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«Nunca le voy a decir a un paciente: “ahora lo que nos queda es rezar”»

Entrevista al cirujano sevillano Salvador Morales que nos cuenta sus inicios y su forma de ver la vida en un quirófano

Juanmi Vega @Juanmivegar /
09 oct 2022 / 04:00 h - Actualizado: 09 oct 2022 / 04:00 h.
"Salud"
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¿Cómo fueron los inicios de un hombre que tiene un currículum tan brillante?

Este viernes tenía que estar en Corea dando una charla, pero no pude ir y la hicimos por videoconferencia. En esa charla usé una frase: el que no disfruta de su trabajo, no llega a ningún lado. Esto es muy importante en mi vida. Desde el principio he disfrutado de lo que hago y eso me lleva a crecer.

Cuando acabo el colegio, tengo una influencia muy importante de la vena artística de mi madre y la científica de mi padre, que era cirujano. Yo eché los papeles para hacer la carrera de Periodismo, de Arquitectura y Medicina.

Al final de la historia, te encuentras que la Medicina te aporta la posibilidad de escribir artículos, comunicar en charlas y de crear, porque el cuerpo humano es una cosa que ves en un monitor en 2D para, posteriormente en tu cabeza, transformarlo en 3D, con lo cual estás constantemente creando y viendo la repercusión de tus movimientos.

No terminé siendo Médico buscando el camino fácil porque mi padre lo fuese. La medicina terminó cubriendo las carencias que yo tenía en el campo del arte y de la comunicación.

Antes de llegar a la carrera hubo otros inicios.

Mis padres son de Sevilla. Nací en Sevilla y estudié en el Colegio Portaceli, al que le estoy muy agradecido porque este año me dan el premio al alumno distinguido. Que tu colegio se fije en ti para ese reconocimiento es algo precioso.

Todas las mañanas, los cinco hermanos que vivíamos en los Remedios nos íbamos en autobús a estudiar a Portaceli. Lo bueno que tenía ese colegio es que fomentaba los valores humanos, que para mí es la clave de la educación. La libertad de correr por las instalaciones y los valores humanos, son lo más importante que tengo de esa época.

En los años 80 se creó el CID (Centro de Iniciación Deportiva) para fomentar el deporte. Seleccionaban a chicos de diferentes colegios de Sevilla para, cuando terminaba el colegio, llevarnos a hacer deporte. Así durante cuatro años. Yo entré en esa dinámica de la responsabilidad: ir a hacer deporte, volver a casa y estudiar. Eso cuatro años tuvieron un gran impacto en mí.

Otra decisión muy importante fue la de irme a estudiar un año a Estados Unidos para terminar el COU. Yo no había escuchado en esa época que nadie hubiese ido. Imagínate, de la noche a la mañana, ese cambio.

La verdad es que allí me adapté totalmente a la vida americana. Fui la estrella del equipo de fútbol, porque allí se juega poco. Hice un año de inmersión completa. Con mis padres sólo hablaba una vez al mes y a cobro revertido.

Volví al año y en ese verano fue cuando tomé la decisión de estudiar Medicina. Yo venía con un espíritu de grupo por hacer deporte, unos valores que me había enseñado el Portaceli, el amor a la familia porque la había echado mucho de menos, pero con la capacidad de ser independiente, y con un inglés dominado al máximo que, en esa época, ser bilingüe no era tan habitual como ahora.

Empecé la carrera de Medicina y me gustó muchísimo. Combinaba el jugar al balonmano todos los fines de semana con estudiar.

Tras la carrera llegó el momento de estudiar el MIR, que es duro. En otras carreras puedes orientar tu vida sin necesidad de estudiar una oposición, pero en la medicina tienes ese hándicap. Es una oposición psicológicamente es muy dura. Yo me encerré con mi amigo Alberto y José en una casa para estudiar todos los días, pero con un hándicap muy importante: la Expo del 92.

Durante la carrera, para sacarme algo de dinero, yo tenía dos trabajos: dar clases de inglés y ser azafato de la Expo enseñando la localización de los futuros pabellones. Viví toda la construcción de la Expo como azafato y, cuando se inaugura la exposición, tengo que cortarme las alas. De hecho, mi padre me preguntó que si iba a dejar de estudiar ese año para disfrutar la Expo a lo que yo le contesté que no.

Después de un año estudiando, saqué el MIR y tuve que escoger la especialidad. Me gustaba mucho la Psiquiatría y me pasó por la cabeza, pero me decanté por la cirugía. En Sevilla había solo 7 plazas: tres en el Macarena, tres en el Virgen del Rocío y una en Valme. Yo pedí plaza para el Virgen del Rocío porque estaba mi padre, pero la última plaza se la llevó mi amigo Felipe. Este amigo salió llorando al escoger su plaza por lo que me había hecho.

Al final me formé en el Macarena, lejos de la influencia de mi padre. El contexto que me rodeaba era completamente libre que me permitió desarrollarme como yo mismo. Llegué al Macarena como “hijo de” y a los pocos meses ya era yo. Aún así, mi padre siempre siguió animándome a que me formase fuera de España.

Uno de los motivos por los que me gustaba la Biología y la cirugía era la investigación. De residente hice algunos pinitos sacando trabajos. El salir de España te abría la mente y te hacía darte cuenta que tenías que estar en contacto con el mundo exterior y no podías enrocarte.

En Estados Unidos se estaba viviendo el inicio de la cirugía laparoscópica. Lo vi como la revolución de la cirugía y me formé mucho más allí. Aquí ya había llegado, pero estábamos muy atrasados. La ventaja mía es que me pude montar en el barco de esa revolución.

En todo ese camino disfruté mucho de mi familia. Mi madre llegó a ser profesora asociada de la facultad de Bellas Artes. Ella firmó el contrato y, lamentablemente, falleció a los diez días, pero llegó con un esfuerzo enorme, porque ella empezó a estudiar BUP y COU cuando mi hermano Alex, el pequeño, cumplió los cinco años. Estudió el BUP a distancia, luego el COU, aprobó el examen de acceso a la Universidad para mayores de 25 años, se sacó la carrera universitaria y llegó a ser profesora asociada. Es el típico ejemplo de superación, lucha y creer en algo.

Yo disfrutaba mucho operando y disfrutaba con la relación médico-paciente, pero también con los compañeros con los que me formaba. En el trabajo dicen que no hay que tener amigos, pero no está mal tenerlos.

Fue en el Hospital Macarena, que me contrataron para fomentar la cirugía laparoscópica, donde empecé a desarrollar algunas técnicas que fueron novedosas. Ese espíritu me hacía ir todos los años a los congresos internacionales. El ir solo y conocer a gente, al final, de tanto conocer, terminas siendo el presidente de la Sociedad Europea de Cirugía.

La pasión por lo que hago es lo que me hace estar ahí.

Este ha sido el crecimiento a lo largo de este trayecto. Gracias a eso te encuentras con cosas muy bonitas como ser Melchor en la Cabalgata de los Reyes. Que es algo precioso.

Lo que más me preocupa de toda esta historia es el tiempo que le quito a mis tres hijos. Me gustaría ser un referente para ellos, pero muy cercano. Yo en septiembre he operado a 50 pacientes sólo en Sevilla y he estado en Estados Unidos, Faro, Oporto, Estrasburgo, Valladolid y Milán. Tienes que meter en una balanza todos los pacientes operados con calidad, que es la clave de nuestro trabajo, meter los congresos, más los proyectos en Europa y España. Lo que me preocupa es el tiempo que le quito a la familia.

¿Cómo se afronta el saber que tiene la vida de una persona en sus manos?

Eso es un horror. Yo soy muy confiado en lo que hago y no lo considero. Mi pensamiento es que un paciente tiene un problema y yo se lo tengo que solucionar. Mi visión es diferente. Mi objetivo no pasa porque se me vaya el paciente, lo tengo borrado de la mente.

Pacientes míos han fallecido en el postoperatorio e intraoperatorio y se pasa fatal, pero es cierto que es difícil que alguien muera durante la operación.

Lo más impactante es dar una mala noticia porque tú eres el que le vas a solucionar el problema al paciente para que siga viviendo. Cuando sales de quirófano y no puedes hacer lo que tenías planeado... ese es el pasillo más largo que recorres durante tu día a día. Ese pasillo, desde el quirófano quitándote los guantes hasta llegar a la familia y decirle que no puedes hacer nada...largo no, eterno.

Eso sí, cuando tienes dudas de si vas a ser capaz de hacerlo, la familia lo sabe y puedes hacerlo... esos momentos son de gran felicidad.

La vida es equilibrio. Si te cuento sólo lo primero, me dirás que la profesión es una mierda, pero cuando consigues resolver ese problema compensa mucho.

Parece que la ciencia y la religión no pueden ir de la mano. Usted se ha criado en un colegio católico como es el Portaceli. ¿Se puede creer siendo cirujano?

Se puede perfectamente. A ese respecto, hay una cosa que yo he dicho muchas veces en quirófano. Muchas veces tienes que decidir si tiras hacia delante para quitar un tumor que está muy agarrado o no. Tienes que tomar la decisión de parar o seguir, pero es una decisión mía. Yo he dicho alguna que otra vez “odio jugar a ser Dios”. Es una frase fuera de contexto muy fea. Es muy complejo tomar estas decisiones.

No mezclo la medicina y la religión porque cuando mezclas, usas la lógica y hay cosas que no se pueden mezclar. Lo mejor es mantener la mente con dos estructuras paralelas e independientes.

¿Se puede hacer eso?

Sí. Creo yo que es la fórmula. Todo el mundo necesitamos algo especial. Llámalo como quieras, pero todos necesitamos algo superior, pero mantengo dos estructuras muy paralelas. Yo nunca le voy a decir a un paciente “ahora lo que nos queda es rezar”. Nunca se lo diría. No voy a mezclar la ciencia con rezar.

¿Cómo ve la sanidad pública?

Hemos insistido en que el paciente es el centro del sistema, ¿hay que decirlo? Eso está clarísimo, pero el médico también debería serlo.

Tenemos que recuperar la motivación de los profesionales. La sanidad pública tiene que trabajar mucho en ese aspecto. En dicha motivación hay cinco aspectos: el dinero, que le recuerden la pasión por ser médico, el acceso a la innovación, la inspiración mediante la creación de mentores y líderes y que veas los buenos resultados y la población aprecie al médico. Ese “gracias doctor” vale mucho, porque el ser humano necesita el refuerzo positivo.

Hay dos corrientes muy polarizadas: la que dice que nuestra sanidad pública es la mejor y otra que es horrorosa.

La sanidad pública es una bendición, pero hay que trabajar en que los hospitales estén perfectamente dotados y en reducir las listas de espera. No puedes tener una lista de espera de un año, dos o tres. Hay que poner los recursos necesarios para reducirla porque tienes que dar respuesta.

Los médicos no pueden ser administrativos y muchas veces tenemos que rellenar diez papeles para ver a un paciente.

En la sanidad pública estamos acostumbrados a no medir lo que hacemos porque los pacientes van a seguir viniendo. Muchas veces no te preocupas en medir la calidad de lo que estás haciendo para buscar las posibles mejoras.

Una persona que viaja tanto podrá darnos otro punto de vista de cómo está Sevilla. ¿Qué necesita la ciudad?

Sevilla es una ciudad espectacular. Me merece la pena seguir pegando un salto a Madrid, Barcelona o Lisboa para poder viajar a otros sitios porque la calidad de vida personal que tengo es superior a la de otro sitio. Es una ciudad que te permite vivir en la calle.

Lo que le falta a la ciudad es que se invierta en internacionalizarla, no sólo turísticamente. No podemos convertir la ciudad en un parque de atracciones. Tenemos que traernos industria e innovación porque esto enriquece mucho la ciudad.

La suerte que he tenido es que, en un quirófano, el paciente y el cirujano es el mismo en Sevilla, Singapur, Houston o China. No he tenido la necesidad de irme porque yo puedo innovar en mi quirófano, pero un ingeniero no puede. Tenemos que perseguir que podamos liarla en el buen sentido en la medicina, ingeniería, banca o empresa en todos los niveles.


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