puente-Herrera. / El Correo
    La doctora en Filosofía y escritora Inmaculada de la Puente-Herrera. / El Correo

Para la escritora y doctora en Filosofía sevillana Inmaculada de la Puente-Herrera –autora de El imperio de la moda, editado por Arcopress, la Feria de Abril se puede describir como un potlacht. ¿Y qué es eso? En esta entrevista explica cómo en la Feria, al igual que en comuniones, bodas y otro tipo de eventos, se reproduce una costumbre ancestral –que los estudiosos identificaron en los indios de Norteamérica, de ahí el nombre impronunciable–. El potlacht es de gran importancia para el prestigio: se consume lujo para mantener un estátus, no por necesidad.

¿Cómo es el consumo en la Feria?

–Fundamentalmente, quienes disfrutan de la Feria yendo a casetas públicas (de asociaciones de trabajadores, de distritos, de ciertas hermandades) por regla general consumen pagando a escote o bien con un fondo común. Es algo muy usual. Es uno de los modos de vivir la Feria. Digamos que en este caso adquiere un carácter comunitario.

¿Por qué se puede hablar entonces de potlacht en la Feria de Abril?

–En determinados grupos sociales de diversa índole el consumo y disfrute de la Feria supone una experiencia de potlacht y consumo ostensible. Ya no es una feria de ganado pero continúa siendo un lugar de negocios empresariales. Por esta razón, con quien se quiere hacer negocios o seguir manteniéndolos recibe el agasajo de suculentas viandas regadas con buen vino en casetas pequeñas, muy bien decoradas. Por lo general, los participantes llegan a la propia puerta de la caseta previo paso por el Real en carruaje, y si la ocasión lo permite se continúa con una invitación a los toros. Es toda una ceremonia ritual. Con toda probabilidad, en caso de una visita del anfitrión al huésped, también será tratado de la misma manera o incluso mejor, puesto que se trata de estar a la altura. El potlacht no solo incluye la participación de estos personajes principales, sino también de quienes sirven o trabajan. Por esta razón los conductores de estos carruajes visten a la antigua, incluso con chistera, es decir, el traje de gala propio de su profesión, que indica el poderío del anfitrión. Es toda una puesta en escena ceremonial. El varón lleva un traje fijo, tanto si es caballista o no, y no debe hacer uso de la corbata, puesto que no es propia de la Feria: mejor chaqueta abierta e incluso camisa y clavel en la solapa.

¿Qué pasa con el traje femenino, el de flamenca?

–El traje de flamenca es el habitual en la esfera femenina y sí está sujeto a la última moda, más que otros: se pueden encontrar trajes de bávara para la Oktoberfest estampados en animal print, pero el corte siempre es el mismo. El de flamenca solo respeta el tener volantes, pero éstos y el corte del traje cambian con rapidez. Aquí es importante recordar que el traje de flamenca se exhibe en pasarelas como Simof, aunque el común de las mortales los compremos en tiendas que no son de firmas o se hacen en casa, con la modista. Eso sí, imitando la nueva moda. Algo curioso es que la moda vintage no llega al traje de flamenca. A nadie se le ocurre ponerse uno de los 80. En cambio, los accesorios clásicos, como los pendientes, corales o pulseras sí pueden ser antiguos y pasar de madres o abuelas a hijas. Ésta es una de las razones por las que el diseño del traje de flamenca y todo lo que lo rodea es una profesión en auge. Y esta moda del traje de flamenca está vinculado al potlacht y al consumo ostensible del que habló ya Thorstein Veblen (1857-1929) en su Teoría de la clase ociosa.

¿Sólo hay potlacht en el mundo empresaria ?

–El ceremonial, a otra escala, se da en esferas de amistad o de colegas. Se trata de personas que tienen casetas privadas y que, en el momento en el que entra un amigo o conocido se pasa a la trastienda y se le invita. Y al jugar en terreno contrario también hay que estar a la altura. Es una situación muy habitual en la Feria. Hay también un potlacht de clase media, más modesto, en el que se siguen las mismas normas ceremoniales. Se da un comportamiento imitativo vertical. Se imita el consumo de la clase alta. El grupo de referencia son los señoritos. De ahí la expresión señorío, lucir un traje con señorío. En este tener que estar a la altura hay quien lo pasa mal porque su economía se resiente o recurre al préstamo. Ahí aparece el sentimiento de vergüenza.

¿Supone un problema más que un goce la Feria?

–No. Cuando se pueden realizar este tipo de actos ceremoniales entre colegas y amigos deben hacerse con toda la confianza. Ya hay demasiados problemas en la vida y en esta crisis provocada como para convertir un espacio de disfrute en un problema que quite el sueño. Hay que tener confianza y respeto por la situación de cada cual, y recurrir a pagar a escote. El caso es disfrutar, y bailar no cuesta nada y es un sano ejercicio.

¿Esta ceremonia social del potlacht siempre ha sido así?

–Básicamente sí, pero se extendía a todo el mundo, incluso entre las clases populares. Me explico: Si hacemos memoria, hasta los años 80 se iba a la Feria con la cesta llena de papeles de embutidos, queso, tortilla y filetes empanados. Esto se permitía en las casetas populares, incluso privadas. Únicamente había que pedir la bebida o el helado. Se trataba de esa Feria regada con fino o manzanilla y en la que se bailaba mucho más que ahora. Y esto no es solo una descripción, sino la autocrítica de una mujer nacida en abril con el capirote en la cabeza y tacones y palillos, tal como decía de mí mi abuela Rosario. Esta pérdida del picnic feriante es una auténtica desgracia con la que nos está cayendo. Con el picnic de Feria era posible ir de caseta en caseta disfrutando de una buena comida en la que todo el mundo trataba de superarse y estar a la altura, pero conviviendo y con los pies destrozados de bailar y la garganta ronca de cantar. No había que salirse de la Feria a comer o llegar comido porque no se puede gastar ni para uno mismo. Cuánto más para agasajar a otro. En este antiguo contexto el potlacht no se vinculaba al consumo ostensible. Ibas a una caseta y participabas de una tortilla maravillosa con los amigos, sobre todo después de tanto bailoteo. Imaginen ahora a alguien sacando tuppers. Sería el objeto de las miradas. ¡Qué sensación de vergüenza! Pero es que hay una norma nueva que se ha impuesto cada vez más en un ambiente de tradición, de repetición cíclica anual: la norma del postureo, de imitar al señorito. Antes se adelgazaba de tanto bailar, y se comía para reponer fuerzas, no era la actividad principal. Pero el sevillano es vergonzoso, vive en una sociedad donde no existe el Carnaval, la máscara para el yo desinhibido. Si soy crítica y sincera este potlacht popular debe recuperarse en la tradición de la Feria. Más bailar y menos beber de pie copas de balón como en un pub, que es el Real de la Feria y no la plaza del Salvador. Suena a tópico lo de cantar y bailar, pero es que estamos en su ambiente natural, la Feria de Abril.


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