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¿Pensar tanto no es bueno?

El pensamiento es probablemente nuestra mayor virtud como seres humanos. ¿Pero cuántos de nuestros esfuerzos mentales diarios son realmente productivos para nosotros mismos o para otras personas cuando salen en forma de acciones?

Israel Pintor israelpintor /
11 ene 2019 / 08:09 h - Actualizado: 11 ene 2019 / 08:08 h.
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  • ¿Pensar tanto no es bueno?

Dubitativo y hambriento, quienes me conocen saben que ese es mi estado natural. Para mí pensar y comer son dos verbos de suma importancia. Mis pantalones me lo reclaman y mis letras me lo agradecen. Quizá el tercero de esos verbos importantes en mi vida sea leer, lo que justifica el título de este espacio de opinión y crítica literaria que pretendo mantener quincenalmente; aunque dormir y formar (a nuevos escritores), se pelean por el cuarto lugar en el podio de los verbos de suma importancia en mi vida.

Sea como sea, mis actividades en general están condicionadas por lo que pienso y por la cantidad de hambre que tengo. Y esto es jodido, porque aunque puedo y lo gozo, no debo comer todo el día; y aunque me gusta y no concibo mi vida sin el pensamiento, también es verdad que no pocas veces he sido víctima de mi propia mente atolondrara por los pensamientos que yo mismo produzco. Y sobre eso quiero hablar hoy, sin quitar mérito al acto de pensar, que es, como todo el mundo sabe (aunque no todos ponen en práctica) aquello que es traído a la existencia mediante la actividad y creación de la mente, a través del intelecto.

Cuando pensamos formamos ideas y representaciones mentales de la realidad, estableciendo relaciones entre unas y otras. Consideramos un asunto con atención y detenimiento para estudiarlo, comprenderlo y formarnos una opinión sobre ello para tomar una decisión.

Me gusta entender el pensamiento como el mecanismo del que disponemos las personas para ir de la actividad interior a la exterior. Y visto así, el pensamiento, a través de la invención del lenguaje, es probablemente nuestra mayor virtud como seres humanos.

Esto es lo que yo experimento siempre, porque he recibido una educación esencialmente crítica y me siento constantemente impulsado a pensar la vida. Esto también me pasa cuando leo, le pasará también a usted, atento lector. Para quienes vivimos entre libros esto es el pan de cada día. Un libro inocula sus ideas dentro de nuestra mente, llevándonos de manera inevitable a pensar y transformar así nuestro interior y posteriormente nuestro exterior. ¡Y es maravilloso!

¿Pero cuántos de esos pensamientos que producimos diariamente están destinados al estudio de un asunto que pretendemos comprender y del que necesitamos formarnos una opinión para tomar decisiones? ¿Cuántos de nuestros esfuerzos mentales diarios son realmente productivos para nosotros mismos o para otras personas cuando salen de nosotros en forma de acciones?

Según Eckhart Tolle, autor de El poder del ahora, muchos de nosotros dejamos fluir los pensamientos sin parar y sin objetivo, empujados principalmente por el miedo y la resistencia, lo que se traduce en sufrimiento, enfermedad y dolor.

Nuestra mente funciona, la mayor parte del tiempo, produciendo este tipo de pensamientos en tensión entre la negación y la aspiración, que nos llevan a centrarnos en los errores del pasado (no debí comer esa pizza anoche) y las proyecciones de un futuro que no existe (si dejo de comer pizzas todo el mes siguiente me sentiré mejor).

Vale, estoy usando ejemplos irónicos... pero usted entiende a qué me refiero, ¿verdad? Alguna vez ha atravesado esas etapas de la vida en que todo son preocupaciones y muy poco ocupación, ya sea porque la circunstancia es peliaguda y de difícil solución o porque simplemente no hay nada que hacer y sólo queda el agobio o la resistencia como forma de reacción emocional.

Tolle nos invita a centrarnos en el presente, sin tener un pie en el pasado y otro en el futuro, donde casi siempre todo es nostalgia y arrepentimiento, o un cúmulo de expectativas que hacen de opio para distraer la insatisfacción del presente, que no es más que el eco doloroso de los errores cometidos en el pasado.

El autor alemán radicado en Canadá, quien ha sido reconocido en The New York Times como el autor espiritual más importante de los Estados Unidos, entiende el presente como la puerta de entrada a nuestro verdadero ser, un ser despojado de ego que es capaz de percibir finamente el entorno, lejos del sufrimiento, el dolor o las expectativas, que utiliza el pensamiento de una manera altamente creativa, productiva y sana para la mente.

Para Tolle, todos los pensamientos que produce nuestra mente y que están anclados al pasado y al futuro, constituyen un reflejo de nosotros mismos que se articula a lo largo de nuestra vida, a través del que nuestro ego se construye también.

Nuestro ego se nutre de esos pensamientos, sin los cuales no puede existir, generándonos la sensación de que si dejamos de pensar, nos perderemos a nosotros mismos, aunque la naturaleza de esos pensamientos de los que depende el ego nos produzcan también dolor, insatisfacción y sufrimiento. Pero «Yo no soy mis pensamientos, emociones o percepciones sensoriales y experiencias —asegura Tolle—. Yo no soy el contenido de mi vida. Yo soy vida. Yo soy el espacio en el que ocurren todas las cosas. Yo soy consciencia. Yo soy el ahora.»

¿Pensar tanto, entonces, no es bueno? Podría suponer que intento decir, atento lector. Pero lo que realmente quiero decir es que no todo el trigo es limpio, ni todas las ideas que se me ocurren para construir una historia son buenas y terminan formando parte de una novela.

Pensar habitualmente, creo, no sólo es bueno, es imprescindible. Pero también es bueno, y esto lo aprendí con la lectura de Tolle, ejercitar la mente para dejar de pensar a ratos, como quien limpia el trastero una vez al mes para que no aniden los insectos, o como quien corrige un manuscrito que se prepara para la imprenta; aunque según Tolle este debería ser el estado iluminado en que las personas debiéramos permanecer, una vez alcanzado y en el que encontraríamos plenitud absoluta, yo sinceramente no soy capaz de entenderme a ratos pensando y constantemente... sin pensar, como tampoco soy capaz de entenderme sin sentir hambre, aunque esto se debe más bien a que soy sencillamente un tragón.

Pero aún así, esto es algo valioso porque a mí me habían enseñado a pensar ejercitando el sentido crítico, a observarlo todo y ponerlo bajo tela de juicio con objetivos determinados. Pero nadie me había dicho que dejar de pensar no sólo era bueno, sino necesario para encontrar paz en mi interior, sosiego de mí mismo y sobre todo, sanidad mental. Nadie me había dicho que dejando de pensar, que es desde luego un ejercicio espiritual, podía transformar mi vida de un modo similar al que sucede cuando pienso: desde dentro y hacia fuera, aunque el mecanismo sea distinto.

Por cierto ¿se le ocurre un verbo para esta actividad de suprimir los pensamientos que propone Tolle? Que yo sepa no existe aún un verbo que la defina. Los antónimos de pensar son: inhibirse, distraerse u olvidar, pero lo que Tolle propone nada tiene que ver con estas actividades que siguen en el plano del pensamiento. ¿Meditar?

Cuando veo la librería que tengo en casa pienso en todo lo que he vivido hasta hoy, en lo que representan todos y cada uno de los libros que he leído. Aunque me enamoré de los libros siendo un adolescente, he vivido rodeado por ellos y gracias a ellos también he experimentado grandes transformaciones a lo largo de mi vida, a través del pensamiento que me inspiran.

Los libros han ido acumulándose en mi vida y con cada lectura algo nuevo sucede en mi interior, algo que termina alcanzando también a mi entorno cuando consigo construirme una postura determinada sobre algo. Pensando en lo que os compartiría en esta primera entrega, contemplando uno a uno mis libros, acumulé recuerdos y emociones, unas veces alegres, otras no.

La vida es un constante fluir de cambios ante los que reaccionamos de maneras muy diversas, y un servidor no es la excepción, por supuesto, ni usted tampoco. La vida está llena de vicisitudes y retos que a veces nos hieren y perjudican. Pero no merece la pena ir cargando sobre los hombros tanto dolor y sufrimiento, ¿no? Y éstos, gran parte de las veces, son producto de los pensamientos y las emociones que producimos, no de los hechos en sí. ¿No parece esto increíble?

A mí también me lo parece, la verdad. Pero me gusta. Quizá ahora pueda decir que mi estado natural es dubitativo, hambriento y meditabundo. ¿Y el suyo, cuál es?

Lea: El poder del ahora, de Eckhart Tolle.


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