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El verso suelto... y salvaje

De perfil. La Casa Blanca no ha logrado amansar al millonario neoyorquino, que se sitúa muy lejos de los parámetros que se esperan de un líder mundial

19 ene 2018 / 21:12 h - Actualizado: 20 ene 2018 / 08:55 h.
"El caótico año con Trump","Donald Trump"
  • El verso suelto... y salvaje

La otrora lideresa del PP de Madrid, Esperanza Aguirre, solía describirse como «el verso suelto dentro del poema» conservador. Era su peculiar forma de decirle a sus votantes, y también a la dirección nacional de su partido, que ella no era como Mariano Rajoy, su gran archienemigo. Pero si hay alguien en el mundo de la política actual que sea un verso suelto y sin rima, no es otro que Donald Trump. El multimillonario neoyorquino cumple hoy un año como inquilino de la Casa Blanca lejos de los parámetros que se esperan de un líder mundial. En realidad, en estos últimos 12 meses Donald Trump ha ejercido de Donald Trump: un showman excéntrico, exagerado e incluso zafio que logró imponerse a una docena de candidatos republicanos durante las primarias de su partido y a una experimentada Hillary Clinton.

Si alguien pensó que la Casa Blanca y el Despacho Oval lograrían amansarlo, se equivocó. Y mucho. Más allá de alguna promesa política sin cumplir, el exmagnate inmobiliario ha sido fiel a sí mismo. A sus 71 años, con una escandalosa fortuna, tres esposas y cinco hijos, Trump es indomesticable. Es ese verso suelto y salvaje del que hablaba Esperanza Aguirre y que ha logrado fracturar la sociedad norteamericana hasta el nivel alcanzado durante la contienda de Vietnam, según una reciente encuesta del Washington Post; así como sacudir los cimientos mundiales de entendimiento, respeto y concordia. Y todo ello en solo un año.

Desde su llegada al 1600 de Pennsylvania Avenue el mundo vive una especie de nueva guerra fría al ralentí con un episodio diferente cada día, ya sea a través de sus comparecencias públicas o redes sociales –especialmente Twitter– fruto del carácter irascible, volátil y desmesurado de un hombre acostumbrado a hacer y deshacer a su antojo, sin mayor oposición y nada receptivo a la más mínima crítica. Siguiendo su actuación de estos últimos meses, cuesta trabajo imaginar a un Donald Trump «confuso» y «aterrorizado» tras su victoria electoral el 4 de noviembre de 2016, tal y como desvela el periodista Michael Wolff en su polémico libro Fuego y furia del presidente. En este tiempo ha sido imprevisible, caótico, rudo, maleducado, racista, machista, amenazante e incluso peligroso; pero no dubitativo ni mucho menos desconfiado de sus cualidades.

No en vano el presidente de EEUU ha atacado a sus aliados naturales e históricos –como el Reino Unido tras un trágico atentado yihadista–, a sus vecinos –no es el único, pero México ha sido la principal diana de sus dardos envenenados– y a los viejos enemigos –Corea del Norte, Irán, Cuba, Rusia...– elevando la tensión internacional a niveles sumamente preocupantes. Al mismo tiempo que elogiaba su buen hacer y su genialidad.

Sus conocidos aseguran que es un tipo directo, que esquiva las largas presentaciones y circunloquios. Todo tiene que ser rápido, claro y ágil, ya sea un informe, una estrategia política o un acuerdo. Tal vez por eso adora Twitter –en un año ha escrito más de 2.000 tuits–. Casi tanto como la televisión, a la que le dedica más de cuatro horas al día, según relata la prensa estadounidense. Pese a tener un patrimonio de más de 3.500 millones de dólares, Trump es un hombre de gustos sencillos a la hora de comer: un buen filete con patatas y un bigmac con coca-cola light, bebida de la que toma hasta 12 al día, suelen estar muy presentes en su dieta.

Al mandatorio neoyorquino le gusta alardear de que es un empresario hecho a sí mismo, un ejemplo viviente más del tan manido sueño americano; sin quitar méritos a un hombre con 500 empresas a su cargo hasta su investidura, es cierto que sus comienzos no fueron en un garaje destartalado. El padre de Trump fue también un empresario de éxito que dio la primera oportunidad a su hijo en los negocios. A cambio tuvo que vivir bajo el mando implacable de un padre duro y exigente. Una presión que su hermano mayor no pudo resistir y murió alcoholizado a los 42 años. Una experiencia que convierte a este actor ocasional –no en vano ha aparecido en 13 películas y series de televisión– en un superviviente y ha contribuido en forjar ese carácter tan competitivo. Trump siempre quiere ganar. Y no lo esconde. Precisamente esa transparencia es su mayor virtud de cara a una buena parte de su electorado que hoy sigue viendo en el 45º presidente de EEUU al candidato que ganó contra todo pronóstico, al showman televisivo, al empresario de éxito. O lo que es lo mismo, Trump es Trump en la Casa Blanca, en sus ostentosas residencias privadas o en una cumbre internacional. Otra cosa es el desorden que provoca.


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