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Unos ‘brujos’ que llevan 30 años atajando la condena del alérgico

Más de 15.000 pacientes pasan por la Unidad de Alergología del Virgen del Rocío, que lleva tres décadas de atención que resumen en un libro. Para ello, la alergia es más que una moda primaveral

Iñaki Alonso @alonsopons /
05 jun 2017 / 00:34 h - Actualizado: 05 jun 2017 / 08:22 h.
"Salud","Hospital Virgen del Rocío","Alergia"
  • El equipo al completo de la Unidad de Alergología del Hospital Virgen del Rocío de Sevilla. / Manuel Gómez
    El equipo al completo de la Unidad de Alergología del Hospital Virgen del Rocío de Sevilla. / Manuel Gómez

No es cosa de magia ni de budú, sino de perseverancia, dar con la tecla y, cómo no, 30 años de historial. Pero se le parece cuando un paciente llega al hospital casi asfixiándose por reaccionar ante un fármaco o alimento y, de forma milagrosa, vuelve a la normalidad gracias a su destreza. Así lo llevan haciendo desde hace tres décadas y, pese a formar parte ya del ADN del hospital Virgen del Rocío, todavía hay quién eleva su profesionalidad a la categoría de hechiceros.

«Los alergólogos siempre hemos sido vistos como los brujos del equipo médico, que hacían unas cosillas por aquí, pinchaban por allí y lograban frenar el proceso», reconoce la veterana Teresa González-Quevedo, que fue la segunda doctora en entrar, allá por 1991, en la Unidad de Alergología, junto a su fundador, cuatro años atrás, Manuel Díaz Fernández. Él, que ya no está en esta unidad, se encargó de Neumología; y a ella le correspondió toda la parte de urticaria, lo que le llevó, hacia el angioedema, una enfermedad cuyo trabajo esforzado de décadas le ha valido para recibir, hace sólo un año, el reconocimiento como unidad de referencia en Andalucía.

Los comienzos fueron duros, pero ahora la unidad está compuesta por seis médicos, tres residentes, siete enfermeras, una técnica de cuidados –anteriormente conocida como auxiliar de enfermería– y tres secretarias. Sigue siendo «un grupo pequeño», como admite el director de la Unidad de Alergología, Joaquín Quiralte. Pero, pese a que siempre pueden ser más personal, con este grupo –y la consulta de rinitis y asma ubicada en el centro de salud de Marqués de Paradas– atienden a una media anual de 15.000 alérgicos sevillanos. Y son pocos porque el alérgico nace, no se hace. «La alergia es algo genético, que se traspasa de generación en generación», explica Quiralte, que recuerda que aún quedan muchos personas por diagnosticar su alergia. No en vano, estima que la tasa de alérgicos en sociedades industrializadas como la sevillana se sitúa por encima del 20 por ciento de la población.

Y, ya puestos, Quiralte se puso a desmitificar. No todo es esa pertinaz alergia primaveral que padecen, por ejemplo, más de un rociero que está estos días metido en caminos de albero. Obviamente, la primavera se refuerza y planifica. Pero el cometido de esta unidad va más allá de esos síntomas. Una de ellas es las reacciones a los fármacos intrahospitalarios, donde se atisba la magia de este gremio. Quiralte lo muestra con un relato. «Un oncólogo llamó por un caso de un paciente que respondía bien a un tratamiento, pero que había tenido una reacción con el platino y se lo tenía que retirar. Ahí se busca hacer magia viendo el historial,... ahora lleva cuatro meses recibiendo el fármaco gracias a que hemos logrado engañar a su sistema inmune».

Para eso, este equipo tiene su libro de hechizos, traducido al argot clínico como un manual clínico que bajo el título Alergia en el Rocío: los casos que nos cambiaron, repasa los hitos que, en estos 30 años, han realizado y que le han posibilitado pautas para hacer frente a la alergia al caballo, al gato, al epitelio del perro y otras patologías que no son tan rarezas.

La doctora Robledo Ávila, por ejemplo, abrió puertas al comprobar que, con una dieta alimenticia, podía contrarrestar la esofagitis eosinofílica, una inflamación en el esófago que aparece en edades jóvenes y más en hombres que en mujeres. La tecla la localizó primero con pruebas alérgicas y, después, retirando al paciente durante ocho semanas cuatro grupos alimentarios (leche, huevos, legumbres y cereales) y después introduciendo poco a poco hasta detectar qué grupo. Ese procedimiento se sigue a rajatabla «en los 200 pacientes» que hay en la base de datos. «Ahora estamos ultimando un estudio genético que se publicará en una revista de digestivo», indicó.

La esofagitis eosinofílica es un rara avis infradiagnosticada que convive con las reinas de las alergias: la rinitis y el asma bronquial. Una afecta a una quinta parte de los casos y la otra a una horquilla del 7 al 10 por ciento, según Stefan Cimbollek, otro de los alergólogos. Y, entre ellos, hay otros más graves, que requieren de otras vías terapéuticas. Hace relativamente poco estaban limitados, hasta que apareció el omalizumab, que se erigió en «el primer tratamiento con asma grave alternativo al convencional de inhaladores con corticoides o broncodilatadores». Una opción que es mano de santo. La aportación de Cimbollek al manual es que, en caso de quedarse embarazadas, es mejor mantener el tratamiento, por el riesgo-beneficio que conlleva. Y para llegar a esa meta, ha probado las dos opciones.

Este equipo sabe que hay mucho camino por recorrer. El primer reto es el tratamiento personalizado de las alergias. «Puede haber dos personas alérgicas al gato y que sea de distinta proteína», ejemplifica la doctora González-Quevedo. Visión compartida por el resto de su equipo. «Vendrán nuevas enfermedades y habrá que mejorar, pero está claro que no nos valdrá con una terapia generalizada, sino personalizada», concluye el doctor Joaquín Quiralte.


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