Aquel 4 de diciembre

Cada cual se fue a su casa (política) pensando en cómo llevar gente al acto reivindicativo pero también de qué manera hacer notar su fuerza con pancartas, banderas y llegada en masa a las cercanías del lugar de la concentración

02 dic 2017 / 23:30 h - Actualizado: 03 dic 2017 / 11:09 h.
"4D: Autonomía andaluza","Autonomía por derecho"
  • Aquel 4 de diciembre

Aquel 4 de Diciembre amaneció lluvioso. Yo me había echado abajo de la cama, no sé, a las 4 para ver si las nubes eran espesas o si pasaban rápidas y luego –otra vez– una hora o dos después. Y así hasta que no pude más y me fuí para la ducha, y me vestí, y salí de la casa en busca de alguien con quien descargar el nerviosismo preguntándole si todo iba según lo previsto.

Una semana antes se había celebrado la última reunión de coordinación de la Platajunta, la Plataforma de Coordinación Democrática de Andalucía, organismo de todas las fuerzas políticas, sindicales y sociales que, desde muchos años antes, se habían opuesto (con mayor o menor ardor, pero se habían opuesto) a la dictadura.

La reunión era el último episodio de un proceso que venía de varios años antes, desde el renacimiento del andalucismo de Blas Infante con ASA, la Alianza Socialista de Andalucía que, en en 1976 se convertiría en PSA, más tarde en Partido Socialista de Andalucía, luego en Partido Andalucista y, por fín, en nada pero que en 1974 había sido muy importante al exigir que, como una más de las libertades democráticas, se introdujera en la recién creada Junta Democrática de España (un organismo de oposición a la dictadura impulsado por el Partido Comunista) la exigencia del autogobierno que se concretaría, a partir de ahí, en la fórmula Autonomía Plena.

Para demandarla por medio de ocho manifestaciones, una en cada cabecera de provincia, el despacho de abogados laboralistas de la calle Capitán Vigueras, cercana a la Estación de Cádiz (el clásico piso de tres habitaciones) estaba aquella tarde a reventar de delegados, llegados de todas ellas. Cada cual fue desgranando sus opiniones y la delegación cordobesa se argumentó que, como las previsiones metereológicas no eran buenas, habría que pensar si era mejor dejar las marchas para otro día con mejores perspectivas.

Al final se impuso lo que más concordaba con el sentido común: si las manifestaciones no se llevaban a cabo el domingo día 4, habría que dejarlas para 1978, dado que la semana siguiente se estaría entrando, prácticamente, en el período navideño, habría que volver a rehacer toda la cartelería, deshacer contratos con empresas de autobuses... En definitiva, volver a la casilla de salida. De modo que, por una gran mayoría, se decidió seguir adelante y, la verdad, es que todo el mundo, a pesar de la disparidad de planteamientos políticos que se daban en la Platajunta, acató la decisión. Se señalaron los puntos de partida y llegada de cada una de las ocho manifestaciones del aquel domingo. La de Sevilla partiría de la Pasarela para llegar desde ahí a la Plaza Nueva.

Cada cual se fue a su casa (política) pensando en cómo llevar gente al acto reivindicativo pero también de qué manera hacer notar su fuerza con pancartas, banderas y llegada en masa a las cercanías del lugar de la concentración.

Era todavía relativamente temprano cuando salí de la casa de los amigos a los que había ido a ver para tranquilizarme mientras desayunábamos y, enseguida, comprendí que los planes tácticos de cada cual y, en particular, las maniobras conspirativas, habían fracasado porque la gente (no la gente a la que ahora se acude como concepto sino la de verdad) se había saltado a la torera las previsiones de cada una de las fuerzas que aquella tarde discutían en el bufete de Capitán Vigueras y le había echado, además de coraje, imaginación a la cosa. A pesar del mal tiempo las bullas de la Semana Santa se habían trasladado a la Ronda y a las arterias que, preocedentes de la carretera de Carmona, el Polígono de San Pablo, Los Pajaritos, Madre de Dios, El Tiro de Línea, el Cerro del Águila..., desembocaban en ella. Eso es lo que yo ví; me imagino que la corriente que venía del otro lado sería igualmente intensa.

En la calle San Fernando, donde debía formarse la cabecera, unos indivíduos vestidos con ropa similar a la de unos soldados, en formación militar y portando banderas españolas, habían tomado una posición enfrentada a la cabecera que, realmente, estaba formada por un grupo de niños cuyas manos asían el borde de la enseña blanquiverde de Infante. Seguramente también ellos hubieran llegado hasta allí, después de calculados planes encaminados a llevar a cabo una provocación pero, al percatarse de la multitud que llegaba, optaron por la retirada dictada, no recuerdo bien si por un cornetín de órdenes o por las de alguien travestido de oficial.

Se largaron y media Sevilla, en el sentido más literal de la palabra, comenzó a marchar lentamente.

La cabecera llegó a la Plaza Nueva, entró –no sé como pero muy pacíficamente– en el ayuntamiento y subió hasta el Salón Colón, el mismo desde el que Queipo de Llano y Francisco Franco habían declarado la abolición de las libertades en 1936. Desde las ventanas más altas del consistorio y desde la azotea se divisaba una plaza y una avenida a rebosar y con cientos de miles de personas sin poder moverse.

La que fue abriéndose paso fue la noticia –confusa en sus detalles pero cierta– de que un joven había muerto en la manifestaciónn de Málaga por los disparos de un policía. Sobre la marcha se acordó que en toda Andalucía se hiciera el silencio al día siguiente, a las 12 de la mañana.

çA esa hora yo estaba en un balcón de la calle Imagen esperando el mediodía. Y cuando llegó, sin que nada, en apariencia mediara, Sevilla se paró. Se paró de verdad: parararon los autobuses que entraban y salían de la Encarnación, los taxis, los coches, las motos, las bicicletas... y la gente dejó de caminar. Fue entonces cuando tuve conciencia de que estábamos entrando en una nueva era


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