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Crónicas dominicales

San Joe Biden y el fascista demoníaco Trump

24 ene 2021 / 04:50 h - Actualizado: 23 ene 2021 / 14:04 h.
"Crónicas dominicales"
  • San Joe Biden y el fascista demoníaco Trump

El asunto central en mi opinión sigue siendo éste: ¿por qué llegó Trump al poder y por qué se va de la Casa Blanca pero todavía apoyado por 74 millones de votos, sin reconocer su derrota y en realidad derrotado no por Biden sino por la pandemia que frenó la buena marcha del país? Algunos politólogos coinciden en que en un contexto de crecimiento económico como el que se ha vivido en buena parte de su mandato, habría sido difícil desalojarlo de la Casa Blanca de no haberse desatado la pandemia. La pseudoprogresía está celebrando la llegada de Biden como si hubiera descendido del cielo el salvador del mundo.

Sin embargo, Biden es el presidente del país que a más personas ha eliminado y damnificado en el planeta desde que EEUU inició su predominancia tras la Segunda Guerra Mundial. Es miembro del partido de Bill Clinton, el que bombardeó por su cuenta y sin permiso de la ONU a Irak en diversas ocasiones, y del partido de Hillary Clinton, la que declaró fuera de cámara en TV (CBS) que en lo que se refiere a Libia, “vine vi y murió” (a Gadafi). ¿Por qué no se le apresó y juzgó?

Ya sé que EEUU posee virtudes y que lo mismo es pirómano que bombero pero si echamos la cuenta de sus hazañas y los efectos de éstas -ayer y hoy- podremos comprobar su depredación. Y además comprobaremos que nunca ha ganado una guerra en solitario contra un enemigo organizado y fuerte. Lo malo de todo esto es que EEUU es el vivo retrato de la especie humana en movimiento evolutivo, quien desee saber adónde vamos no tiene más que estudiar a fondo la historia USA, yo el primero, sus efectos se dejan sentir en todo el planeta cuyos habitantes somos al mismo tiempo víctimas y cómplices de una cultura cainita.

¿Es Trump un fascista?

Daniel Rueda escribe que el fascismo “es un movimiento con reverberaciones románticas y vitalistas que se alza contra la modernidad y critica su espíritu individualista, universalista y materialista; pero no lo hace propugnando un retorno al pasado (como deseaban los tradicionalistas decimonónicos), sino prometiendo un mundo nuevo (que será también un mundo re-encantado), a menudo desde discursos apocalípticos”.

Pau Marí-Klose afirma: “Trump no es un líder con veleidades autoritarias que opera contra el sentir de la inmensa mayoría de los americanos amparándose en la fuerza bruta (como los generales o autócratas que imponen su dominio sobre la base de la pura opresión)”. Claro que este mismo autor añade: “la pregunta clave quizás sea si realmente importa que Trump sea o no técnicamente fascista. Al fin y al cabo, no es necesario serlo para lanzar discursos discriminatorios y autoritarios desde la derecha. Tenemos múltiples ejemplos históricos de ello: los integrantes de la Konservative Revolution, Enrico Corradini, Franz von Papen, Ion Antonescu o Charles Maurras no eran fascistas, pero sus ideas representaban un peligro para la democracia y la convivencia nacional e internacional. Lo mismo ocurre con el racismo: existen múltiples formas de estigmatizar a minorías de forma que peligre su seguridad, pero no todas ellas son necesariamente racistas (de hecho, históricamente lo han sido tan sólo por un breve periodo de tiempo)”.

Insisto de nuevo, habrá que preguntarse las causas profundas que llevaron al ya expresidente al poder en 2016, no estar todo el día tocando las palmas porque ha llegado San Joe Biden a salvarnos. Salvarnos, ¿de qué y de quién? El propio Daniel Rueda sostiene, en referencia a Trump, que “su política económica es básicamente continuista y su política exterior no ha reservado finalmente demasiados sobresaltos”. Es decir, existen en EEUU dos factores básicos que podrían distinguir un verdadero cambio en aquel país: la política exterior y la economía y en eso hemos tenido siempre a distintos presidentes con los mismos collares, cuando uno de ellos en los años 60 quiso cambiar ambos factores salió con pijama de madera de la presidencia.

Entonces, ¿qué pasa?

Que cientos de millones de personas en el mundo están hartas de la posmodernidad y sus efectos perversos. No se le puede llamar vivir en democracia a un mundo que actualmente soporta estas pesadas losas:

■ Un rechazo de la concepción de la Historia como totalidad, la desaparición de lo ontológico y de los grandes relatos en pro de una historia parcelada y carente de rigor.

■ Brechas sociales, disminución de la clase media. ¿Causa? En el punto siguiente.

■ Toma del poder por parte de la codicia: fondos de inversión y empresas de capital riesgo están detrás de numerosas grandes empresas, empezando por la banca. Toda la política económica ha sembrado un descontento material y espiritual entre la juventud -sin horizontes- y la gente mayor, arruinando millones de pequeñas empresas.

■ Una izquierda entendida como aumento de impuestos a todos los niveles, que ideológicamente agoniza.

■ Deslocalización de empresas.

■ Destrucción del medio ambiente, desviación progre del problema a cargarlo sobre la responsabilidad individual cuando la actividad individual representa un tanto por ciento residual en comparación con el daño que las grandes empresas desarrollan.

■ Aparición de nuevos lobbies que intentan desviar lo que el común de los mortales tiene por natural como por ejemplo el sexo y el género.

■ El desprecio de las emociones (la religión y costumbres muy arraigadas, por ejemplo). La condena de personas a las que estas emociones les son de gran utilidad, condena por parte del mundo “progresista”.

■ Los ciudadanos viven pero no existen y el ser humano precisa existir, no sólo vivir. Existir es, por ejemplo, poder planificar una vida digna desde joven, tras los estudios.

■ El fenómeno migratorio. No se trata de xenofobia y racismo solamente sino, sobre todo, de temor, de inseguridad, del innatismo territorial con el que el humano nace, está en los libros de antropología.

■ El fenómeno okupa, sobre todo en España. El ciudadano medio y alto no es el encargado de solventar el problema de la falta de techos.

■ Medios de comunicación que mienten y tergiversan desde todas las posiciones ideológicas, para ellos el periodismo es agitación y propaganda.

Todo lo anterior es el nuevo “malestar de la cultura” que puede ser captado por soluciones ideológicas “de orden”. Una de ellas la representa Trump y no ha muerto sino que históricamente acaba de nacer. ¿Por qué el triunfo de Trump? Nos lo narra Pau Marí-Klose. Son varias las hipótesis que se manejan en la literatura académica para explicar el éxito electoral de Trump. Sin ánimo de exhaustividad ni de entrar en detalle, un primer planteamiento pone el foco en que su auge es la expresión de un desgaste de los valores democráticos que se produce a nivel global, asociado a distintos desarrollos que conducen a una crisis de representación de los partidos tradicionales: el auge de movimientos identitarios reactivos, la polarización política en redes sociales, las nuevas oportunidades para producir y propagar desinformación y teorías de la conspiración, la desconexión de las élites (y, en particular, las progresistas) respecto a las preocupaciones reales de segmentos amplios de la ciudadanía, la incapacidad de los sistemas políticos de dar respuesta a grandes problemas emergentes para los que no valen las recetas clásicas.

En relación con este último aspecto, un segundo paquete de explicaciones se centra en las consecuencias económicas de la transformación del tejido productivo de las sociedades posindustriales, y por ende del tejido social, provocada por las nuevas tecnologías y la globalización. En las últimas décadas, muchas comunidades locales han experimentado severos trastornos económicos y sociales como consecuencia de la fuga a otros países de grandes empresas o la crisis de competitividad de estructuras productivas arraigadas en el territorio, la destrucción de ecosistemas ambientales provocada por años de contaminación, la desigualdad creciente y los problemas sociales que acompañan a todos estos procesos. Ante este contexto, amplios segmentos de votantes han acumulado grandes dosis de infelicidad, indignación y resentimiento. Hillary Clinton fracasó estrepitosamente en ofrecerles algún atisbo de esperanza.

Este análisis de Marí-Klose es certero. Dije antes que históricamente el significado Trump está comenzando y no se ha marchado ya que, sin ir más lejos, como afirma la profesora Isabella Alcañiz, de la Universidad de Maryland, “con un Senado en contra, como se espera que ocurra, Joe Biden dependerá de los decretos presidenciales, ya que cualquier reforma legislativa le será vedada por el Partido Republicano”.

La personalidad es peligrosa

Trump es un hombre de malos modales pero con personalidad propia. Y eso hoy no se admite, hay que entrar en el cajón de la igualdad que es también la tapadera de la mediocridad. La huella del nazismo es larga y a veces se confunde personalidad polémica con fascismo o dictadura. Biden ha empezado amenazando con despedir a un funcionario si considera que le está hablando mal a otro. ¿Qué es hablar mal al otro? Conozco a funcionarios en la universidad que hablan muy bajito y muy tranquilamente pero que les asoma el puñal por debajo de la chaqueta. A ver si al malhablado que viene de cara lo va a sustituir el educado que actúa por detrás y en silencio.

Estamos en el mundo del marketing que llega desde lo general a lo personal, en el mundo de la dictadura de lo que se supone que es lo correcto. Y las redes sociales bloquean la libertad de expresión de Trump o de cualquiera si no entra por este aro. Ello a pesar de los datos que ofrezco a continuación o precisamente debido a ellos.

El citado Pau Marí-Klose sostiene que en un país en que se viene anunciando desde hace años el declive de las bases socio-demográficas proclives a votar al Partido Republicano, Trump ha cosechado el mayor número de votos para un candidato republicano en la Historia. Según diversas encuestas, sus tesis sobre el fraude electoral masivo son compartidas, en mayor o menor grado, por segmentos muy amplios de sus votantes; y, por lo que nos revela algún sondeo de urgencia realizado tras los incidentes del Capitolio, la mitad de aquéllos aprueba la acción de los insurrectos y algo más de la mitad responsabiliza a Joe Biden de que tuvieran lugar. Cuatro días después de los acontecimientos del Capitolio, sólo el 15% de los votantes republicanos aprueba que Trump sea apartado inmediatamente de la Presidencia; o, dicho de otra manera, tiene el respaldo de una amplia base social, donde el ‘huevo de la serpiente’ ha anidado.

La personalidad de Trump lo ha llevado a aumentar terriblemente la cultura del odio pero eso no nos debe cegar y hacernos olvidar que puede que estemos en una tierra abonada por otros Trump -silenciosos- anteriores al demoníaco Donald. Por tanto, el papel de Biden es peliagudo y tendré que ver cómo se despliega cuando pise el mundo real que está tanto en su país como en el resto del planeta, ése que acaba de alegrarse de la derrota de Trump y al que yo desconozco porque se me suele hablar en clave superficial de este delicado asunto.


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