viernes, 20 septiembre 2019
23:08
, última actualización

Una historia de sueños e ilusión

Tras la guerra civil, para miles de niños y mayores era un bálsamo que no curaba las heridas o el empobrecimiento pero obraba el milagro de la multiplicación de sueños y esperanzas

04 ene 2017 / 22:28 h - Actualizado: 04 ene 2017 / 23:40 h.
  • Una historia de sueños e ilusión

Mientras sonaban los villancicos en 1917 faltaba todavía casi un año para que terminara la I Guerra Mundial pero Rusia y Alemania acababan de decretar el alto el fuego del que nacería la Unión Soviética. Como toda España, Sevilla era una ciudad alejada de la contienda entre naciones y, aparentemente, también de la que enfrentaba a unas clases sociales con otras. Una ciudad bipolar regida por élites cultas, pertenecientes a un número reducido de familias que se podían permitir dar estudios a su prole y, por debajo de ellas, la menesterosidad igualaba a la gente de los barrios, como había advertido algunos años antes el lingüista Julio Cejador, con un artículo publicado en la prensa de Madrid –donde las alusiones al atraso andaluz ya eran frecuentes– que levantó ampollas en las fuerzas vivas sevillanas. Aunque hubieran ido llegando la electricidad, los tranvías, el cine, el fútbol y otros signos de modernidad, una ingente población se hacinaba en casas malsanas y en corrales partidos y vueltos a partir desde los años en los que Pablo de Olavide había querido, sin conseguirlo, racionalizar esa situación.

Eso pareció cambiar al abrirse el siglo XX, cuando un rosario de circunstancias favorables volvían a poner Sevilla y su territorio en una posición de ventaja. En la coyuntura entraban factores de todo tipo, desde la aviación, llamada a convertirse en un medio de transporte masivo, a las guerras en los Balcanes que multiplicaban las exportaciones de productos agrícolas a los contendientes. Alguien dijo entonces que las tierras, para ser productivas, necesitaban «agua, sol y guerra en Sebastopol». A partir de 1910, Sevilla entera, sin distinción de clases, se propuso la celebración de un gran evento que transformara la ciudad: la Exposición Hispanoamericana.

Todo comenzó desde entonces a moverse y todo el mundo creyó en el advenimiento de un porvenir sonriente y, entre las instituciones más dinámicas que se aprestaron a traerlo, estuvo el Ateneo.

El Ateneo y Sociedad de Excursiones había sido fundado en los años ochenta del XIX por Manuel Salas y Ferré, catedrático de los círculos krausista y spencerianos a los que pertenecían también los Machado y los profesores de la Institución Libre de Enseñanza. Aunque la actividad excursionista instrumento de reconocimiento del propio territorio que, en otros lugares como Cataluña, tuvieron una gran importancia para la adquisición de la conciencia regional decayó pronto, en la del fomento de las ciencias, las artes y las letras la «Docta Casa» adquirió prestancia y fue, indudablemente y a lo largo del tiempo, centro de toda clase de iniciativas promovidas por personalidades de tendencias muy diversas.

Es en ese clima ciudadano de efervescencia intelectual y grandes carencias sociales en el que a José María Izquierdo le viene la idea de que, entre sus múltiples actividades anuales, el Ateneo tuviera también la de sacar a la calle a los Reyes Magos que, hasta entonces, sólo tenían una misteriosa e invisible presencia en las casas.

Las cabalgatas ya habían empezado a aparecer en muchas ciudades. En Granada, sin ir más lejos, el Centro Artístico organizaba la suya desde 1912 pero Izquierdo no buscaba ser original sino hacer realidad el sueño andalucista de una tierra feliz si quienes la dirigían eran generosos.

Divagando por la ciudad de la gracia, su libro que también había aparecido en 1910, condensaba esa visión agridulce sobre una Sevilla, síntesis y sinónimo de Andalucía. Para él la Cabalgata debía ser un símbolo mágico de la solidaridad regional en la ciudad que, alejada de la Europa en guerra e inconsciente del volcán que se cocía en su interior, marchaba ilusionada hacia la conquista del imperio sentimental de la Exposición del 29 e, inmediatamente, hizo del 5 de enero uno de sus días señalados. Del padre de la idea, muerto en flor, se olvidaron con la misma inmediatez sus reflexiones amargas sobre la otra «gracia», la que provocaba las críticas en Madrid, y quedó su alias, Jacinto Ilusión, porque era la ilusión la que, en el Arco Triunfal del cortejo optimista de Rubén Darío, guiaba a las multitudes.

Los años veinte fueron los de una década prodigiosa; allí Melchor, Gaspar y Baltasar se mezclaron surrealmente con los poetas ultraístas, con los de toda Andalucía reunidos en la Plaza de América para celebrar la Belleza, con quienes formarían la Generación del 27 tras el homenaje a Góngora auspiciado por Manuel Blasco Garzón e Ignacio Sánchez Mejías. Después el volcán entró en erupción, llegó la guerra y los vencedores yugularon inmisericordemente la libertad. Aquella sociedad que soñaba con el Parnaso se despertó a los pies de los caballo de los cuatro jinetes del Apocalipsis.

Del hundimiento sólo se salvó la Cabalgata. Para los vencedores, en una Sevilla enlutada y empobrecida y con un Ateneo provinciano, era la prueba de que «aquí no había pasado nada», para los miles de niños y mayores que contemplaban la viva belleza de las carrozas un bálsamo que no curaba las heridas o el empobrecimiento pero obraba el milagro de la multiplicación de los sueños y la esperanza.

Blasco Garzón, desde la Argentina de su exilio se acordó su Evocaciones Andaluzas, se acordaba de José María Izquierdo había escrito: «El arte no es toda la vida pero es la forma de toda la vida».


Todos los vídeos de Semana Santa 2016