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Hasta Franco prometió desmontar el Vacie

El caudillo se paseó por el asentamiento «entre un olor pestilente y moscas». Luego ordenó derribarlo, pero resurgieron las chabolas

06 abr 2018 / 20:02 h - Actualizado: 06 abr 2018 / 23:48 h.
"Historia","El Vacie","Radiografía del Vacie"
  • En la imagen captada por Gelán aparece Franco junto al gobernador Altozano Moraleda y el alcalde Pérez de Ayala y Vaca, entre otros. / El Correo
    En la imagen captada por Gelán aparece Franco junto al gobernador Altozano Moraleda y el alcalde Pérez de Ayala y Vaca, entre otros. / El Correo

«Una nota polícroma para recibir triunfalmente al Jefe del Estado: los caballistas con muchachas a la grupa». Era abril del 61 y Franco arribaba a Sevilla acompañado por su mujer y nietas. La ciudad hispalense celebraba su Feria de Abril, y El Correo de Andalucía narraba, con mucho detalle, la tourneé del caudillo, que se dice estuvo aderezada en todos sus rincones por un recibimiento «entusiasta, cordialísimo (...) aplaudiéndoles y vitoreándoles constantemente y con todo cariño». Buenas letras, titulares gruesos y vanaglorio con tinta. La verdad es que parece que no había redaños –pobre colega periodista–, a no glosar con devoción el asunto.

De cualquier forma, y a tenor de la hemeroteca, la Sevilla de la posguerra tributó un cariñoso recibimiento al dictador, que más allá de alojarse en el Alcázar o pasear por el Real –con Carmen Polo luciendo collares–, se plantó en el Vacie, por entonces ya un asentamiento chabolista. El caudillo aprovechó su visita a la capital andaluza para vender gestión, siendo la cuestión habitacional una de las demandas más acuciantes de los españolitos sesenteros. Por eso, ni corto ni perezoso, su Excelencia se puso a entregar las llaves de las nuevas viviendas de Torreblanca –que también fueron bendecidas, faltaría más–, hasta las que emigraban con jolgorio cientos de sevillanos por entonces habitantes del asentamiento.

Pero antes de la inauguración de esta nueva barriada, se produjo casi de repente una de las estampas históricas de la ciudad de la Giralda, aunque desde allí no había ni rastro del minarete andalusí: paseando por el suelo de barro, en ese andurrial hecho selva de infraviviendas fabricadas con lo poco que se despachara, estaba el mismísimo Franco, vestido de paisano, tocado con mascota y con una cohorte de afines, adeptos y algún arribista –ministros, militares, nobles, alcalde, presidente de la Diputación y gobernador civil, entre otros– confundiéndose entre los moradores del «suburbio», como lo definió el decano de la prensa sevillana en su edición del 25 de abril del 61, un día después de la escena y dos desde que el generalísimo llegara a la ciudad.

En otro artículo escrito en primera persona al respecto del momento en el que el dictador pisó el Vacie, se dice expresamente que el momento, ocurrido a las 17:25 del 24 de abril, levantó «sorpresa» y «asombro», dejando a los allí presentes «estupefactos» al verlo descender del coche: «Se dirigió al interior del suburbio en medio de un pestilente olor y una nube de moscas que acompañó todo el recorrido». Pero no solo lo rodeaban los insectos, ya que se dice que los lugareños recibieron al jefe del Estado «con un enfervorizado estusiasmo». La crónica, también publicada el día 25, redunda en que el caudillo «se hizo cargo de las ínfimas condiciones de vida (de la barriada)» y que fue despedido con «incesantes aclamaciones de Franco, Franco, Franco y aplausos».

El momento desarrollista del régimen, que tenía uno de sus puntos fuertes al respecto de la vivienda –el entonces llamado Patronato de Casas Baratas– llegó a Sevilla en forma de nuevas barriadas. Estando en Torreblanca, hasta donde dicen los periódicos que fue acompañado por muchos que lo recibieron en El Vacie, Franco prometió desmontar el poblado chabolista, ya por entonces un quebradero de cabeza para la municipalidad.

Acabada la visita a la ciudad, desde el Pardo se ordenó erradicar el asentamiento, destruyéndolo sin más, un intento que se puso en marcha en septiembre en forma de derribo de las chabolas, aunque la falta de alternativa para el realojo dio con el plan al traste. Y como la historia a veces es cíclica, al que tratan de asentamiento más antiguo de Europa –hunde sus raíces, a criterio la historiografía, a principios de la década de los 30–, han llegado promesas de todo político que por allí ha pasado. Dictadores abominables o alcaldes democráticos. Pero el Vacie sigue en pie, casi 90 años después de sus primeros pasos y unas seis décadas desde la visita del caudillo. Y el fango, las moscas y el malvivir poco han cambiado


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