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Un cuento sobre la belleza de los muertos

01 nov 2016 / 08:00 h - Actualizado: 31 oct 2016 / 18:22 h.
  • Un cuento sobre la belleza de los muertos

I. La mamá cadáver

Fue en Nochebuena.

Nació del vientre de una gitanilla, tan abandonada y sola como el jergón y la cueva donde parió. La niña se desangró a empujones, rompió el cordón a mordiscos y sollozó de alivio cuando el bebe lloró.

Estaba oscuro.

La helada los acosaba en la corraliza sin puerta y la madre se asustó del frío. Ahuecó el colchón, colonizado de chinches, para hacer un lago con el manantial que nació de sus piernas. Sumergió a su hijo en sangre y el calor despertó los sentidos dormidos del niño, al son de una nana:

Duérmete, niñito mío,

que tu madre no está en casa;

que se la llevó la Virgen

de compañera a casa

(Federico García Lorca)

La canción se quebró con el tajo de la guadaña. No murió de frío, sino de soledad y de parto.

Los sentidos dormidos del niño fueron despertando en brazos de su mamá cadáver: el sonido del silencio; el rosa de unos labios que no le besaban; el calor de la manta de sangre y el perfume... ese que impregnaba despacio el quieto amoroso abrazo de la muerta.

Y después de todos, el sabor del calostro póstumo que arrancaba a desesperados mordiscos desdentados.

II. El pequeño Satanás

El Párroco lo encontró por casualidad la tarde de Navidad y se santiguó al verle, como una alimaña, arrancando leche del cuerpo sin vida. Avisó a los vecinos y se arrepintió en un santiamén, pues la lucha por la vida, que el niño libraba, mutó en cuento pagano que inflamó supersticiones volando como pólvora por los cerros.

Don Trinidad, que así se llamaba, se encerró en sagrado con el niño en brazos. Los vecinos lo habían bautizado Satanás y él se arrodilló para pedir perdón por su imprudencia.

Tres amas de cría aporrearon la puerta de la capilla y temió el hombre que sus bocas vomitaran maldiciones. Apretó al niño contra su pecho para que no escuchara, pero las mujeres vocearon que querían darle de comer, solearlo por turnos en las placetas y matar a cualquiera que osara apedrearlo.

No estuvo seguro el sacerdote de si había bondad o pecado en tales propósitos, pero abrió la puerta y no se opuso cuando lo lavaron en la pila de agua bendita ni cuando los pechos desbordantes de vida se ofrecieron generosos a su vista y la boca del crío.

Hubo escenas de emoción entre las madres postizas por el gorgoreo del chico, que cayó rendido, limpio y satisfecho. El sacerdote tocó las campanas e improvisó bautizo cristiano. Las amas lo envolvieron en cristianar de terciopelo azul que tomaron prestado del niño Jesús de la Bola.

Don Trinidad le impuso el agua y lo llamó Rómulo, para que el niño amamantado en las ubres de la muerte fundara un destino a la altura de su nombre.

Después rogó a Dios que dotará aquel alma del más raro de los sentidos: la natural inclinación al bien.

III. Piedad

Don Trinidad agonizaba de males sin nombre y tuvo tiempo para pensar en Rómulo. Lo hizo con sincera lucidez y aceptó que el muchacho no sería bueno; era tan pobre de espíritu como duro de entendederas y tan astuto hurtando en la despensa del rico como mezquino negando el pan al vecino que se muriera de hambre. Era hombre sin serlo, vago, como solo él podía serlo, y ni siquiera merecía apodarse Satanás pues era su maldad tirando a mediocre.

Tampoco vio esperanza en la solitaria virtud del chico; su peculiar sentido de la belleza, ese que lo dejaba absorto en el vuelo de las moscas o el lienzo ruinoso de una iglesia... solo comparable a la torpeza infantil de su trazo con los lápices.

Aún así, quiso despedirse y lo llamó a confesión. Sintió piedad al oírlo declararse pecador y dispuesto a vender su alma al diablo a cambio del don de capturar la belleza con los dedos.

Recordó el moribundo la cámara de fotografías olvidada en el sótano de la Iglesia y pidió a Rómulo que la rescatara del olvido. Limpió el polvo de la lente con su propia mortaja y en el último aliento, encomendó a la cámara oscura la misión de salvar el alma del infeliz muchacho.

IV. La belleza imposible

Rómulo se hizo fotógrafo de medio pelo ambulante y malvivió de su trípode hasta que llegó la hambruna.

—Otro día será -se excusaba el novio- somos jóvenes, tiempo tendremos...

—Con el próximo hijo –se lamentaba la madre de un niño– cuando terminemos de criar...

—Vuelve en verano –rechazaba el anciano.– El invierno ha sido duro...

Rómulo pasó tres días sin alimento, calado de frío y buscando clientes por las calles. Vagaba bajo la nieve, por una plaza desierta sin palomas, cuando escuchó duelo en morada principal. Entró en el zaguán abierto y se acogió a refugió de plañidera; arrimado al fuego y al muerto.

El óbito era de una niña rubia envuelta con puntillas. La madre se aferraba a la manita, aun templada, y Rómulo intuyó una triste oportunidad para ganarse el sueldo.

—¿Quiere usted una fotografía? –Ofreció al padre–. Por unas pocas perras podrá verla siempre que quiera.

—¿Se ha vuelto loco? –Respondió iracundo aquel hombre–. Está muerta ¿es que no lo ve?

—Es por eso que lo digo –respondió Rómulo con descaro– Todavía es bonita... Unas horas más y será tarde... le haré buen precio.

Cedió el padre porque suplicó la madre y se agitó la casa en un ir y venir de ropas y peinados que evocaban los preparativos de una fiesta. Rómulo encauzó a la mujer y su hija con serena destreza hasta el escenario donde sucedió un milagro: su caja de madera capturó la inexplicable belleza de una mujer que acunaba el sueño eterno de su única hija.

Fue tan hermosa la visión que Rómulo se estremeció al verla dibujarse lentamente sobre el cartón. Por un instante recordó el rostro de su madre muerta y fundó con tal recuerdo su propio destino de artista.

Aprendió Rómulo formas de recomponer la belleza rota y a atrapar sin daño la que permanecía espléndida más allá de la vida.

A veces le llamaban los vivos y otras los muertos le salían al paso. La muerte podía ser cruel o piadosa con sus muertos de belleza terrible o espantosamente preciosa y a todos regalaba inmortalidad, con magistral sentido.

Fin.


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