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“National Geographic exige máximo rigor en los datos y da libertad en lo creativo”

José Miguel García Sánchez / Realizador y productor televisivo. Era un niño del Tardón que soñaba con ser aventurero y lleva 10 años haciendo para National Geographic documentales de naturaleza, ciencia, innovación y costumbres. Ha ganado 3 premios de oro y uno de platino en el WorldFest de Houston

Juan Luis Pavón juanluispavon1 /
26 feb 2017 / 07:31 h - Actualizado: 26 feb 2017 / 16:04 h.
"Son y están"
  • José Miguel García Sánchez, rodando en Taiwan ‘Taste of The Tropic’, galardonado con el REMI de Oro del Festival de Houston. / EL CORREO
    José Miguel García Sánchez, rodando en Taiwan ‘Taste of The Tropic’, galardonado con el REMI de Oro del Festival de Houston. / EL CORREO

“Todavía no le gano a mi madre en número de países visitados, y he heredado su espíritu viajero. Cuando yo era muy niño, ella trabajaba de peluquera en un trasatlántico de la naviera Ybarra. Estaba fuera de casa por periodos de tres meses, y nos enviaba postales desde cada puerto. Y volvía a casa con guacamayos vivos, o con cocodrilos pequeños disecados, que ahora está prohibido sacar de países como Brasil”. A José Miguel García Sánchez, sevillano de 59 años, sus amigos le llaman Capitán, y la Fundación Audiovisual de Andalucía le llama Embajador, como a otros talentosos paisanos que están vivaqueando por el ancho mundo y son un ejemplo por los meritorios resultados que logran. Plenamente integrados en un mercado global, sin depender de localismos y en las antípodas del tópico andaluz.

¿De qué manera compagina un trotamundos como usted la vida familiar y la profesional?

El año lo divido en dos periodos: el más largo residiendo en mi casa, en Palomares del Río, y el de mayor trabajo durante dos o tres meses en Taiwan, que nos sirve como base de nuestros documentales internacionales desde la productora Local Tiger, que creé con la taiwanesa Sunny Han, ella es la productora ejecutiva. En Mairena del Aljarafe está la sede de nuestra empresa Vivac, para los proyectos y trabajos en España, y mi esposa es la productora, lleva toda la gestión. Nuestro hijo mayor, de 31 años, ya ha dado el salto y se ha afincado en Taiwan. Hace toda la edición de nuestros documentales y también está trabajando para Discovery Channel. Nuestro segundo hijo, de 20 años, sigue residiendo con nosotros en Sevilla.

¿Cuáles son sus raíces y cómo eligió ser profesional de la imagen?

Yo soy del Tardón, en Triana, me encanta como barrio. Estudié EGB en los Salesianos de Triana y el BUP en el Instituto Bécquer. Después empecé fotografía, tuve mi estudio, para hacer fotos de moda, de publicidad y también periodísticas, sobre todo para revistas de naturaleza, y para el Centro Territorial de TVE en Andalucía. Cuando el desastre ecológico junto a Doñana al romperse la balsa de residuos tóxicos de la mina de Boliden en Aznalcóllar, me fui por mi cuenta a hacer fotos y logré imágenes de montones de patos muertos que eran quemados. Fue portada del periódico ABC.

¿Cómo fue la transición de la cámara fotográfica a la cámara de televisión?

Un paso normal, me gustaba aquel mundillo. En 1989 se iba a crear Canal Sur. Presenté un proyecto sobre perros, le llamé Fiel amigo. Pero no fue aceptado. En cambio, sí pude enrolarme en la serie Sonidos con sabor mediterráneo, con Juan Peña El Lebrijano como protagonista. Ahí empezó mi carrera televisiva. Fue un viaje maravilloso por varios países. Y una gran experiencia para entender el mundo de la televisión.

¿Se animó pronto a emprender por su cuenta?

Sí, con la ilusión del aventurero. Conocía el Norte de África pero no el África subsahariana. Y, con vistas a la Expo’92, me propuse hacer una serie de tres capítulos en Guinea Ecuatorial, en la isla de Bioko. Toda una prueba de fuego, aprendimos de los errores. Fuimos sin apoyos oficiales y, cuando nos empezamos a mover por el país, nos quitaron los pasaportes, la documentación con los permisos concedidos, nos retuvieron en la embajada... Y, además, el gran objetivo era rodar en la Caldera de Luba, maravillosa reserva natural. Pero no pudimos entrar. En los aledaños, viven muchos integrantes de la etnia bubi y descubrimos a los cazadores de tortugas, e hicimos el documental sobre ellos y las tortugas laúd, tortugas verdes gigantes. Como ya se nos habían acabaado las provisiones, no tuvimos más remedio que alimentarnos igual que ellos: tortuga por la mañana, por la tarde y por la noche.

¿Qué rendimiento obtuvo con lo que rodaron?

Canal Sur no lo emitió. Lo pusieron en Documanía. Y no recuperé ni el importe de los vuelos. Cometí el error de los principiantes: pensar que tienes una buena idea, gastarte tu dinero con la confianza de que después tendrás muchos compradores. Así no funciona el mercado audiovisual. Lo que tiene de bueno equivocarse es todo lo que despabilas cuando haces las cosas por tu cuenta.

¿Cuándo comenzó a acertar?

Con la serie Cómo bailan los caballos andaluces, en el año 2000. Antes me había asentado como productor, formé parte de la asociación de pequeñas productoras que protestaba contra los privilegios que otorgaba Canal Sur TV a las llamadas productoras pata negra, por ser de amigos de quienes manejaban el poder. Y a las once pequeñas que nos asociamos, se concedió hacer conjuntamente el magazine La mar de cosas, que fue bastante digno. Después de observar mucho el trabajo de los realizadores, y estudiar el género del documental, pensé que ya era el momento de ser también realizador y no solo productor. Y con la serie de los caballos, rodada en Jerez, y coproducción al 50% con Canal Sur TV, se logró un gran éxito. Todavía se sigue emitiendo. Me ayudó mucho Paco Baños, realizador que hoy es director de cine.

¿Le resultó complicado aprender a negociar en el mercado televisivo a nivel internacional?

Le estaré siempre agradecido a Carmen Illana, en su etapa como directora del área audiovisual dentro de la Consejería de Cultura, y directora de Antena Media Andalucía, en conexión con el programa Media de la Comisión Europea, fue clave para que muchas productoras andaluzas pudiéramos introducirnos en las ferias más importantes del sector, como la de Cannes. Primero, nos enseñó a lograr ayudas a la producción, como se consiguen en otros países. Y después a facilitarnos contactos importantes para darnos a conocer. Recuerdo que nos dijo cuando llegamos por vez primera a Cannes: “Este es el mercado de producciones televisivas más grande del mundo. Y puedes albergar dos sensaciones: O piensas que eres muy pequeño, y te planteas qué haces aquí, y por qué no te vuelvas rápido a casa, o te convences de que eres parte del negocio y estás deseando participar y aprender”. Yo me convencí de lo segundo, y me buscaba la vida para hablar con quien fuera, aunque tenía entonces poco nivel de inglés.

¿Otra serie coproducida con Canal Sur de la que se sienta orgulloso?

La que se titula Maestros de la supervivencia. Sobre las cualidades y técnicas de los indígenas para sobrevivir, de las que pueden aprender los deportistas. Di la vuelta al mundo para rodarla. En desiertos como el Sahara, o el de Sonora (Arizona, EE.UU:), en el Ártico con las comunidades inuits, en selvas de tres continentes,... ¡Si hubiéramos tenido entonces los medios que manejamos ahora! Imagine transitar la selva cargando una cámara que pesaba 15 kilos. Y tener que llevar baterías muy pesadas. Y hasta un depósito de gasolina. Y no tener un dron, ni robots sumergibles...

Imagino cuáles son sus ídolos españoles en el género documental.

Seguro que está pensando en Luis Pancorbo, del que lo he visto y leído todo sobre su serie Otros pueblos, de la que hizo más de 200 capítulos para TVE. Y también Félix Rodríguez de la Fuente y Miguel de la Quadra Salcedo.

¿Cómo empieza su vinculación con National Geographic?

Surgió en 2007, tras hacer un documental en Taiwan y llegar a un acuerdo en este país con Sunny Han para formar una empresa entre los dos como socios. Tras regresar a Taiwan y hacer un segundo documental, vimos una convocatoria de National Geographic para proponer proyectos de programas televisivos. A Sunny le parecía imposible que nos eligieran, pero a mí se me da bien elaborar y exponer los proyectos. Y lo seleccionaron. Desde entonces, llevo diez años trabajando para National Geographic, y, desde hace cuatro años, ya no necesitamos presentarnos a sus convocatorias, sino que nos llaman para que directamente les planteemos propuestas a partir de temas que les interesan. Me siento muy feliz por haber logrado ese estatus.

¿Cómo se reparten las funciones en Taiwan?

Sunny Han es mi socia, ella guioniza en inglés los documentales que hacemos, sobre todo de ciencia, tecnología, naturaleza, antropología,... Su dominio de tres idiomas es muy importante, si no yo tendría que aprender chino y japonés. Yo me ocupo de la realización y dirección. Desde Taiwan organizamos toda la producción, y viajamos para rodar si es en lugares de todo el área Asia-Pacífico, ya sea Chile, Hawaii, Corea, etc.

¿Qué requisitos y exigencias les marca National Geographic?

Realmente, da mucha libertad en tu producción. Siempre que acredites estar al día y en vanguardia de los avances audiovisuales. Una vez te indican sus pautas, y sus guionistas en su sede central en Washington repasan y le dan su punto al guión que le hemos enviado, son muy respetuosos con tus criterios. Tienen un delegado de producción en Hong Kong y viene de vez en cuando a vernos a Taiwan, se sienta con nosotros en la mesa de edición, te sugiere algunos cambios, pero cuando le argumentas por qué te gusta algo que has incluido, lo admiten sin problemas. En lo que son muy estrictos es en corroborar y certificar cualquier dato y cualquier contenido que se incluya. Hay que demostrar la fiabilidad contrastada de todos los datos que se incluyen y de qué fuentes se obtienen. Eso no ocurre en otras cadenas de televisión. Pero claro, National Geographic está en el máximo nivel de rigor y de calidad, junto a las otras cuatro grandes: la británica BBC, la japonesa NHK, las norteamericanas PBS y Discovery Channel.

¿Qué innovaciones está incorporando a sus últimos documentales?

Por ejemplo, el flow motion, es la revolución de los vídeos creativos, más allá del stop-motion y los timelapses. Con arriesgados movimientos de cámara y zoom que, en ocasiones, pueden llegar a parecer de vértigo. Puedes estar filmando con un dron, y entras en una calle, haces un travelling muy fuerte, entras por una ventana, encuentras un ascensor, subes,...

¿En qué consiste el documental que está ahora montando para National Geographic?

Es sobre Seúl, la capital de Corea del Sur, como ejemplo de smart city (ciudad inteligente basada en la aplicación de tecnología, por ejemplo con avances en la gestión del tráfico y del transporte público, incluida su enorme red de líneas y estaciones de Metro). Nos lo encargaron con prisas, porque lo quieren vincular a la puesta en marcha de un enorme rascacielos que se

ha construido en Seúl, la Lotte World Tower, de 555 metros de altura. Hemos tenido que grabar en invierno, con muchísimo frío. El paisaje invernal de Seúl es muy poco atractivo, todos los árboles son de hoja caduca y están pelados, en imagen el blanco de la nieve se lo comía todo, falta verdor. Hemos tenido que comprar algunas imágenes de la ciudad en primavera, porque no daba tiempo a esperar para filmarla en esa época.

¿Los expertos y/o protagonistas que aparecen dando su testimonio, los elige usted o se los indica National Geographic?

Los proponemos nosotros, y los gestionamos nosotros. Sabiendo que han de ser los más relevantes en relación con el tema de ese documental en concreto. Cuando les enviamos la propuesta de guión, también analizan eso desde Washington, y a veces nos dicen: “Esa persona no es lo suficiente importante, no da el perfil, hay que subir el nivel”. Pero, como ya conocemos su criterio, directamente nos planteamos contactar con el nivel más alto posible de personajes. Siendo conscientes de que el documental ha de interesar en todo el mundo, no solo en el lugar donde transcurra la acción.

¿Resulta complicado filmarles para que digan ante la cámara de modo atractivo un testimonio relevante en pocos segundos?

No hay nada más expresivo que el rostro de una persona cuando transmite algo que vive con intensidad. Y a veces cuesta que comuniquen bien. Por ejemplo, en Seúl, pues los coreanos son muy severos en su manera de expresarse. Entrevistamos a los ejecutivos de algunas de las multinacionales coreanas más importantes, y tenía que decirles: “Por favor, ¿puede sonreír un poco?”. Y me respondían: “Un hombre de mi posición no puede sonreír”.

Dígame un ejemplo de documental que no hubiera sido posible llevar a cabo sin ir con el marchamo de National Geographic abriendo puertas.

Sin duda, Cazador de tifones. Estuvimos grabando en la base militar norteamericana de la isla de Guam, en el Pacífico. Allí no entra ningún periodista. Pero lo pedía National Geographic, y nos abrieron las puertas. En esa base estaban trabajando varios científicos en una investigación sobre los tifones. Y con ellos despegamos en un avión C-130, de cuatro hélices, para volar y meternos en el ojo de un tifón que estaba a seis horas de vuelo, y filmar el tifón desde dentro y desde fuera. Reconozco que, cuando me lo dijeron, pasamos miedo antes de subirnos al avión. Dentro del tifón, cuyo ojo tenía 80 kilómetros de diámetro, la distancia de Sevilla a Huelva, la experiencia fue sorprendente, porque desaparece el ambiente tormentoso e incluso tienes un sol espléndido.

En su carrera, ¿ha vivido muchas situaciones de riesgo?

Bastantes. He estado filmando en el Polo Norte, en el Cabo de Hornos, en selvas de muchos países tropicales,... Y he vivido muchos sustos. Por ejemplo, rodando en el observatorio astronómico más importante del mundo, el Centro ALMA, que está en Chile, con 66 antenas para observar el Universo en unas instalaciones impresionantes a más de 5.000 metros de altura. Mi operador de cámara no pudo aguantar esa altitud, sufrió un colapso y estuvo 20 minutos en reanimación en la enfermería, con el oxígeno puesto a tope.

¿Especializarse en este tipo de producciones audiovisuales merece la pena desde el punto de vista retributivo?

Se hace mucho más por vocación que por dinero. En otros géneros audiovisuales sí se gana más dinero. Soy una persona muy curiosa, me apasiona descubrir. Y he visto tanto que ya no observo la vida como la gente normal. A mí no me lleves a un parque temático. Ni a un teatro. No me enseñes cartón piedra ni decorados. A mí llévame con los indígenas, llévame a los confines del planeta. Hace muchos años que dejé de ser turista, mi mentalidad es la del viajero. Convivir días enteros con pigmeos o con bosquimanos, por ejemplo, es de lo más grande que he hecho en mi vida. A mí me gusta más hacer el documental en el que me implico con los seres humanos, que los dedicados a animales, que también los hago.

¿Esos rodajes siguen siendo una aventura en la que se sabe cómo empieza pero no cómo acaba?

Claro. Fui a la Antártida con un plan de rodaje y estancia durante 14 días, y tuvimos que estar 45 días. Ahí no vale decir: “Mira, que ya he cumplido hoy mis ocho horas de trabajo”. Ni en la selva cuando comienzas a caminar a las seis de la mañana y a las cuatro de la tarde te has equivocado de ruta y te has perdido. Por eso es imprescindible conformar un equipo de profesionales que lo vivan con la misma pasión que tú, que estén dispuestos a arriesgarse y a mancharse.

¿Cuál fue su primer documental galardonado en el WorldFest de Houston?

Nos dieron en 2015 un REMI de Oro (cuya estatuilla es muy parecida a la del Oscar) por el documental Hawk Eagle Heroes, que hicimos en 2014 para National Geographic, rodado en Taiwan, sobre un documentalista y un naturalista que, durante diez años, estudiaron la vida de un águila autóctona que se está extinguiendo en su país. Es cazada por los furtivos porque sus plumas han sido tradicionalmente un símbolo de autoridad y reconocimiento. El documentalista descubrió incluso prácticas de canibalismo entre las águilas. Uno de los momentos más emotivos que rodamos fue su llanto inconsolable porque, por un mero descuido de unos segundos, después de estar varios meses encaramado y camuflado en un árbol para filmar, a 20 metros de distancia del nido, y apostado de modo incomodísimo, no captó el instante del primer vuelo del polluelo.

¿Cómo ha logrado tres premios en tres categorías distintas en la edición 2016 de dicho festival?

Todavía estoy asombrado. Dos REMI de oro y un REMI de platino. Los de oro fueron concedidos a Taste of The Tropic, a modo de viaje en busca de las raíces culinarias de la gastronomía taiwanesa; y a China Steel Building, sobre una de las empresas siderúrgicas más importantes de Asia. Y el de platino se lo dieron a Mochi Mochi, que son unos pastelitos de arroz muy populares. Nos lo encargó su principal fabricante, Tung Chun Long, que es multimillonario tras inventarlos hace más de 20 años. Me planteé ser muy innovador para filmar un tema de cocina, creando una ambientación cinematográfica, experimentando con cámaras lentas para rodar cómo amasan y cómo le dan forma. Y, como hago siempre que puedo, me llevé a profesionales españoles, como David Barrios, director de fotografía. Tras el estreno, el fabricante nos dijo: “No podía imaginarme cómo con un equipo tan pequeño, habéis podido hacer algo tan bueno”.

¿Y, en sus comienzos en Sevilla, se imaginaba en Houston pisando la ‘alfombra roja’, recogiendo galardones y firmando autógrafos?

Todavía no ha sido posible ir ni una vez. Todos los premios han llegado en fechas en las que estábamos rodando nuevos documentales y no podíamos ir a la ceremonia. Nos los enviaban después.

¿No podían alterar el plan de rodaje?

La primera vez que nos premiaron en Houston, la fecha de la gala coincidía con el momento clave del rodaje del documental Reinventing Taipei, sobre la capital de Taiwan. Es uno de los que estoy más orgulloso. Y gracias a su éxito nos propuso National Geographic que hiciéramos el de Seúl. Cuando se puso por vez primera en internet, tuvo en las primeras tres horas 200.000 visitas. El eje temático de ese documental sobre la evolución de Taipei era rodar la demolición de 800 metros de carretera de circunvalación urbana, como ‘scalextric’, que tapaba totalmente un monumento histórico: la antigua puerta norte de la ciudad. A la vez tenían que demoler, crear un desvío para los coches y reurbanizar la zona antes ocupada para darle el protagonismo a esa edificación de gran valor patrimonial. Pusimos nueve cámaras siguiendo las 24 horas la evolución de los trabajos. Trabajan tanto y tan rápido que terminaron en seis días, les sobraron dos.

En sus idas y venidas entre Sevilla y otros lugares del planeta, ¿cómo ve la evolución de la ciudad y de la sociedad sevillana?

Yo siento a Sevilla como la ciudad más bonita del mundo. A ambos lados del río mantiene su belleza. Me encanta que hayan quitado las catenarias para el tranvía en la Avenida de la Constitución, parece Amsterdam gracias a quienes van en bicicleta. La Torre Pelli no me gusta, lo siento, me parece que rompe la belleza de la ciudad. La torre de la ciudad es la Giralda. Sevilla no necesita edificios altos. En lugar de haber hecho la Torre Pelli podían haber aprovechado mejor la Expo’92. De ciudades como Seúl puede coger ideas para aplicar los conceptos de ‘ciudad inteligente’, pero sin perder la calidad de vida que hay en Sevilla con su luz, con su arbolado, con sus calles peatonalizadas, con el crisol de culturas que es posible en lugares como el Mercado de Abastos de Triana, donde aún se pregona lo fresco que es el pescado, a la vez que hay puestos donde se vende un sushi buenísimo.


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