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Barrio rico, barrio pobre

De Santa Clara a Los Pajaritos. El dinero condiciona formas de vida muy distintas. La brecha de renta entre estas dos zonas de la ciudad marca el empleo, la vivienda y hasta la formación de sus vecinos

Manuel J. Fernández M_J_Fernandez /
12 oct 2016 / 07:00 h - Actualizado: 12 oct 2016 / 12:55 h.
  • Barrio rico, barrio pobre
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Santa Clara, en el distrito San Pablo-Santa Justa, es el barrio más rico de Sevilla –aunque lejos serlo a nivel nacional, puesto que ocupa El Viso de Madrid–. Su renta media por hogar es, según los últimos datos del Instituto Nacional de Estadísticas (INE), de 50.000 euros al año. Son cuatro veces más del presupuesto con el que cuentan las familias del área urbana más humilde de la capital hispalense, que también lo es de todo el país: Los Pajaritos y Amate, en el distrito Cerro-Amate. La gran brecha económica que hay entre ambos barrios se nota en diferentes factores como el precio de sus viviendas, los servicios y hasta en el nivel de formación de sus vecinos.

Los chalets y casas unifamiliares son la imagen característica de Santa Clara, donde actualmente residen más 8.000 personas. Comenzó siendo una colonia norteamericana para acoger a familias de militares, ex-militares y personal de las bases norteamericanas cercanas, especialmente de Morón de la Frontera. Con el progresivo desmantelamiento de la base se fueron marchando los primeros inquilinos, dejando tras de sí una típica construcción de «barrio residencial norteamericano» conformado por chalets y casas unifamiliares, que en estos momentos tiene un precio que va de 600.000 a más de dos millones de euros para el caso de inmuebles de más de 700 metros cuadrados.

«Llevo 20 años viviendo aquí y me encanta la tranquilidad. Los vecinos son todos estupendos y el barrio es muy bonito, aunque el Ayuntamiento podría cuidarlo mejor: hay calles sin acerado y otras en las que hay que ir sorteando contenedores y pósters de cableados», explica María Luisa en la puerta principal del jardín, donde se escucha de fondo el griterío de un grupo de niños dándose un chapuzón en la piscina de la casa. «También se puede ver el poderío de algunas familias en detalles como que sus empleados domésticos llevan y traen a los niños del colegio», comenta José, barrendero de Lipasam, que adecenta la avenida de los Conquistadores, una de las vías principales del barrio.

A las tres de la tarde de un día laborable, más que cruzarse con alguno de sus residentes, es más fácil hacerlo con alguien que trabaje allí o que acuda a algunas de las actividades que oferta el club social Santa Clara, en el número 1 de la calle Alonso de Pineda. Por ejemplo, Carmen, de 28 años, que lleva a sus dos hijos a las clases de pádel: «Tenemos una gran oferta para nuestros niños, y además estamos a un tiro de piedra del centro, a través de la avenida de Kansas City».

Aunque son la imagen más característica, no todo son chalés en el barrio. También cuenta con edificios de varias plantas en la zona sur: Campo-Ciudad Santa Clara, El Algarve, Jardín 27, Jardín 29, Hábitat 71 o Nuevo Continente. En uno de ellos vive Lourdes Rodríguez, funcionaria de 54 años y vecina de Santa Clara desde 1990 que, no obstante, no se reconoce en la estadística de renta del INE: «Creo que la media baja conmigo. Yo soy mileurista».

La imagen es bien distinta si nos dirigimos al este de la ciudad. La familia de Manuel almuerza crema de verduras, arroz y pollo en salsa. Lo hace gracias a la asociación de vecinos de su barrio. Este trabajador de la construcción, casado y con dos hijos pequeños a su cargo, vive en Los Pajaritos, el barrio, que junto a Amate, es el más pobre de España con una renta anual por familia de sólo 12.614 euros. «Hemos llegado al extremo de que la gente no pide que le pinten la casa o que le solvente tal o cual papel, pide comida porque las criaturas no tienen nada que llevarse a la boca», asegura conmovido el presidente de la asociación de vecinos Tres Barrios, Salvador Muñiz.

Basta con darse un paseo para palmar la decadencia que ha ido erosionando esta zona declarada de actuación preferente desde hace años. Fachadas ruinosas, rellanos tortuosos y bloques de pisos pequeños y techos de uralitas, en los que cada día es una prueba de supervivencia. «Hay familias que viven en apenas 40 metros cuadrados. Es una de los motivos por los que los niños están siempre en la calle», confiesa la coordinadora de la asociación AES Candelaria, María José Herranz, que advierte del elevado índice que absentismo escolar contra el que se trata de luchar desde los salones parroquiales.

Con un censo de más de 25.000 habitantes, casi la mitad de la población activa, unas cinco mil, se encuentra sin trabajo desde hace más de 15 años, según un estudio realizado por la plataforma Tres Barrios-Amate que dirige Fernando de Armas. «Llevo varios años en paro. No tengo ayudas y me veo obligado a tener enganchadas la luz y el agua. Solo quiero trabajo para sacar adelante a mi familia», se sincera desesperado Manuel. Una historia similar se escucha en la cola de reparto de comida en el despacho vecinal: «Somos nueve en casa y no disponemos de ingresos para echar el mes atrás. Estamos en pie gracias a lo que nos da Cáritas y lo poco que nos puede ayudar mi familia», comenta una mujer que no quiere dar su nombre porque, explica, le da vergüenza que se sepa de sus penurias en el barrio.

«Hay muchos vecinos que se dedicaban a la construcción y con la crisis no han encontrado trabajo. Hoy las ocupaciones más recurrentes son la venta ambulante, venta de chatarra o empleados de hogar», explica De Armas, quien subraya que quienes cobran la ayuda de 426 euros «se pueden considerar afortunados». No obstante, hay quien recuerda que también «hay mucha economía sumergida, pues, de lo contrario, la gente ya habría estallado en barricadas». A ello hay que añadirle «al abandono crónico» que sufre la zona por parte de las administraciones: «Tenemos un centro social infradotado, la juventud no tiene donde ir, tenemos un desahucio casi diario, los comercios no resisten... esto es un caos y el barrio sigue aún en pie gracias a la labor de las entidades privadas», afirma De Armas.


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