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El poder sanador de la escritura

Un gaje del oficio del escritor que normalmente no es explorado en los talleres de escritura creativa: escribir tiene el poder real de sanar a quien escribe

Israel Pintor israelpintor /
05 abr 2019 / 08:48 h - Actualizado: 05 abr 2019 / 08:51 h.
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  • El poder sanador de la escritura

Ayer comentaba con una de mis alumnas lo trascendente que puede llegar a ser para un autor la escritura de su obra. Me refiero a una trascendencia que nada tiene que ver con el glamour de la presentación de un nuevo libro o con el regocijo de encontrarse publicado en la mesa de novedades de las librerías. Un gaje del oficio del escritor que normalmente no es explorado en los talleres de escritura creativa: escribir tiene el poder real de sanar a quien escribe. Y sobre eso quiero reflexionar hoy.

Me jode un poco que al referirme al tema mis palabras adquieran un asqueroso tono de esoterismo y misterio. Y no tiene nada que ver. El poder sanador de la escritura está más relacionado con el psicoanálisis y el desarrollo psicológico de las personas que escriben y menos con un beneficio rollo “el secreto”.

Para que nos entendamos de la manera más llana posible, lo que intento decir es a la vez simple y complejo: cuando escribes, se curan tus heridas emocionales y psicológicas.

Cuando hablo de sanación o curación no lo hago en un sentido clínico, como cuando literalmente cicatriza una herida que nos hemos hecho en la piel. Es metafórico, obviamente. Todos tenemos heridas emocionales o psicológicas abiertas y vamos por la vida con dichas heridas, a veces expuestas y vulnerables ante la posibilidad de que otras personas metan el dedo en la yaga, a veces ocultándolas o disfrazándolas tanto como seamos capaces, confiando que al mantenerlas ocultas un día desaparecerán.

Cuando yo me acerqué por primera a la literatura con el ánimo de entender y dominar el oficio, no lo hice pensando en esto, la verdad. O sea, son poquísimas las personas que antes de estudiar creación literaria saben que uno de los gajes de este oficio es que se aprende a sanarse uno mismo por dentro.

Reconozco, por otro lado, que de un modo intuitivo siempre supe que detrás de mis ejercicios de escritura había una catarsis. Según los griegos, la catarsis es la purificación de las pasiones del ánimo mediante las emociones que provoca la contemplación de una situación trágica.

En idioma mortal esto significa que hacer catarsis para los griegos es sentirse aliviado al comprobar que la vida de los demás puede ser más horrible que la tuya, lo que ayuda a revalorar positivamente tu propia existencia y a centrarte en lo positivo, de modo que vivas la vida más aliviado.

Cuando se consume una historia trágica, dicha tragedia supone para el intérprete de la historia un panorama terrible, peor que el propio. El contraste produce la reconciliación de unas pasiones internas que se subliman.

La Real Academia de la Lengua Española también entiende la catarsis como la “liberación o eliminación de los recuerdos que alteran la mente o el equilibrio nervioso”.

Mis primeros acercamientos a la escritura siempre fueron catárticos. Quizá así le pasa a la inmensa mayoría de las personas que escriben o empiezan a escribir. Casi siempre se escribe por necesidad, por apremio emocional. Yo, por ejemplo, escribía porque me sentía solo, porque tenía mucho que decir y no sentía que pudiera decírselo a las personas que me rodeaban.

Tenía un gran conflicto: el mundo entero decía que sentirse atraído por los hombres, siendo uno, era una vergüenza y sólo era meritoria del infierno. Me hacían creer que mi destino sería irremediablemente triste, que acabaría enredado entre las garras de la desgracia, la enfermedad y la soledad. ¡Y tenían razón!

Pausa dramática... Risas.

No, obviamente no la tenían. Confrontar el conflicto me llevó a salir del armario y una vez hecho, lo que era un problema para mí dejó de serlo. Y gran parte de esto fue posible porque yo escribía sobre lo que me pasaba.

Además, siempre he sido parlanchín y memorioso. Me atacan los recuerdos sin ton ni son y me pongo a desmenuzarlos, como si no hubiera cosa más importante en ese momento que contar mi recuerdo. Algunas veces esos recuerdos son perturbadores o me producen un desequilibrio emocional y nervioso, razón por la que los necesito contar; otras veces son sólo anécdotas divertidas que de algún modo terminan llevándome a concluir algo valioso y significativo en relación a lo que estoy viviendo en esos momento.

Aún me pasa. Me acuerdo de algo en el instante en que subo el ascensor de mi bloque y no paro de hablar hasta diez o quince minutos después de que pasé por encima de todos y cada uno de los detalles que mi mente rescató.

Si lo hago es porque tengo la necesidad y porque seguramente encuentro placer en mi nostalgia, pero entiendo que a la gente que me rodea no siempre le guste escucharme. Algo así también me pasó siendo pequeño. Así que dejé que la página en blanco se convirtiera en el confidente que necesitaba, en los oídos perpetuos donde mis palabras deseaban depositarse.

Descubrí el poder sanador de la escritura en su verdadera magnitud ya entrado en edad y habiendo asimilado en gran medida los aspectos técnicos y teóricos más importantes del oficio narrativo. Quizá el ejemplo más claro de esto sea mi última novela: Curso de belleza, amor y sexo (Berenice, 2016). La escribí empujado por el imperativo de superar una crisis amorosa y de volver a crear literatura bajo el temor de no conseguirlo, porque en lo único que era capaz de pensar en esos momentos era en la mierda de crisis amorosa que vivía.

Pero también es verdad que empecé a disfrutar de los beneficios de la sanación a través de la escritura desde que me arranqué a escribir, siendo un púbero atormentado, sobre los fantasmas que me hacían desgraciada la vida. Y escribir sobre mis desgracias me ayudó a sentirme menos desgraciado, como si se tratara de magia.

Lo parece, pero no lo es. En realidad se trata de un ejercicio abstracto y complejo que consiste en volcar en la escritura nuestro yo más auténtico y todo lo que trae consigo, para luego analizarlo, sacar conclusiones a partir de él y tomar desiciones que nos permitan reelaborar el texto y con él nuestra propia existencia.

Escribir sin pensar, sin obstruirse, dejándose fluir; a veces impulsados por la pretensión de crear una obra de arte, contar una historia ficticia, fantástica o una historia basada en hechos reales, sea como sea, el resultado de escribir siempre es el mismo: en ese texto aparecemos nosotros. En cada una de las palabras que usamos para contar historias nos desgajamos y deconstruimos de un modo único, especial, crudo, inconsciente. El texto se convierte en una especie de radiografía del panorama emocional, sentimental y psicológico que tenemos entonces.

La posterior confrontación con ese panorama, a través de la lectura de lo que hemos escrito con ánimo constructor y analítico, teniendo un objetivo claro, nos enfrasca en un proceso paulatino, lento pero firme de purificación, de resolución de conflictos, de sanación.

Uno de mis alumnos trabaja ahora en una historia inspirada en una persona que le cambió la manera de enfrentarse a la vida. De lo que no se había dado cuenta es de que la historia que quería contar en realidad no era la de ese otro que le cambió la perspectiva, sino la de sí mismo enfrentándose al proceso de cambio.

A mi alumno le inspiró un hombre enfermo que se convirtió en artista y que, a pesar de las dificultades que le implicó su enfermedad, tomó las riendas de su existencia asumiendo su destino creador, hasta convertirse en un artista reconocido en su localidad. Mi propio alumno sufre un conflicto vocacional en el que le cuesta verse a sí mismo como un artista. La escritura de su novela le está permitiendo entender las razones por las que debería asumir su vocación con la misma certeza que lo hizo quien le inspiró, además de dar cuenta de la historia que le ayudó a cambiar de perspectiva. Y con ello está resolviendo, paulatinamente, su conflicto vocacional.

Otro de mis alumnos quiere contar la historia de un hombre reprimido que no acepta su homosexualidad y vive bajo el imperativo de las apariencias. Se trata de un hombre que ha estado tan preocupado por lo que piensan los demás de sí mismo, que no tiene idea de quién es él en realidad, más allá de lo que siempre ha intentado que los demás piensen de él. Mi alumno se inspira en la vida de una persona que fue importante para él. Y decide enfrascar a su personaje en un lío que le obliga a confrontar su realidad y poner en evidencia que su vida está bajo el control del postureo.

Irónicamente, la vida de ese hombre reprimido que inspiró a mi alumno comenzó a resonar demasiado y, sin pretenderlo, a convertirse en reflejo mismo de la propia personalidad de mi alumno. Gracias a eso mi alumno tuvo la oportunidad de descubrir que la verdadera razón que lo impulsó a escribir esa historia tenía que ver más con su propia forma de entender la vida y las dificultades que tenía para entenderse así mismo, que con el hecho de poner en crisis a un personaje de ficción. La escritura de este proyecto se convirtió para él en el mecanismo a través del cual pudo ponerse ante el conflicto que él mismo tenía y no era capaz de ver, pero que sí le producía malestar y desasosiego.

La alumna de la que les hablé al comienzo quiere contar su propia historia. A través de ella intenta erradicar el dolor que le produce. Sufrió abusos siendo una niña. Y las personas que le hicieron daño eran y son aún muy importantes para ella, de modo que se trata de un asunto delicado que a lo largo de la vida le ha producido mucho dolor. Cuando empezamos a trabajar su proyecto no había clase en la que el llanto no la desbordara. Pero con el paso del tiempo y gracias a que ha ido entendiendo el enorme beneficio de contar su historia, con la intención clara de encontrar sentido en las partes de la historia que aún hoy no lo tienen, y que son en parte la causa de su dolor, el llanto de mi alumna ha disminuido hasta casi desaparecer. La actitud que ahora tiene ante su propia historia es de control. Ya no es su historia la que le controla a ella, ahora es ella la que controla su propia historia. Está aprendiendo a perder el miedo a su pasado y a encontrarle sentido a sus experiencias, con la idea de sacar conclusiones que le permitan reconfigurar la forma en que se enfrenta ahora a la vida, lejos del dolor.

¿Te has preguntado cuáles pueden ser los beneficios de que tú te enfrasques en la creación de tus propias historias? ¿Qué heridas podrías sanar? Ahora que sabes que la creación literaria tiene ese poder, aunque antes sólo lo intuyeras, ¿no crees que merece la pena averiguar cómo puedes alejarte de esos fantasmas y aprovecharlos para convertirlos en una obra de arte? Te invito a leer un libro que profundiza en el tema:

Lee: La escritura terapéutica, Silvia Adela Kohan (ALBA, 2013).


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